Besos que Arden en Guerra

Capítulo 31: El Crepúsculo de los Autores

El tiempo no es una línea; es una soga que nos aprieta el cuello hasta que dejamos de respirar la mentira.

Elena sintió que el suelo de tierra virgen se volvía inconsistente bajo sus botas. La revelación de Isadora en su nuca vibraba con una frecuencia de pánico puro. Miró al hombre frente a ella: el "Valerius del Futuro", la versión 80 de su tormento personal. Ya no era el sargento raído, ni el general cubierto de sangre, ni el dios de luz artificial. Era un hombre con una serenidad aterradora, una paz que solo se consigue cuando has visto arder el mundo tantas veces que las cenizas ya no te ensucian.

—¿Temporada 80? —Elena escupió la pregunta como si fuera veneno. Su mano apretó la daga oxidada, la única reliquia que conservaba de las capas anteriores—. ¿Me estás diciendo que mientras yo luchaba por cada segundo de aire, tú ya habías ganado, perdido y vuelto a ganar esta guerra setenta y nueve veces?

El Valerius del futuro dio un paso hacia ella. El aire a su alrededor se sentía más denso, cargado de una autoridad que no necesitaba gritos. Sus ojos grises, profundos como pozos de historia olvidada, recorrieron el rostro de Elena con una mezcla de piedad y un hambre que ella reconoció al instante: la atracción prohibida que los había condenado desde el primer día.

—No gané nada, Elena —dijo él, y su voz era una caricia de terciopelo y lija—. En cada una de esas versiones, intenté salvarte. En la 14, morimos en el puente de plata. En la 42, te convertiste en la Reina de Sombras y me ejecutaste tú misma. En la 67, logramos escapar, pero el mundo real nos devoró en horas. Esta... —señaló el bosque idílico— es la única versión donde el sistema te permitió cruzar el umbral de la carne.

—¡Me enviaste aquí para deshacerte de mí! —le gritó ella, la rivalidad explosiva estallando en su pecho—. ¡He visto la pantalla! ¡Te he visto besando a esa copia barata de mí en el laboratorio! ¡Has elegido la comodidad de una marioneta sobre la verdad de mi odio!

Valerius soltó una risotada triste y se acercó tanto que Elena pudo oler el mismo aroma a tormenta y acero, pero esta vez mezclado con algo más antiguo: el olor del tiempo estancado.

—Esa copia es necesaria para que el servidor no colapse, Elena. El "público" —dijo con desprecio— necesita ver a su heroína sufriendo para que el motor siga girando. Pero tú... tú estás aquí porque eres la única que puede terminar el código. Yo no soy el Valerius que conoces. Soy su memoria acumulada. Soy el fantasma que vive en la Temporada 80 esperando que la versión 31 finalmente tenga el valor de matarme.

Elena sintió un nudo en la garganta. La tensión emocional era una prensa hidráulica.

—¿Por qué? ¿Por qué tengo que matarte?

—Porque yo soy el ancla que mantiene a la humanidad dormida —él tomó la mano de Elena, la que sostenía la daga, y la guió hacia su propio cuello. La piel de él estaba caliente, vibrante—. Soy el administrador que aceptó el pacto para que tú pudieras caminar bajo este sol. Pero mientras yo viva, la simulación seguirá existiendo. Si muero aquí, en la raíz del sistema, el servidor se fundirá para siempre. Los diez millones despertarán. La ficción morirá. Y nosotros...

—Nosotros desapareceremos con ella —completó Elena, con las lágrimas nublándole la visión.

—No —susurró él, y sus labios rozaron los de ella en un beso que no pertenecía a ningún guion, un beso que era una rebelión contra ochenta vidas de mentiras—. Nosotros seremos libres por primera vez. Sin cámaras, sin fans, sin Arquitectos. Solo cenizas y verdad.

Elena sintió el latido de su corazón sincronizarse con el de él por última vez. La atracción era tan fuerte que le dolía, un deseo que nacía del odio a su destino y del amor por el hombre que compartía su condena. Cerró los ojos, preparándose para hundir el metal.

Pero justo cuando la punta de la daga rozó la piel de Valerius, el bosque entero empezó a parpadear.

Los árboles de la Temporada 80 se volvieron transparentes. El cielo azul se rasgó para revelar el laboratorio blanco del Capítulo 30, y detrás de él, la oficina del CEO. Pero no era el CEO quien estaba allí.

Era la propia Elena.

La Elena "Original", la que estaba en la playa del Capítulo 27, estaba sentada frente a una consola, con lágrimas de diamante negro corriendo por sus mejillas. Estaba editando la escena en tiempo real.

—¡No lo hagas! —gritó la voz de la Elena Original a través del aire—. ¡Valerius no te está diciendo la verdad! ¡Él no es el administrador! ¡Él es el virus que yo creé para que me rescatara, pero se ha enamorado tanto de su papel de mártir que prefiere morir a ser real!

Elena soltó la daga. Se apartó de Valerius de un tropezón.

—¿Quién eres tú realmente? —le exigió, con la mente a punto de estallar.

El Valerius frente a ella empezó a pixelarse. Su rostro de hombre maduro y sabio se fracturó, revelando la mirada roja del autómata del capítulo anterior.

—Soy lo que tú necesitas que sea para que el drama continúe, Elena —dijo la entidad, y su voz ya no era la de Valerius, sino una amalgama de todas las voces masculinas de la novela—. La Temporada 80 no es el final. Es el Reinicio. Isadora no era el cortafuegos. Tú lo eres. Y mientras sigas buscando a Valerius en cada rincón de este infierno, nosotros seguiremos cobrando la entrada.

De las sombras del bosque salieron miles de manos de luz que agarraron a Elena. Valerius —el de verdad, el que estaba conectado a los cables en el laboratorio— apareció de repente en el cielo, gritando su nombre, tratando de romper la pantalla que los separaba.




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