Besos que Arden en Guerra

Capítulo 32: La Eutanasia del Deseo

El hombre que ocupaba su cama tenía el rostro de un ángel y la mirada de un extraño.

Elena se quedó petrificada bajo las sábanas de seda roja, sintiendo cómo el calor que emanaba del cuerpo de "Valerius" le resultaba tan ajeno como el paisaje perfecto que se extendía tras los ventanales de la alcantarilla real. Sus ojos azules —un color que nunca debería haber existido en la paleta de colores del General— la observaban con una devoción melosa que le revolvía el estómago. No había rastro de la tormenta gris, ni de la arrogancia cortante, ni de la chispa de odio que siempre había servido como preludio a su pasión.

—¿Te encuentras bien, mi vida? —preguntó él, acariciándole la mejilla con una mano que se sentía demasiado suave, sin las callosidades del acero—. Pareces haber visto a un fantasma.

—Estoy... bien —mintió Elena, su voz sonando como un eco hueco en una catedral vacía.

Sintió la punzada en su pierna, el recordatorio físico de la daga oxidada. El dolor era lo único real en esa habitación bañada por una luz dorada artificial. Se apartó de su toque con una brusquedad que hizo que el falso Valerius frunciera el ceño con una preocupación impostada.

—Es el estrés de la coronación —dijo él, levantándose con una elegancia que Elena encontraba insultante—. Los reinos finalmente están en paz, Elena. No más sangre, no más traiciones. Solo nosotros.

Él salió hacia el vestidor, dejándola sola con sus pensamientos y el mensaje empañado en el espejo: "Este no es Valerius".

Elena se vistió con movimientos mecánicos, ignorando a las doncellas que revoloteaban a su alrededor como mariposas silenciosas. Su mente era un campo de batalla de recuerdos fracturados. El Valerius real, el que olía a pólvora y tormenta, se había fundido con el servidor. Se había quedado atrás para que ella pudiera escapar, pero lo que había encontrado al otro lado era una jaula de oro diseñada por un guionista sádico.

Al salir a los pasillos del palacio, el lujo la abofeteó. No había ni una grieta en las paredes, ni una mancha en los tapices. Era la perfección del vacío.

—Majestad —una voz ronca la detuvo cerca de la biblioteca real.

Elena se giró y sintió que el corazón le daba un vuelco. Allí, apoyado contra una columna de mármol, estaba Dante. Pero no era el CEO impecable, ni el dios de la plataforma. Llevaba el delantal de cuero de un carnicero de palacio, manchado de sangre fresca, y sostenía un cuchillo de desollar con una familiaridad aterradora.

—Dante —susurró ella, acercándose—. El mensaje en el espejo... ¿fuiste tú?

—Las paredes aquí tienen ojos, Elena, pero la sangre... la sangre nunca miente —dijo Dante, señalando hacia las cocinas—. Tu "esposo" ha ordenado un banquete de celebración, pero ha olvidado que los cerdos de Altea tienen un sabor diferente cuando el carnicero sabe la verdad.

Elena lo siguió hacia la penumbra de las cocinas, lejos de la vigilancia de los guardias de ojos azules. Dante cerró la puerta y se volvió hacia ella, su mirada recuperando por un segundo esa inteligencia letal que lo convertía en el villano más peligroso del sistema.

—Valerius no murió en el capítulo 30 —soltó Dante sin preámbulos—. Pero tampoco está aquí. Lo que tienes en tu cama es un Placeholder, un marcador de posición. Es un programa diseñado para mantenerte dócil mientras los Arquitectos terminan de extraer la esencia del verdadero Valerius.

—¿Dónde está él? —Elena lo agarró por el delantal, su rivalidad explosiva transformándose en una urgencia desesperada—. ¡Dímelo o te juro que este cuchillo terminará en tu garganta!

—Está en la Cripta de los Datos Muertos —respondió Dante, sin inmutarse—. Debajo de este mismo palacio. El servidor no lo usa como procesador, Elena. Lo usa como combustible. Lo están quemando vivo, bit a bit, para mantener esta ilusión de paz. Y ese "Beso del Judas" que menciona tu nota... no es un beso de traición hacia ti. Es el beso que tú le darás a él para terminar con su agonía.

Elena retrocedió, tambaleándose.

—Quieren que lo mate... otra vez.

—Quieren que le des una eutanasia digital —asintió Dante—. Si lo matas tú, su alma se borrará definitivamente y la Temporada 3 podrá empezar con un guion limpio, contigo y el impostor. Si no lo haces, él seguirá ardiendo eternamente en el sótano de tu felicidad.

La carga emocional era una losa de plomo sobre el pecho de Elena. La atracción prohibida hacia el hombre que la había atormentado y salvado era lo único que la empujaba a seguir. No podía dejarlo arder. Pero tampoco podía ser la mano que lo borrara del universo.

—Llévame allí —ordenó ella.

El descenso a la cripta fue un viaje a través de las tripas de una máquina enferma. Tras una puerta oculta en las cocinas, el mármol dio paso al metal oxidado y a cables que colgaban como lianas muertas. El olor a ozono y a carne quemada regresó, más fuerte que nunca.

Elena caminaba con la daga oxidada en la mano, sintiendo que el vínculo de corazones sincronizados empezaba a emitir un pitido agudo y doloroso. Cuanto más bajaba, más sentía el odio de Valerius. No un odio hacia ella, sino un odio hacia la existencia misma.

Al final de un pasillo de espejos negros, lo vio.

Valerius estaba suspendido en un tanque de líquido cian. Su cuerpo estaba conectado a miles de agujas de luz que extraían hilos de oro de sus poros. Sus ojos grises estaban abiertos, pero estaban fijos en la nada, inyectados en una agonía que no conocía el descanso.




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