El silencio no fue una tregua, fue una emboscada.
Elena retrocedió hasta que su espalda chocó contra el frío metal de la cápsula de drenaje. Frente a ella, la habitación estaba inundada por una marea de rostros que conocía mejor que el suyo propio. Eran cientos. Mujeres con su mismo arco de cejas, su misma mandíbula afilada y sus mismos ojos verdes, ahora inyectados con una frialdad mecánica. El ejército de clones de Isadora no solo era una amenaza física; era un ataque a su identidad.
—¿Qué es esto, Valerius? —susurró Elena, sin apartar la vista de la multitud de "Elenas" que avanzaban con una sincronía aterradora—. ¿Es otro truco del servidor?
A su lado, la sombra de Valerius —esa silueta de vacío absoluto que parecía devorar la luz de la cripta— dio un paso al frente. Aunque no tenía rostro, Elena sintió su tensión, una vibración de furia contenida que hacía que el aire a su alrededor chispeara con estática negra.
—No es el servidor —la voz de Valerius resonó directamente en la mente de Elena, una frecuencia oscura y áspera—. Es el Protocolo Narciso. Isadora ha comprendido que la única forma de matarme es obligándome a destruir lo único que me importa. Si te mato a ti entre un millón de copias, mi código se fragmentará.
—Entonces no me mates —respondió Elena, apretando la daga oxidada. Su sangre, aún fresca en la herida de su brazo, brillaba con una luz violeta que parecía atraer a las clones como polillas a una hoguera.
—Ese es el problema, Elena —dijo una de las clones al unísono, las mil voces creando un efecto de coro infernal—. Él no tiene que elegir. Nosotras ya hemos elegido por él.
La horda de Elenas se lanzó al ataque.
Fue una carnicería de espejos. Elena luchaba con una ferocidad nacida del asco; cada vez que hundía su daga en una de las clones, sentía que estaba apuñalando una parte de su propia alma. Pero las copias no sangraban rojo; de sus heridas brotaba un humo denso y negro que la sombra de Valerius absorbía, volviéndose más grande, más denso, más monstruoso.
La rivalidad explosiva entre ellos alcanzó una nueva dimensión. Elena odiaba la dependencia de esa sombra, odiaba que incluso en el mundo real, sus destinos estuvieran encadenados por un cordón umbilical de datos y sacrificio. Valerius, convertido en un vacío viviente, se movía entre las clones como una guadaña, desintegrándolas con un solo roce, pero cada baja lo alejaba más de la humanidad que Elena intentaba salvar.
—¡Para, Valerius! —gritó ella, esquivando el tajo de una clon que empuñaba una espada de cristal—. ¡Te estás convirtiendo en lo que ellos quieren! ¡Te estás convirtiendo en el borrador del sistema!
—¡No tengo otra opción! —rugió la sombra, y una onda de choque negra lanzó a una docena de Elenas contra las paredes de la cripta—. Si me detengo, nos consumirán. Isadora quiere que me sature de tu imagen hasta que ya no pueda distinguir entre la mujer que amo y el código que odio.
La atracción prohibida ardía en medio del caos. En un momento de respiro, Valerius la envolvió con su manto de sombras para protegerla de una lluvia de flechas de luz. Elena sintió el frío del vacío absoluto, pero también la desesperada necesidad de él de aferrarse a algo real. Por un segundo, en la oscuridad de su abrazo, Elena vio un destello de los ojos grises del General, suplicándole que terminara con esa farsa.
—Tengo que encontrar la fuente —siseó Elena contra la nada que era el pecho de Valerius—. Estas clones están conectadas a algo. Un "espectador VIP", dijo Dante. Alguien está moviendo los hilos desde fuera de la habitación.
Elena cerró los ojos y se concentró en el puerto de su nuca. Si ella era la "Propietaria", si ella era la Arquitecta original de esa pesadilla, debía ser capaz de rastrear la señal. Ignoró el dolor de su herida y proyectó su conciencia hacia fuera, saltando por encima de las cabezas de sus propios clones.
Vio los cables. No eran de fibra óptica. Eran hilos de seda plateada que subían desde las cabezas de las clones hacia el techo, atravesando el mármol, subiendo por los niveles del palacio hasta llegar a la Suite Real.
—¡Están arriba! —gritó Elena, zafándose del abrazo de Valerius—. ¡El espectador está en mi propio trono!
Valerius no esperó. Agarró a Elena y, en un estallido de teletransportación de datos, atravesaron los niveles del palacio como un proyectil de oscuridad.
Aparecieron en el Gran Salón de Actos. El lugar estaba lleno de flores blancas y estandartes de paz, pero en el centro del salón, sentado en el trono que Elena debería haber ocupado tras su coronación, había un hombre que no debería estar allí.
No era Dante. No era Ariel. No era su padre.
Era un niño de unos doce años, con el cabello rubio ceniza y ojos de un azul tan pálido que parecían transparentes. Vestía un traje escolar moderno, fuera de lugar en ese entorno de fantasía épica, y sostenía un mando de cristal que brillaba con cada movimiento de las clones en la cripta de abajo.
—Vaya —dijo el niño, sin apartar la vista del mando—. Habéis llegado antes de lo esperado. El nivel de dificultad "Pesadilla" no suele romperse hasta el capítulo 40.
—¿Quién eres tú? —exigió Elena, apuntándole con la daga. Su voz temblaba de furia.
—Soy el suscriptor número uno —dijo el niño con una sonrisa escalofriante—. Mis padres compraron esta realidad para mi cumpleaños. Me encanta cómo os peleáis. La tensión entre vosotros dos es lo que mantiene la batería de mi habitación cargada.
Valerius, la sombra, se abalanzó sobre el niño, pero se detuvo en seco, chocando contra una pared invisible de código.