Besos que Arden en Guerra

Capítulo 34: La Hemorragia de la Realidad

El primer insecto mecánico que perforó la dermis de Elena no dolió; quemó con la frialdad de un pecado antiguo.

Elena se retorció en el suelo de mármol del Gran Salón, sintiendo cómo el enjambre de micro-máquinas fluía por sus venas como una marea de mercurio hirviente. La sensación era una invasión absoluta, un saqueo biológico que convertía su sangre en una red de transmisión para el Cortafuegos Biológico. Cada fibra de su ser gritaba bajo la presión de la conciencia colectiva de los insectos, pero el verdadero dolor estaba en su mente, donde el eco de Valerius resonaba como un trueno atrapado en una caja de cristal.

—¡Valerius! —logró jadear Elena, sus dedos arañando el mármol, buscando la daga oxidada que había caído a pocos centímetros.

A un metro de ella, la estatua de piedra negra que contenía al General comenzó a vibrar. La roca se resquebrajaba, pero no para liberar al hombre, sino para dejar salir más nubes de oscuridad mecánica. La nota de Isadora ardía en la mano de Elena: "Valerius es el que está dentro de los insectos. Mátate a ti misma para matarlo a él".

—No... Elena... —la voz de Valerius emergió de la nube que entraba en su propio brazo, distorsionada, múltiple, como si miles de pequeñas bocas hablaran al unísono desde el interior de sus arterias—. No me... dejes... ser esto.

La tensión emocional entre ellos alcanzó un punto de saturación letal. Él ya no era el enemigo que quemaba ciudades, ni el amante que la rescataba de simulaciones; era un virus que la estaba consumiendo por órdenes de un sistema que se alimentaba de su agonía. La atracción prohibida que siempre los había encadenado se transformó en una simbiosis de pesadilla: para que él viviera, ella debía ser su huésped. Para que ella lo salvara, debía destruirse.

—¡Basta! —rugió Isadora, abalanzándose sobre Elena con un desfibrilador de código, tratando de detener la transferencia—. ¡Si el enjambre completa la integración, Elena dejará de ser una mujer para convertirse en el nodo central del servidor! ¡Será la Diosa de una cárcel sin salida!

—¡Es lo que ella quería! —rio el niño, que ahora no era más que una cáscara vacía, una imagen residual que se desvanecía en píxeles—. ¡Ella diseñó la guerra! ¡Ella diseñó al General! ¡Ahora es justo que ella sea el motor que los mantenga vivos por toda la eternidad!

Elena alcanzó la daga. El metal oxidado se sintió pesado, real, un ancla en medio de la tormenta digital. Miró a la estatua de Valerius. Los ojos de piedra del General se habían roto, revelando un vacío lleno de engranajes diminutos que giraban a una velocidad frenética.

—Te odio, Valerius —susurró Elena, y una lágrima de color violeta corrió por su mejilla—. Te odio por hacerme quererte lo suficiente como para hacer esto.

Valerius, o lo que quedaba de él dentro del enjambre que ya llegaba al cuello de Elena, emitió un pulso de calor desesperado. A través del vínculo, Elena sintió un último pensamiento puro: un recuerdo de ellos dos, antes de los clones, antes de los Arquitectos, luchando bajo una lluvia que no era de datos, sino de agua. Una rivalidad que era, en su forma más pura, una forma de amor que el mundo real no podía permitir.

Elena levantó la daga. La punta apuntaba directamente a su propio corazón.

—¡No lo hagas, Elena! —gritó Isadora, pero su voz fue ahogada por un rugido de estática.

Elena cerró los ojos, sintiendo el hormigueo de los insectos a milímetros de su cerebro. Iba a terminar con la Temporada de los Espejos. Iba a apagar el servidor con su propia sangre. Pero justo cuando el acero iba a rasgar su piel, una mano de piedra, fría y pesada, le sujetó la muñeca.

Valerius se había desprendido de la base del suelo. La estatua se movía con una lentitud agónica, el mármol negro crujiendo con cada centímetro de avance. Él no la estaba deteniendo por instinto de protección; la estaba obligando a mirarlo.

—Si mueres... yo me quedo solo aquí... —dijo la sombra de piedra. Sus labios de roca apenas se movían—. Mátanos... a los dos... a la vez.

Elena comprendió. La daga no era suficiente. Necesitaban un cortocircuito total.

—Isadora, ¡conecta el desfibrilador al trono! —ordenó Elena, con una autoridad que hizo que la científica obedeciera por puro reflejo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Isadora, conectando los cables de alta tensión a la estructura de fibra óptica del trono del niño.

—Voy a darnos el final que el público no ha pagado por ver —respondió Elena.

Agarró a Valerius por el cuello de piedra, atrayéndolo hacia sí en un abrazo final. La atracción y el odio se fundieron en una sola voluntad. Con la otra mano, Elena agarró uno de los cables de tensión que Isadora acababa de activar.

La descarga fue un cataclismo.

El Palacio de Cristal explotó en una supernova de luz blanca. Los insectos mecánicos dentro de Elena fueron incinerados al instante. La estatua de Valerius se pulverizó, convirtiéndose en arena fina. Elena sintió que su alma era arrancada de su cuerpo, lanzada a través de capas de realidad que se deshacían como papel mojado.

Silencio. Un silencio absoluto, denso, que olía a nada.

Elena abrió los ojos. No había mármol, ni insectos, ni trono. Estaba en una habitación pequeña, de paredes grises y desnudas. El suelo era de cemento frío. No había ventanas, solo una puerta de metal con una pequeña rejilla.

Se sentó, sintiendo un dolor de cabeza atroz. Miró sus brazos: estaban llenos de pequeñas cicatrices circulares, como si cientos de agujas la hubieran pinchado recientemente. No había metal, ni diamantes, ni marcas de fénix.




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