El aplauso fue un sonido seco, rítmico y terroríficamente humano, rompiendo el silencio sepulcral del corredor metálico.
Elena apretó el rifle contra su pecho, sintiendo el metal frío y aceitoso bajo sus dedos. No era el arma de luz de la simulación, era una herramienta de muerte tosca, pesada y real. A su lado, Valerius soltó el cuello del androide, que cayó al suelo como un fardo de cables y plástico inerte. Sus ojos grises, antes apagados por la fatiga del prisionero, se encendieron con una chispa de la antigua furia que ella tanto odiaba... y que tanto necesitaba.
—¿Quién está ahí? —gritó Elena, su voz proyectándose por el pasillo infinito que se curvaba hacia arriba, siguiendo la superficie interna de lo que ahora sabían que era una esfera geodésica del tamaño de un planeta.
De la oscuridad del pasillo emergió una figura que hizo que Valerius se tensara hasta parecer una cuerda de violín a punto de romperse. Era un hombre de mediana edad, vestido con un traje de lino blanco impecable que contrastaba con el ambiente industrial y lúgubre del búnker. Su rostro era una amalgama de facciones que Elena creía haber visto en mil simulaciones diferentes: un poco de Dante, un rastro de su padre, una pincelada de los Arquitectos.
—Excelente actuación, Sujetos. Verdaderamente conmovedora —dijo el hombre, deteniendo su aplauso pero manteniendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La transición de la "Fase de Terapia de Choque" a la "Revelación del Búnker" ha generado un pico de audiencia que no veíamos desde que Elena intentó suicidarse en el capítulo 12.
—¿Sujetos? —Valerius dio un paso al frente, su voz cargada de un veneno que podría corroer el acero—. Llevamos cinco años en una celda, alimentados con mentiras y conectados a una máquina que nos ha despedazado el alma. ¿Y tú hablas de audiencia?
—No te confundas, Valerius —el hombre de blanco se acercó, ignorando el rifle que Elena le apuntaba al rostro—. No sois prisioneros de guerra. Sois los Últimos Humanos Biológicos. El mundo que creéis ver arriba, ese cielo de pantalla, es la única protección que tenéis contra el vacío. Afuera, en la superficie real de la Tierra, no queda nada. El aire es ácido y el sol quema los pulmones en segundos.
—Mientes —siseó Elena, su pulso acelerándose. La rivalidad explosiva entre lo que sentía por Valerius y la desconfianza que le dictaba su instinto de superviviente la mantenía en un equilibrio precario—. Nos dijiste que éramos enemigos. Que nuestras naciones estaban en guerra.
—Y lo están —asintió el hombre—. Pero no son naciones de carne y hueso. Son naciones de datos. La Coalición contra la que lucháis es un algoritmo de optimización de recursos. El Imperio del Fénix es un software de gestión emocional. Vosotros dos sois los únicos que todavía tienen sangre caliente y hormonas capaces de generar algo que el código no puede replicar: caos emocional.
El hombre señaló el cartel de propaganda donde aparecían ellos de niños.
—Esa foto es real. Fuisteis diseñados en un laboratorio para odiaros, porque el odio entre dos seres compatibles genera más energía que cualquier reactor de fusión. Pero el amor... ah, el amor prohibido que habéis empezado a desarrollar es el subproducto que está salvando a la especie. Vuestras "ganas de mataros" mientras deseáis besaros son los voltios que mantienen encendida la última ciudad del centro de la Tierra.
Elena miró a Valerius. La tensión entre ellos era tan espesa que casi podía tocarse. El deseo prohibido que se había forjado en el infierno de la simulación seguía allí, latiendo bajo la piel mugrienta y las cicatrices del cautiverio. Él la miró de vuelta, y por un segundo, la máscara de guerrero cayó, revelando al hombre roto que solo quería que todo aquello se detuviera.
—Si somos la batería del mundo —dijo Valerius, su voz volviéndose peligrosamente calmada—, ¿qué pasa si la batería decide cortocircuitarse?
—No podéis —rio el hombre—. Porque si lo hacéis, no solo morís vosotros. Matáis a los tres millones de niños que duermen en las cámaras criogénicas del nivel inferior. Vuestra pasión es su soporte vital.
Elena sintió una náusea violenta. La carga emocional era insoportable. Estaban encadenados no solo el uno al otro, sino al futuro de una raza que los usaba como ganado sentimental. Se acercó a Valerius, y por primera vez en "la realidad", no hubo espadas de luz ni códigos de borrado de por medio. Solo el roce de sus hombros y el calor de su respiración compartida.
—¿Qué hacemos? —susurró ella.
—Lo que mejor sabemos hacer, Elena —respondió él, sus dedos rozando los de ella de forma casi imperceptible—. Sobrevivir para que el guionista se arrepienta de habernos dado voz.
Valerius se giró hacia el hombre de blanco.
—Queréis drama. Queréis pasión. Queréis que nos odiemos hasta que el aire arda. Bien. Pero lo haremos bajo nuestras condiciones. Queremos ver a esos niños. Queremos pruebas de que no son otro escenario de cartón piedra.
El hombre de blanco sonrió ampliamente, una expresión que recordaba a un depredador que acaba de ver a su presa entrar voluntariamente en la jaula.
—Sabía que vuestro heroísmo sería vuestra perdición. Seguidme. El nivel de las Cápsulas de Semilla os está esperando para el Capítulo 36.
Caminaron por el pasillo, pero Elena no bajó el rifle. Sus ojos escudriñaban cada centímetro de la estructura. Al pasar frente a un panel de control, vio un reflejo en el cristal. No era su rostro, ni el de Valerius. Era una serie de líneas de código que se desplazaban a toda velocidad, y en medio de ellas, una palabra parpadeaba en rojo: "REINICIO INMINENTE".