Besos que Arden en Guerra

Capítulo 36: El Síndrome del Espectador

La realidad sabía a antiséptico y a mentiras de alto presupuesto.

Elena parpadeó, tratando de enfocar la figura de Ariel. El blanco de la bata médica era tan puro que le quemaba las córneas, un contraste violento con la penumbra industrial del búnker que, hacía apenas unos segundos, era su única verdad. El pitido rítmico de un monitor cardíaco sustituía el zumbido de los insectos mecánicos y el estruendo del cielo rompiéndose.

—¿Película? —La palabra salió de la garganta de Elena como un cristal astillado. Intentó incorporarse, pero una debilidad narcótica la ancló a la cama de alta tecnología—. Ariel, ¿de qué demonios estás hablando? Estábamos en el centro de la Tierra. Valerius estaba allí... el hombre-espejo...

Ariel soltó una carcajada suave, una que Elena no había escuchado en ninguna de las versiones anteriores. Era la risa de alguien que posee el mundo, no la de un hermano atormentado o un clon fallido. Le tomó la mano con una calidez profesional que la hizo estremecerse de puro asco.

—Se llama "Inmersión Total", hermanita. Los críticos dicen que tu interpretación del colapso mental en el búnker es digna de un premio —Ariel señaló una pantalla plana en la pared opuesta.

En ella, Elena se vio a sí misma. Pero no era la Elena desaliñada del búnker. Era una imagen cinematográfica, editada con una iluminación perfecta, gritando bajo un cielo de píxeles mientras un Valerius ensangrentado la sujetaba por los hombros. En la esquina inferior de la pantalla, un contador de views subía de forma frenética: 2.5 Billones de Espectadores en Vivo.

—Has sido la tendencia global durante treinta y cinco capítulos, Elena —continuó Ariel, ajustando el gotero de suero—. Todo el planeta ha estado conectado a tu sistema nervioso. Han sentido tu odio por Valerius, tu deseo prohibido en la alcantarilla, tu agonía al creer que eras un arma. Eres la propiedad intelectual más valiosa de la historia.

La Jaula de Cristal

Elena sintió una náusea que ninguna droga médica podía mitigar. La rivalidad explosiva, los besos que ardían como pólvora, las traiciones de Isadora... ¿todo había sido un guion diseñado para entretener a una humanidad aburrida?

—¿Y Valerius? —preguntó, con el corazón martilleando contra sus costillas. Si todo era una película, el hombre que amaba y odiaba debía estar en la habitación de al lado.

La expresión de Ariel se volvió sombría, una sombra de la arrogancia previa desapareciendo de sus ojos.

—Valerius es un problema, Elena. A diferencia de ti, él no era un actor voluntario. Era un convicto. Le ofrecieron conmutar su sentencia a cambio de participar en el experimento de narrativa orgánica. Pero su mente... se ha fusionado demasiado con el personaje del General. Se niega a despertar.

Elena se arrancó los cables de los electrodos con un tirón violento. El monitor empezó a emitir un pitido de alarma agudo.

—¿Dónde está? —exigió, poniéndose de pie con las piernas temblorosas. La atracción prohibida que sentía por él no era un guion; era una herida abierta que latía en su pecho incluso fuera de la simulación.

—Está en la Fase de Extracción —dijo Ariel, bloqueándole el paso—. Pero Elena, escúchame. No puedes entrar ahí. Si lo despiertas antes de que los Arquitectos —esta vez refiriéndose a los productores— terminen de editar el final, podrías causar un daño cerebral irreversible a ambos. La audiencia quiere un final trágico, y el contrato dice que uno de los dos no debe sobrevivir al "mundo real".

—¡Al diablo con tu audiencia y tu contrato! —Elena empujó a Ariel con una fuerza que nació de la rabia pura.

Salió al pasillo del hospital, pero no era un hospital normal. Era un complejo inmenso de cristal y acero construido en la cima de una montaña. A través de los ventanales, vio una ciudad futurista que brillaba bajo un sol auténtico, pero era una belleza estéril. Carteles holográficos de ella y Valerius decoraban cada rascacielos. Eran dioses de un Olimpo digital, esclavos de un público que exigía sangre y romance a partes iguales.

El Reencuentro de las Sombras

Elena corrió siguiendo el rastro de la señal de "Sincronización Neural" que todavía sentía en la base de su nuca. El vínculo no se había cortado. Aunque le dijeran que era una actriz, ella sentía el dolor de Valerius como si fuera propio. Era una tensión emocional constante que desafiaba cualquier explicación técnica.

Llegó a una sala circular llena de tanques de privación sensorial. En el centro, conectado a una red de cables que parecían tentáculos de luz, estaba él.

Valerius.

No tenía el uniforme de Altea, ni la armadura de piedra. Llevaba un traje de prisionero gris, pero su rostro... su rostro era el mismo que la había perseguido en sus pesadillas y en sus deseos. Sus ojos estaban cerrados, pero sus párpados temblaban, atrapados en un sueño del que no podía salir.

—Valerius... —susurró Elena, acercándose al tanque.

De repente, una voz fría y metálica resonó por los altavoces de la sala. No era Isadora, ni Ariel. Era una voz colectiva, una superposición de millones de susurros.

"EL ESPECTADOR QUIERE EL SACRIFICIO. EL ESPECTADOR EXIGE EL BESO DEL JUDAS."

—¡Déjenlo ir! —gritó Elena hacia las cámaras ocultas en el techo—. ¡Ya tienen su maldita película! ¡Ya tienen su dinero!

—No es por el dinero, Elena —la voz de Isadora surgió de las sombras. La mujer caminaba con elegancia, sosteniendo una tableta donde se monitorizaban las constantes vitales de Valerius—. Es por la catarsis. La humanidad está muriendo de apatía. Vuestra guerra es lo único que los hace sentir vivos. Si los despertamos ahora, habrá disturbios globales. Necesitamos que tú lo mates en la escena final para cerrar el arco narrativo.




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