Besos que Arden en Guerra

Capítulo 37: La Gravedad de los Escombros

El aire en el mundo real no era dulce; sabía a metal oxidado, a ozono quemado y a la muerte inminente de una esperanza que nunca debió nacer.

Elena se desplomó contra el suelo de aleación de la nave de colonización, sintiendo cómo sus pulmones se expandían con una agonía física que ninguna simulación podría replicar. A su alrededor, la "realidad" del hospital de lujo y la ciudad futurista se deshacía como un velo de novia arrojado al ácido. Los píxeles se convertían en cables pelados; el sol artificial en luces de emergencia de un rojo pulsante que bañaba las paredes de metal desnudo.

—Bienvenida al Arca, Elena —la voz de Valerius era un rugido de estática y carne.

Él estaba de pie sobre ella, empapado en el líquido criogénico que aún goteaba de su cuerpo desnudo hasta la cintura. Ya no era un actor, ni un prisionero de un búnker subterráneo. Sus músculos estaban tensos, surcados por cicatrices de interfaces neuronales reales, y su mirada gris tenía la profundidad aterradora de quien ha despertado de un sueño para encontrarse en un matadero.

—¿Dónde estamos? —Elena intentó levantarse, pero la gravedad real la aplastaba como una losa.

—En la órbita de Krios. El planeta que se suponía era nuestra salvación —Valerius la agarró del brazo y la puso en pie con una brusquedad que hizo que la rivalidad explosiva entre ellos chispeara de nuevo. El contacto de su piel contra la de ella envió una descarga eléctrica que no era código; era una atracción prohibida, instintiva y salvaje, que sobrevivía a cualquier reinicio del sistema—. Pero no estamos solos. Los "Alteanos"... no eran una invención del guion.

Valerius señaló hacia la enorme pantalla táctica que dominaba el puente de mando de la nave. Fuera, en el vacío del espacio, una flota de naves con formas orgánicas y luces de un violeta gélido rodeaba su arca como una jauría de lobos a una presa herida. Elena sintió un escalofrío: eran las mismas naves que ella había "comandado" en su mente cuando creía ser la Reina del Fénix.

—La simulación no era entretenimiento, Elena —siseó Valerius, acercando su rostro al de ella, su aliento cálido golpeando su mejilla en medio del frío glacial de la nave—. Era una Academia de Guerra. Nos entrenaron durante mil años en el tiempo subjetivo del simulador para que aprendiéramos a matarlos. Y lo hicimos tan bien, que ahora el sistema no sabe cómo dejarnos de odiar.

La Carne y el Acero

La tensión emocional entre ellos era insoportable. Durante ochenta capítulos de mentiras, habían sido amantes, enemigos, hermanos y dioses. Pero ahora, despojados de todas las capas de ficción, solo quedaban dos extraños vinculados por un trauma compartido de milenios.

—Si todo fue entrenamiento... ¿quién soy yo para ti, Valerius? —preguntó Elena, sus ojos verdes desafiando la frialdad de él—. ¿Solo una táctica de distracción? ¿Un error en tu entrenamiento?

Valerius la empujó contra una consola de mandos, sus manos rodeando su cuello, no para apretar, sino para sentir el latido de su pulso. La atracción entre ellos era una fuerza física, una colisión de dos estrellas moribundas.

—Eres mi mayor fracaso, Elena —respondió él, su voz vibrando con una pasión oscura—. Se suponía que debía aprender a destruirte para salvar la colonia. Se suponía que el odio debía ser absoluto. Pero cada vez que cerraba los ojos en el simulador, solo buscaba tu boca. Y ahora que estamos aquí, en la realidad que sangra... sigo queriendo hacer lo mismo.

Elena le devolvió la mirada con una furia incendiaria. —Entonces hazlo. Pero recuerda que en este mundo, si me tocas, no hay un botón de "borrar". Lo que rompamos, se quedará roto para siempre.

Él la soltó, dándole la espalda mientras se dirigía a la consola de armas. —Guarda tu drama para después. Los Alteanos han lanzado una cápsula de abordaje. Y según los sensores, el líder de la incursión tiene una firma genética que conoces.

—¿Ariel? —susurró Elena.

—Peor —Valerius activó el sistema de defensa—. Es el Original. El hombre que dio su ADN para crear todos los "Dantes" y "Arieles" de tu mente. Y viene a reclamar su propiedad.

El Abordaje de las Sombras

Un estruendo sacudió la nave. El metal crujió cuando la cápsula enemiga perforó el casco en el nivel de las bodegas criogénicas, donde un millón de colonos dormían su sueño de muerte. Elena tomó una pistola de impulsos —una de verdad, pesada y con retroceso— y se colocó hombro con hombro con Valerius.

La puerta de seguridad del puente estalló en una lluvia de chispas.

De la niebla de descompresión emergió una figura que hizo que a Elena se le detuviera el corazón. Era un hombre con el rostro de su padre, pero con una juventud eterna y una armadura que parecía viva, una segunda piel de obsidiana que respiraba. Detrás de él, soldados que no eran clones, sino seres de una evolución superior, apuntaban con armas que distorsionaban la luz.

—Elena... Valerius... —dijo el hombre, y su voz tenía la autoridad de quien ha visto nacer y morir soles—. Mi nombre es Erebo. Soy el Gran Almirante de la Hegemonía Alteana. Y habéis pasado demasiado tiempo en vuestra guardería digital.

—¡Tú nos robaste nuestro mundo! —gritó Elena, levantando el arma.

—Nosotros salvamos vuestras conciencias de un planeta moribundo —corrigió Erebo, caminando hacia ellos con una elegancia depredadora—. La simulación era para ver si vuestras mentes podían adaptarse a la guerra biológica. Y habéis superado todas las expectativas. Valerius, hijo mío... es hora de volver a casa.




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