El metal del Arca gemía bajo la presión del vacío, un sonido que Elena sentía en sus propios dientes mientras observaba a Ariel consumirse en el motor de salto. Cada segundo era un latigazo. El cronómetro de autodestrucción parpadeaba en las paredes desnudas, bañando el compartimento 7-B con un resplandor de advertencia color sangre.
—¡Ariel! —Elena se lanzó hacia la consola, sus manos temblando mientras intentaba desconectar los cables que succionaban la vida de su hermano.
—Es... inútil, Elena —tosió Ariel, y un hilo de fluido sintético corrió por su barbilla—. El protocolo de Isadora es una cerradura de un solo sentido. Si me sueltas, la nave explota ahora. Si me dejas aquí... tienes cuarenta segundos para decidir si eres una heroína o una fugitiva.
Elena miró por el puerto de visión hacia la nave nodriza de Erebo. Había visto la traición de Valerius. Lo había visto apuntarle al pecho con una espada de luz fría, reclamando su lugar como un príncipe de la Hegemonía Alteana. Pero las palabras de Ariel resonaban en su cabeza como una disonancia insoportable: Él te mintió para salvarte.
—Ese bastardo arrogante —siseó Elena, sintiendo que la rivalidad explosiva que los definía se transformaba en un fuego que le quemaba las venas—. ¿Se cree que voy a dejar que se convierta en un mártir sin mi permiso?
—Vete —suplicó Ariel, sus ojos volviéndose blancos—. Valerius sabe que Erebo va a usar la mente de los colonos para reconstruir su imperio. Si él entra en la red Alteana solo, será devorado. Solo tú... solo tu odio puede actuar como un virus para despertarlo.
La Decisión del Fénix
La atracción prohibida no era solo una cuestión de besos bajo la lluvia o roces en la oscuridad; era el hilo de Ariadna que la arrastraba de vuelta al monstruo que acababa de romperle el corazón. Elena no subió a la cápsula de escape. No eligió la vida fácil que el sacrificio de Valerius le estaba comprando.
Corrió.
Atravesó los pasillos del Arca mientras las paredes empezaban a pixelarse de nuevo, no por una simulación, sino por el colapso de la realidad física de la nave. Llegó a la compuerta de abordaje justo cuando la nave de Erebo iniciaba el desenganche. La presión del aire empezó a caer, tirando de sus pulmones, succionando el calor de su cuerpo.
—¡Valerius! —gritó ella, lanzándose por el túnel de conexión que se cerraba.
El impacto contra el suelo de la nave Alteana fue como chocar contra una pared de mármol. El ambiente era diferente aquí: olía a ozono estéril y a una paz artificial que resultaba insultante. Se puso en pie, con el arma de impulsos en la mano, justo cuando la compuerta se sellaba tras ella.
Frente a ella, en un pasillo de luz violeta, Valerius estaba rodeado por los soldados de Erebo. Ya no tenía el aspecto de un prisionero; la armadura de obsidiana de la Hegemonía estaba empezando a materializarse sobre su piel, cubriendo sus cicatrices con una elegancia letal.
Se giró al oírla. Su rostro era una máscara de piedra, pero cuando sus ojos grises se clavaron en los de ella, Elena sintió una sacudida de tensión emocional que casi la deja de rodillas.
—Eres una estúpida, Elena —dijo él, y su voz ya no tenía la estática del simulador, sino la claridad de un verdugo—. Te di una salida. Te di un mundo entero para ti sola. ¿Por qué has venido a morir aquí?
—He venido a ver cómo te queda el disfraz de traidor, General —respondió ella, avanzando con el arma en alto—. Y tengo que decirte que te ves patético. Nadie te cree el papel de hijo obediente. Ni siquiera tú mismo.
Erebo, el Almirante con el rostro del padre de Elena, soltó una carcajada que heló el pasillo.
—La persistencia de los humanos es fascinante. Valerius, termina con esto. Demuéstrame que la simulación no dejó residuos de empatía en tu sistema. Mátala y entra en la Comunión.
Valerius avanzó hacia ella. Cada paso era una sentencia. La rivalidad explosiva entre ellos alcanzó su cenit. Elena no bajó el arma. Si tenía que morir, lo haría mirando a los ojos al hombre que amaba y odiaba con la misma intensidad destructiva.
—¿Vas a hacerlo, Valerius? —desafió ella, sintiendo el calor de su presencia a solo unos centímetros—. ¿Vas a borrar mil años de historia por un trono de sombras?
Valerius la agarró por el cuello y la estampó contra la pared. El contacto fue brutal, cargado de una atracción prohibida que no podía ser ignorada ni por la lógica de Erebo. Él inclinó la cabeza, su boca rozando la oreja de Elena.
—Odiame —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Odiame lo suficiente como para que cuando me conecte a la red de Erebo, tu rabia sea el ancla que me mantenga atado a la tierra. Si dejas de odiarme, Elena... me perderé para siempre.
En un movimiento rápido, Valerius no disparó. Le arrebató el arma de impulsos y la lanzó al suelo. Luego, la besó. Fue un beso cargado de desesperación, de sabor a sangre y a una promesa de guerra eterna. Fue el "Beso del Judas", pero Elena comprendió que el traicionado no era ella, sino Erebo.
—¡Basta de juegos! —rugió Erebo.
De la mano de Erebo surgió una red de filamentos de luz que envolvieron a Valerius y a Elena. Los soldados los rodearon, pero no para matarlos.
—Si tanto deseáis estar unidos —dijo Erebo con una sonrisa cruel—, compartiréis la misma celda de datos. Valerius será el procesador y tú, Elena, serás el sistema operativo que lo mantenga bajo control. Seréis la batería de mi nave nodriza. Juntos, pero prisioneros del infinito.