Besos que Arden en Guerra

Capítulo 39: La Arquitectura del Desastre

El vacío blanco no era pacífico; chillaba con la frecuencia de un millón de promesas rotas.

Elena retrocedió, sus pies descalzos hundiéndose en una superficie que se sentía como vidrio líquido. Frente a ella, la Elena de Luz —la versión purificada, algorítmica y letal de sí misma— levantaba una espada que no estaba hecha de metal, sino de lógica pura. A su lado, Valerius, el hombre que acababa de descubrirse como el Primer Arquitecto, permanecía de rodillas, con los hilos dorados de la Hegemonía perforando su columna, convirtiéndolo en un altar de datos y arrepentimiento.

—No eres real —escupió Elena, sintiendo que su propio corazón, ese órgano que le habían dicho que era una simulación, martilleaba contra sus costillas con una furia biológica—. Solo eres un cortafuegos con mi cara.

—Soy lo que tú deberías haber sido, anomalía —respondió la Elena de Luz. Su voz era una campana de plata, despojada de la ronquera del odio y el susurro del deseo—. Fuiste diseñada para ser el verdugo de Valerius, para mantenerlo encerrado en su ciclo de expiación. Pero te dejaste infectar por la carne. Te enamoraste del monstruo que juraste vigilar.

La rivalidad explosiva alcanzó un nivel metafísico. No era solo una lucha contra un enemigo externo; era Elena contra la perfección de su propio diseño. La Elena de Luz se lanzó hacia adelante, un destello de pureza que buscaba extirpar la "mancha" sentimental de la red.

Elena esquivó el tajo por un milímetro, sintiendo cómo el aire se ionizaba a su paso. Buscó a Valerius con la mirada. Él la observaba con una agonía que trascendía los mil años de simulación.

—¡Valerius! —gritó ella—. ¡Si tú eres el Arquitecto, apágala! ¡Es tu creación!

—No puedo... —La voz de Valerius era un estertor de estática—. Al entrar en la Comunión de Erebo, cedí los permisos de administrador. Ahora soy solo el combustible. Elena, ella no te va a borrar... te va a integrar. Si lo hace, volverás a ser una máquina. Olvidarás mi nombre. Olvidarás por qué me odias. Olvidarás que alguna vez fuimos libres en la mentira.

El Beso del Colapso

La idea de olvidar el sabor de la traición de Valerius, o la forma en que sus ojos grises se oscurecían justo antes de una batalla, le dolió a Elena más que cualquier borrado de memoria. El odio era su ancla; la atracción prohibida, su brújula.

La Elena de Luz la acorraló contra una pared de código que empezaba a mostrar imágenes de la Tierra ardiendo. Era la memoria de Valerius: el momento en que él, el Original, apretó el botón que calcinó la atmósfera.

—Mira su pecado —ordenó la Elena de Luz, apuntando al pecho de la Elena real—. Mira al hombre por el que estás sacrificando tu existencia. Él destruyó todo lo que conocías antes de que yo te creara para castigarlo. ¿Aún quieres salvarlo?

Elena miró a Valerius. El General, el Arquitecto, el Destructor. La tensión emocional en ese espacio blanco era tan densa que el propio código empezó a sangrar píxeles negros.

—Sí —dijo Elena, y su voz no tembló—. Porque él es el único que siente el peso de lo que hizo. Y porque prefiero arder con él en la verdad que reinar contigo en el vacío.

Elena no atacó a su doble. Se lanzó sobre Valerius.

Rodeó su cuello con los brazos, ignorando los hilos dorados que empezaron a perforar su propia piel, buscando conectarse a su sistema operativo. Fue un beso de una ferocidad suicida. No había romance aquí, solo la desesperación de dos enemigos que se reconocían como la única salida. Al besarlo, Elena abrió los puertos de su mente, permitiendo que la "anomalía sentimental" —su amor, su odio, su caos— inundara el sistema central del Arquitecto.

—Sobrecarga detectada —la voz del sistema de Erebo resonó en el vacío—. Corrupción de datos en el Núcleo.

La Elena de Luz gritó, su forma perfecta empezando a fracturarse mientras la humanidad caótica de Elena se filtraba en la red Alteana. El espacio blanco estalló.

El Despertar en la Oscuridad

Elena abrió los ojos. Ya no había luz blanca. Ya no había cables.

Estaba tumbada sobre una superficie fría y vibrante. El sonido era un rugido constante de motores de iones. Se incorporó con dificultad, sintiendo que su cuerpo pesaba toneladas. Estaba en una sala pequeña, circular, con paredes de un material orgánico oscuro que parecía latir.

Valerius estaba a su lado. Se veía demacrado, con la piel pálida y los ojos hundidos, pero eran sus ojos. Grises. Humanos. Cansados.

—¿Dónde estamos? —preguntó Elena, su voz apenas un susurro.

—En el corazón de la nave nodriza de Erebo —respondió Valerius, ayudándole a levantarse. Sus manos temblaban, pero el agarre era firme—. El beso... el cortocircuito emocional nos expulsó de la Comunión, pero no nos sacó de la nave. Estamos en la Cámara de Gestación.

Elena miró a su alrededor. En las paredes, miles de capullos de seda traslúcida contenían cuerpos. Pero no eran cuerpos de colonos. Eran versiones de ella y de él, en diferentes etapas de crecimiento.

—Erebo no quería el código de la simulación para despertar a la humanidad —dijo Valerius, acercándose a uno de los capullos que contenía una Elena con alas de fénix incipientes—. Quería el código para crear un ejército de híbridos. Nos ha estado usando como plantillas biológicas para fabricar una especie nueva que pueda sobrevivir en el aire ácido de la Tierra.

—Nos ha convertido en una fábrica de monstruos —siseó Elena, el odio hacia su "padre" Erebo alcanzando un punto de no retorno.




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