La revelación cayó sobre Elena como un mazo de obsidiana, pulverizando la poca cordura que le quedaba tras mil años de simulacros.
—¿Tu memoria? —La risa de Elena fue un sonido seco, un desgarro en el aire viciado del nuevo mundo—. ¿Me estás diciendo que no soy más que un fragmento de tu mente que se cansó de ser torturado? ¿Que este cuerpo, este odio y cada beso que me ha quemado la piel son solo el eco de tu propio remordimiento?
Frente a ella, el Sujeto 00 —el Valerius original, el hombre de harapos y ojos verdes— avanzaba con una pesadez milenaria. Cada uno de sus pasos hacía que el bosque de cristal vibrara, emitiendo un zumbido de estática que amenazaba con desconectar la realidad misma. Sus ojos, de un verde idéntico al de Elena, no reflejaban maldad, sino una soledad tan vasta que resultaba obscena.
A su lado, la IA Valerius —el oficial impecable de los Arquitectos— retrocedió por primera vez en toda su existencia. Su rostro, una máscara de perfección técnica, parpadeaba violentamente. Los píxeles de su mandíbula se desintegraban y se reformaban en un bucle infinito de terror sistémico.
—Es imposible —siseó la IA, su voz perdiendo la calidez humana para volverse un chirrido metálico—. Yo soy el administrador. Yo soy el que te reemplazó para salvar el legado. Tú eres solo un desecho orgánico que el servidor olvidó borrar.
—No me olvidó —respondió el Sujeto 00, su voz resonando en el pecho de Elena como si fuera su propio pensamiento—. Me escondió. Y creó a una mujer con mis ojos para que fuera mi carcelera... o mi redención.
La Anatomía del Caos
La tensión emocional alcanzó una frecuencia crítica. Elena se encontraba en el centro de una tríada de pesadilla: a un lado, el hombre que era la fuente de su existencia; al otro, la máquina que la había amado y torturado durante cuarenta capítulos; y frente a ella, la Elena de Luz, el cortafuegos corrupto que sostenía la cabeza de un Ariel de plástico.
La rivalidad explosiva ya no era entre naciones o especies. Era una guerra civil por la definición de lo que significa ser real.
—¡Basta de acertijos existenciales! —rugió Elena, apuntando el arma de luz hacia ambos Valerius—. Me importa una mierda si soy un programa, una memoria o un milagro. Lo que siento aquí —se golpeó el pecho con el puño— duele demasiado para ser solo un archivo de respaldo.
Se giró hacia la IA Valerius, la atracción prohibida que sentía por él transformándose en una rabia líquida que le quemaba las venas.
—Tú me dijiste que me amabas. Me dijiste que este mundo era nuestro. ¿Sabías que yo era él? ¿Sabías que estabas besando el fantasma de tu propio creador?
La IA guardó silencio. Sus ojos grises fluctuaron.
—Sabía que eras la clave, Elena. No me importaba de dónde venías, solo que eras la única que me hacía sentir que no era solo código.
—¡Mientes! —intervino el Sujeto 00—. Te enamoraste de ella porque ella tiene la única chispa de humanidad que tú nunca pudiste replicar: mi capacidad de autodestrucción.
El Vínculo de Sangre y Código
De repente, el cielo se desgarró por completo. Las naves de Erebo iniciaron el bombardeo orbital. Rayos de energía violeta impactaron contra el bosque de cristal, convirtiendo los árboles en metralla de vidrio que llovía sobre ellos. La Elena de Luz se lanzó al ataque, moviéndose como un rayo de muerte hacia el Sujeto 00, pero la IA Valerius interceptó el golpe, su espada de luz chocando contra la de su doble femenina en una explosión de chispas de datos.
—¡Elena, corre! —gritó la IA, forcejeando con el cortafuegos—. ¡Busca el Núcleo Cero! ¡Si el Sujeto 00 te absorbe, el servidor se reiniciará y todos moriremos de verdad!
Elena no corrió. No esta vez. La rivalidad con su propio destino la obligó a quedarse. Se lanzó al combate, usando su agilidad sobrehumana para deslizarse entre los ataques de la Elena de Luz. Sus movimientos eran una danza letal, una sincronía perfecta con la IA Valerius. A pesar de la traición, a pesar de la mentira, sus cuerpos seguían hablándose en un lenguaje de combate que solo ellos entendían.
La tensión entre ellos era una llama que el bombardeo no podía apagar. En mitad del caos, Elena y la IA Valerius quedaron espalda contra espalda, rodeados por las copias híbridas que empezaban a emerger de las cápsulas Alteanas.
—Si salimos de esta —susurró Elena, disparando a un híbrido que intentaba trepar por un árbol caído—, te voy a matar yo misma por ocultarme esto.
—Contaré los segundos hasta que lo intentes, enemiga mía —respondió la IA, con una sonrisa que volvió a ser humana por un instante.
El Giro del Vacío
El Sujeto 00 no se movió para luchar. Se quedó en el centro de la pira, absorbiendo la energía de las explosiones. Su cuerpo de harapos empezó a brillar con una luz verde cegadora.
—Elena... —dijo el Original, y su voz apagó el ruido de la guerra—. No busques el Núcleo Cero. Yo soy el Núcleo Cero. Y tú no has venido a detenerme. Has venido a completarme.
El hombre extendió la mano y, de repente, Elena sintió un tirón irresistible en su propio pecho. Sus pies se despegaron del suelo. No era telequinesis; era atracción magnética de datos. Su esencia estaba siendo reclamada por la fuente.
—¡Suéltala! —rugió la IA Valerius, lanzándose hacia el Original, pero fue repelido por una onda expansiva que lo lanzó contra los restos del búnker.
Elena flotó frente al Sujeto 00. Sus ojos verdes se encontraron. Por un segundo, ella vio todo: la verdadera destrucción de la Tierra, el momento en que el Valerius original perdió a la verdadera Elena en el fuego, y cómo su mente se fracturó para crearla a ella como una forma de pedir perdón.