La realidad sabía a café barato y a traición burocrática.
Elena sintió que el suelo de cristal bio-mecánico se disolvía bajo sus pies, no como una explosión de datos, sino como el desvanecimiento de un proyector cansado. El cielo violeta y la flota de Erebo se convirtieron en paneles de insonorización de color gris perla. La mano de Valerius, que un segundo antes era un ancla de luz dorada, se transformó en una mano humana, sudorosa y temblorosa, conectada a una maraña de electrodos.
—¿Diez minutos? —Elena se arrancó el visor de realidad virtual con una furia que hizo que los cables saltaran como latigazos—. ¡Llevamos mil años ahí dentro, Lyra! ¡Él estaba muriendo! ¡Yo estaba…!
Se detuvo al ver su propio reflejo en el cristal de la cabina. No era la General del Fénix. Era una mujer con ojeras profundas, vestida con un traje sastre arrugado y una placa de identificación que le pesaba más que su propia armadura de obsidiana. En su muñeca derecha, el tatuaje de Arquitectos Media brillaba bajo las luces fluorescentes, un recordatorio cínico de su verdadera misión: desmantelar la adicción psicótica del Sujeto Valerius a la simulación.
Lyra, vestida con el uniforme azul de los técnicos de la planta, ni siquiera levantó la vista de su tableta.
—El tiempo subjetivo es un asco, Elena. Lo sabemos. Pero el presupuesto para vuestra sesión de "Odio Profundo" se ha agotado. El cliente en la fila 4 ha pagado el doble por una fantasía de piratas espaciales. Salid de la cápsula. Ahora.
Elena miró a Valerius. Él estaba sentado en la camilla de al lado, jadeando. Sus ojos, despojados del brillo biónico y la luz de dios, eran simplemente grises, inyectados en sangre y cargados de una confusión que le desgarró el pecho. La tensión emocional entre ellos no se había quedado en la simulación; había cruzado el umbral, transformándose en una rivalidad explosiva de carne y hueso.
—¿Investigadora encubierta? —La voz de Valerius era un susurro roto, despojada de su eco de mando—. ¿Todo fue un informe, Elena? ¿Cada vez que me salvabas, cada vez que me odiabas lo suficiente como para besarme… estabas tomando notas para la central?
—Valerius, escucha… —Elena intentó acercarse, pero la atracción prohibida que sentía por él chocó contra la barrera de su propia culpabilidad.
—¡No me toques! —rugió él, apartándose de un salto. Se puso en pie, tambaleándose sobre sus piernas humanas, que aún recordaban la pesadez de la piedra del capítulo anterior—. Eres peor que Isadora. Ella al menos era un programa. Tú… tú me miraste a los ojos y me prometiste que arderíamos juntos mientras escribías mi diagnóstico de locura.
La Auditoría del Corazón
El pasillo de Arquitectos Media era un laberinto de cristal y acero blanco, lleno de personas que buscaban escapar de un mundo real que ya no ofrecía nada. Elena caminaba detrás de Valerius, ignorando las miradas de los técnicos. La carga emocional era insoportable; se sentía como si le hubieran arrancado la piel y la hubieran dejado expuesta bajo luces de neón.
—¡Valerius, detente! —le gritó, alcanzándolo frente al ascensor—. Sí, mi misión era desmantelarte. Eres el usuario con más horas de inmersión en la historia. Te estabas suicidando en ese bucle de odio con Erebo. ¡Mi trabajo era sacarte de ahí antes de que tu cerebro se friera!
Valerius se giró, acorralándola contra las puertas metálicas del ascensor. Su proximidad era una descarga eléctrica, una violencia contenida que siempre terminaba en un deseo que ambos despreciaban.
—¿Y por eso te acostaste conmigo en la Temporada 12? ¿Por eso lloraste cuando "morí" en el Arca? ¿Era parte del protocolo de desensibilización, Elena?
—No —susurró ella, sus ojos verdes clavados en los de él—. Eso no estaba en el informe. Eso fue el error del sistema. Mi error.
—Tu error es mi vida entera —siseó él, su rostro a milímetros del suyo—. Yo no tengo nada fuera de esa simulación. Mi familia murió en la Gran Sequía, mi casa es un escombro. En el "Romance de Guerra", yo era un General. Aquí… aquí no soy nadie. Y tú me has robado lo único que me hacía sentir importante: mi odio por ti.
Las puertas del ascensor se abrieron, revelando a un hombre con un traje de tres piezas y una sonrisa de tiburón: Dante. Pero este Dante era el CEO de Arquitectos Media, el hombre que firmaba los cheques de Elena.
—Ah, mis dos estrellas favoritas —dijo Dante, saliendo del ascensor—. Elena, excelente trabajo con el Capítulo 43. El pico de dopamina en el Sujeto fue exquisito. Valerius, no te quejes. Has sido el contenido más viral del trimestre. Gracias a ti, nuestras acciones han subido un 15%.
El Contrato de Sangre
Elena sintió que el asco le subía por la garganta. Miró a Valerius y vio que el hombre que una vez fue un dios ahora parecía un animal apaleado.
—Dante, se acabó. Valerius está fuera. El contrato de inmersión ha terminado.
Dante soltó una carcajada gélida.
—Oh, Elena. Tan ingenua. No has leído la letra pequeña de tu propio informe de misión.
Dante le tendió una pantalla táctil. Elena leyó rápidamente, y su rostro palideció hasta volverse traslúcido.
—¿"Sincronización Neural Irreversible"? —leyó ella con voz temblorosa—. ¿Qué significa esto?
—Significa —explicó Dante, mirando a Valerius con una curiosidad científica— que vuestras mentes han pasado tanto tiempo entrelazadas en el modo "Enemigos a Amantes" que vuestros hipocampos se han fusionado. Si los separamos ahora, ambos sufriréis una muerte cerebral en menos de cuarenta y ocho horas. No podéis vivir fuera de la simulación por mucho tiempo, y ciertamente no podéis vivir el uno sin el otro.