Besos que Arden en Guerra

Capítulo 45: El Banquete de los Espectros

La lluvia de mercurio no limpiaba las heridas; las sellaba con un frío industrial que recordaba a Elena que su cuerpo, en este plano, no era más que una arquitectura de datos al servicio de un sádico.

—No parpadees, Elena —la voz de Valerius cortó el aire estancado, vibrando con esa autoridad de General que ella tanto despreciaba y que, al mismo tiempo, hacía que su pulso se acelerara como una descarga eléctrica—. Si lo haces, los Arieles te habrán borrado antes de que vuelvas a abrir los ojos.

Elena apretó la empuñadura de su espada, sintiendo el peso del mercurio resbalar por su armadura de obsidiana. Frente a ellos, el bosque de cristal ya no era un refugio, sino un escenario de pesadilla. Miles de versiones de ella misma, con los ojos vacíos y la mandíbula cuadrada de Ariel, avanzaban en un silencio absoluto, rompiendo las ramas de vidrio con una cadencia militar. En el centro, sentada en un trono que parecía construido con las costillas de servidores antiguos, estaba Isadora. Su madre. La científica. O lo que sea que Dante hubiera programado para que llevara ese rostro.

—Mírala, Valerius —siseó Elena, su rivalidad explosiva con el hombre a su lado manifestándose en la forma en que sus hombros se rozaban, una chispa de estática saltando entre ellos—. Lleva el uniforme de la corporación. Ya ni siquiera fingen que esto es una guerra entre naciones. Es una auditoría de carne.

—Entonces démosles un déficit que no puedan cubrir —respondió Valerius.

Danza de Sangre y Código

El primer Ariel-clon se lanzó con una velocidad que desafiaba la física del juego. Elena giró, un movimiento fluido y letal que había perfeccionado en mil simulaciones previas, y decapitó a la aberración. No hubo sangre; solo una nube de píxeles negros y un sonido como el de un disco duro estrellándose.

La tensión emocional entre los dos protagonistas era un cable de alta tensión a punto de romperse. Mientras luchaban espalda contra espalda, Elena sentía cada movimiento de Valerius. La forma en que él protegía su flanco izquierdo, la manera en que su respiración se sincronizaba con la de ella a pesar del odio que, en el mundo real, acababa de ser reconfirmado por la traición del informe.

—¡Me mentiste, Investigadora! —gritó Valerius mientras atravesaba a dos clones con su mandoble de luz—. ¡Cada suspiro era un dato! ¡Cada beso era un informe para Dante!

—¡Te estaba salvando la vida, maldito idiota engreído! —le devolvió ella, pateando a un clon y disparando su arma de luz a quemarropa—. ¡Estabas muriendo en una cabina de dos por dos! ¡Si no hubiera entrado, hoy serías abono para los servidores de Arquitectos Media!

—¡Prefiero ser abono que un experimento de laboratorio con el corazón roto!

Se detuvieron un segundo, rodeados de cadáveres digitales, jadeando. La atracción prohibida que sentían era un veneno dulce en medio de la carnicería. Valerius la agarró por el brazo, obligándola a mirarlo mientras la lluvia de mercurio les empapaba.

—Dime que nada fue real —desafió él, con los ojos grises brillando con una rabia que ocultaba un dolor insondable—. Dime que cuando me miraste en el Arca y me dijiste que me odiabas, estabas siguiendo el guion de la página 45.

Elena sintió que el mundo se desvanecía. La honestidad era la única arma que no sabía usar.

—El odio era real, Valerius. El resto… el resto es lo que nos está matando.

La Cosecha de Isadora

—¡Basta de melodrama! —la voz de Isadora tronó desde el trono, amplificada por el cielo de carbón—. La audiencia está bajando los niveles de interés. La "Cosecha de Datos" requiere un sacrificio, no una discusión de pareja en el desguace.

Isadora se puso en pie. A su gesto, los árboles de cristal empezaron a emitir una luz cian cegadora. Elena sintió un tirón violento en su nuca. El puerto de interfaz estaba siendo succionado.

—Dante quiere el final, hijos míos —dijo Isadora con una sonrisa gélida—. Solo uno de los dos puede llevarse la clave de la "Sala de los Espejos Rotos". El código de salida está en el núcleo de vuestro vínculo. Para que uno sea libre, el otro debe ser borrado manualmente por su compañero. Es la prueba definitiva de la "Exterminación".

Valerius miró a Elena. Ella vio en su mirada la resolución de un hombre que ya no tiene nada que perder en el mundo de fuera. Él levantó su espada.

—Hazlo, Elena —dijo él, su voz extrañamente suave—. Eres la investigadora. Termina tu informe. Vuelve a tu oficina, tómate ese café barato y olvida que existió un General que te amó más que a su propia libertad.

—No voy a matarte, Valerius —dijo ella, con las lágrimas de mercurio quemándole las mejillas—. No voy a darle a Dante el final que compró.

El Giro del Espejo

Elena no atacó a Valerius. En un movimiento que no estaba en ningún manual de Arquitectos Media, giró su espada y la hundió en el suelo, directamente sobre una de las raíces de cristal que latía con la energía del trono de Isadora.

—¡¿Qué haces?! —chilló Isadora.

—Hackeando el sistema desde dentro —siseó Elena.

Al clavar la espada en la fuente de energía, la realidad empezó a parpadear. El bosque de cristal se convirtió por un segundo en la oficina de Dante, luego en la celda del búnker, y finalmente en un lugar que Elena nunca había visto: una sala blanca, vacía, llena de espejos que no reflejaban sus rostros, sino sus memorias de la infancia.

Vio a Valerius de niño, en un jardín real. Vio a una mujer que se parecía a ella, pero sin cicatrices.




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