La voz de Isadora, filtrada por el altavoz del dron, goteó sobre el callejón como ácido sobre una herida abierta.
Elena no esperó a que la duda la paralizara. El instinto, forjado en mil batallas digitales pero ahora ejecutado por un cuerpo que crujía de dolor real, tomó el mando. Mientras Ariel levantaba el rifle con un gesto crispado, ella se lanzó hacia él, no con la elegancia de una guerrera de luz, sino con la desesperación de un animal que se sabe traicionado.
—¡Elena, espera! —rugió Valerius, pero su brazo mecánico soltó una descarga de estática que lo obligó a hincar la rodilla en el fango aceitoso.
Elena ignoró el grito. Sus dedos, entumecidos por el frío de la Zona Muerta, buscaron el bolsillo izquierdo de la chaqueta raída de Ariel. El hombre forcejeó, el cañón del rifle rozando la barbilla de Elena, pero ella era una ráfaga de odio puro. Sus uñas rasgaron la tela y extrajeron un pequeño disco de cromo que brillaba con una luz cian intermitente: un localizador de Arquitectos Media.
El silencio que siguió fue más pesado que la neblina tóxica.
Ariel bajó el arma, su rostro —el real, el del hombre con el parche— se desmoronó en una máscara de vergüenza.
—No es lo que parece, Elena —susurró Ariel, su voz temblando—. Me obligaron. Tenían a mi familia en las granjas de carne. Si no os entregaba, los borraban.
—¿Cuántas veces más, Ariel? —preguntó Elena, retrocediendo hacia Valerius, quien ya se ponía en pie, su puño de metal rechinando—. ¿Cuántas veces vas a vendernos para salvar tu propio pellejo?
La Carne contra el Metal
La tensión emocional en el callejón era casi eléctrica. Valerius se colocó al lado de Elena, su presencia cálida y sólida siendo el único punto de anclaje en un mundo que acababa de volverse de cartón piedra. La rivalidad explosiva que siempre habían tenido —esa necesidad de ver quién caía primero— se había transformado en una alianza de náufragos.
—Danos una razón para no dejarte aquí para los Recolectores —dijo Valerius, su voz sonando como el hierro golpeando el cemento.
—Porque soy el único que sabe dónde está el Anclaje de Realidad —respondió Ariel, señalando el rascacielos donde la pantalla gigante seguía emitiendo su "Temporada 2"—. Dante no os quiere solo de vuelta. Quiere vuestra muerte biológica en vivo para que el algoritmo alcance el estado de "Mártir Eterno". Si morís aquí, vuestras conciencias se cargarán en la nube de forma permanente. Seréis esclavos digitales para siempre.
—Atracción prohibida al borde del abismo —masculló Elena, mirando a Valerius—. Parece que el destino quiere que sigamos siendo su mejor espectáculo, General.
—Entonces hagamos que el final sea tan caro que Dante no pueda pagarlo —respondió él, y por un microsegundo, su mano de carne apretó la de ella. El contacto, sucio y real, fue más intenso que cualquier beso programado.
El Ascenso al Calvario de Neón
El grupo avanzó por las entrañas de la Zona Muerta. Los drones-fénix sobrevolaban las ruinas, sus focos barriendo las calles como ojos de un dios hambriento. Cada paso le recordaba a Elena su nueva fragilidad: el roce de la ropa sucia contra su piel, el sabor metálico del aire, el dolor punzante en su nuca donde una vez estuvo el puerto.
—¿Por qué me salvaste en la sala blanca, Valerius? —preguntó Elena mientras trepaban por una escalera de incendios oxidada—. Podrías haber dejado que el formateo me borrara. Habrías sido libre.
Valerius se detuvo, su brazo mecánico chirriando bajo el peso de su cuerpo. Se giró hacia ella, sus ojos grises buscando los verdes de ella entre las sombras.
—Porque odiar a una sombra no es divertido, Elena. Necesitaba que fueras de carne y hueso para decirte que, incluso sin el algoritmo forzándome, eres la única persona que hace que este desierto valga la pena.
—No te pongas sentimental, General —respondió ella, aunque su corazón dio un vuelco que no tenía nada que ver con la fatiga—. Guarda esa pasión para cuando tengamos a Dante a tiro.
Llegaron a la azotea del edificio contiguo al rascacielos de Arquitectos Media. Frente a ellos, el cristal y el neón se alzaban como un insulto a la miseria de abajo. En el ático, una figura los esperaba tras un ventanal blindado. No era Dante.
Era Isadora. Pero no era la científica de la simulación. Estaba sentada en una silla de ruedas, conectada a una máquina de soporte vital que recordaba sospechosamente a los tanques de la simulación.
La Verdadera Madre
—Entrad —dijo la voz de Isadora a través de los comunicadores de sus muñecas—. Ariel, tráelos. El tiempo se acaba.
Al entrar en el ático, el lujo era asfixiante. Alfombras blancas, arte abstracto y un silencio que pesaba más que el ruido de la Zona Muerta. Isadora los miró con una mezcla de cansancio y orgullo retorcido.
—Elena... Valerius... —dijo Isadora, su voz biológica siendo apenas un susurro—. No estoy aquí para atraparos. Estoy aquí porque soy la Sujeto 0. La primera que Dante usó para crear a la "Madre de la Guerra".
Elena se acercó, su cuchillo de desguace todavía en la mano.
—¿Y por qué deberíamos confiar en ti ahora?
—Porque el Capítulo 47 no es sobre el escape —reveló Isadora, señalando una serie de cápsulas criogénicas en el fondo de la sala—. Es sobre el Reemplazo. Mirad dentro.
Elena se acercó a la primera cápsula. Al limpiar el escarcha del cristal, sintió que el mundo se detenía.