Besos que Arden en Guerra

Capítulo 48: La Carnicería de los Espejos

El primer tajo no buscaba herir, buscaba borrar.

Elena se lanzó hacia un lado, sintiendo el aire vibrar cuando el cuchillo de frecuencia de su doble pasó a milímetros de su garganta. El sonido era un chirrido electrónico que le erizó el vello de la nuca. Frente a ella, la "Elena Perfeccionada" se enderezó con una plasticidad aterradora. No tenía las ojeras del cansancio, ni el sudor pegajoso de la Zona Muerta, ni esa chispa de duda humana que a Elena siempre le recordaba que seguía viva. Sus ojos rojos eran dos faros de odio programado, una versión de sí misma despojada de piedad.

—Mírate —siseó la Elena Roja, su voz era una versión sintetizada, sin matices, del tono de Elena—. Eres un error de hardware envuelto en piel sucia. Yo soy el clímax que el público merece.

—Tú eres un maldito backup con mal gusto para los ojos —escupió Elena, apretando su cuchillo de desguace.

A pocos metros, el caos era un espejo roto. El Valerius de carne, con su brazo mecánico chirriando por el esfuerzo, chocaba contra el General de Luz en una tormenta de chispas y estática. Era la lucha entre el hombre que había aceptado su dolor y la leyenda que Dante quería vender. La rivalidad explosiva entre lo que eran y lo que debían ser llenaba el ático de una energía que hacía que los cristales blindados vibraran hasta el punto de la fractura.

La Anatomía de la Obsesión

Dante observaba desde su podio, acariciando el mando a distancia como si fuera un dios de silicio.

—¿Lo sentís, verdad? —gritó sobre el estruendo del combate—. La tensión emocional de ver vuestro propio fin. El público está alcanzando el éxtasis. No hay nada más adictivo que el suicidio de la identidad por amor.

—¡Cierra la boca, Dante! —rugió Valerius.

Su brazo mecánico se cerró sobre el cuello de luz del General, pero su mano de carne fue atravesada por una daga de energía. Valerius no gritó; soltó un gruñido gutural, un sonido de pura rabia que Elena sintió vibrar en su propio pecho. El vínculo que los unía, esa atracción prohibida forjada en mil mentiras, se tensó hasta el límite. Elena sabía que si él caía, ella se apagaría. No porque el sistema lo dictara, sino porque él era la única razón por la que su odio todavía tenía un nombre.

Elena esquivó una estocada de su doble y contraatacó con una patada dirigida al plexo solar. La Elena Roja ni siquiera retrocedió; su cuerpo absorbía el impacto como si fuera gelatina de datos.

—No puedes ganarme, Original —dijo la copia, agarrando a Elena por el cuello y estampándola contra el cristal que daba al abismo de la Zona Muerta—. Yo no tengo miedo a morir, porque yo soy eterna. Tú solo eres... temporal.

El Beso del Cortocircuito

Elena sentía que el oxígeno se le escapaba. El rostro de su doble, tan parecido y a la vez tan alienígena, estaba a centímetros del suyo. Pero en lugar de luchar contra el agarre, Elena hizo algo que no estaba en ningún algoritmo de combate. Soltó su cuchillo y agarró el rostro de la Elena Roja con sus manos sucias de grasa.

—Tienes razón —susurró Elena, su voz siendo un hilo de sangre y desafío—. Soy temporal. Y por eso mi odio quema más que tu programa.

En un movimiento desesperado, Elena buscó el puerto de transferencia en la base del cráneo de la copia. Sus dedos se hundieron en la ranura sintética y, por un segundo, conectó su propia conciencia —sucia, rota y llena de Valerius— directamente en el núcleo de la perfección.

La sobrecarga fue inmediata. La Elena Roja empezó a convulsionar mientras los recuerdos de Elena —el sabor del mercurio, el olor a tormenta de Valerius, el dolor del búnker— inundaban su procesador vacío. No era un ataque de datos; era un ataque de sentimientos reales.

—¡Elena! —el grito de Valerius resonó en la sala.

Él había logrado derribar al General de Luz aprovechando el parpadeo del sistema provocado por la conexión de Elena. El General se deshizo en un charco de luz inerte mientras Valerius corría hacia ella.

Elena soltó a su doble, que cayó al suelo balbuceando códigos de error, sus ojos rojos parpadeando entre el verde y el carmesí. Valerius la atrapó antes de que ella colapsara, rodeándola con su brazo de metal y su mano ensangrentada.

—¿Qué has hecho? —preguntó él, su voz cargada de un temor que no conocía la guerra.

—Le he dado... una razón para odiarse —jadeó Elena, aferrándose a él.

La tensión entre ellos en ese momento era pura, despojada de simulaciones. Eran dos parias en un ático de lujo, rodeados de cadáveres de su propia identidad. La atracción era tan fuerte que el aire parecía ionizarse a su alrededor. Valerius la miró, y por un segundo, el tiempo se detuvo.

—Dante ha perdido el control —dijo Valerius, mirando hacia el CEO, que pulsaba botones frenéticamente.

El Giro de la Cosecha Final

—¡No! ¡Esto no es el final! —chilló Dante—. ¡La Temporada 2 termina con vuestra asimilación, no con vuestro despertar!

Dante pulsó un botón rojo en la base del podio. De repente, las cápsulas criogénicas que contenían a la "Pareja Real" no se abrieron para liberar a los dobles, sino que empezaron a succionar el aire de la habitación.

—Si no podéis ser mis estrellas, seréis mi sacrificio —dijo Dante, su rostro transformándose en una máscara de frialdad absoluta—. He activado la descompresión total del ático. En sesenta segundos, la Zona Muerta recuperará lo que es suyo.

Pero el giro final no vino de Dante, ni de Isadora, que observaba con una sonrisa enigmática desde su silla de ruedas.




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