El aire en el ático de Arquitectos Media se volvió irrespirable, no por la descompresión, sino por el peso de una verdad que llevaba mil años madurando en la oscuridad.
—¿Dante es... tu hermano? —La voz de Elena fue apenas un susurro que se perdió entre las alarmas de emergencia y el crujido del cristal blindado.
Valerius se quedó paralizado, su brazo mecánico soltando pequeñas chispas azules que iluminaban su rostro desencajado. Sus ojos grises estaban fijos en la pantalla de seguridad, en ese niño atrapado en un capullo de carne y cables en el sótano de una casa que debería haber sido ceniza. El General, el hombre que había desafiado imperios y borrado simulaciones, parecía de repente un niño perdido frente a un incendio que nunca pudo apagar.
—Julian... —el nombre escapó de los labios de Valerius como una herida que se abre—. Su nombre era Julian. No lo mató el fuego de Altea. Lo mató mi soberbia.
—¡Valerius, muévete! —rugió Elena, agarrándolo por la pechera de su uniforme raído. El edificio entero tembló cuando la Elena Roja se inmoló contra la consola central—. Si no bajamos ahora a ese sótano, Dante —o Julian, o como se llame ese demonio— activará la purga biológica y no quedará nada de la Zona Muerta. ¡Ni de nosotros!
La rivalidad explosiva que siempre los había mantenido a un centímetro del asesinato se transformó en una desesperación compartida. Elena no lo estaba salvando por heroísmo; lo estaba salvando porque el odio que sentía por él era la única cosa que la mantenía anclada a la realidad. Si Valerius se rompía ahora, ella se disolvería en la nada.
El Descenso al Infierno de la Infancia
Corrieron hacia los ascensores de servicio, ignorando a los drones-fénix que estallaban contra las paredes del edificio. La atracción prohibida entre ellos, ese magnetismo que los empujaba a buscarse incluso en medio del Apocalipsis, era una cuerda tensa que los arrastraba hacia el subsuelo de la ciudad.
—Me odias más ahora, ¿verdad? —preguntó Valerius mientras descendían a toda velocidad, su voz cargada de un cinismo defensivo—. Ahora que sabes que toda esta guerra, todos los besos que nos dimos y toda la sangre que derramamos fue solo el escenario de un trauma familiar.
—Te odio porque siempre encuentras una forma de ser el centro de la tragedia, General —respondió Elena, revisando su cuchillo de desguace—. Te odio porque mi existencia es un daño colateral de tu pasado. Pero sobre todo, te odio porque no puedo dejarte ir solo a ese sótano.
Llegaron al nivel inferior. Las puertas se abrieron a una oscuridad que olía a humedad, moho y a una nostalgia enfermiza. No era el acero frío de la corporación. Era tierra. Tierra real. Dante había construido su imperio de cristal sobre la réplica exacta de la aldea donde Valerius nació.
Caminaron por las calles desiertas de una Altea reconstruida en las sombras. Cada casa era un recordatorio: el columpio roto, la taberna donde se gestó la primera rebelión, el olor a pan quemado. La tensión emocional era una prensa hidráulica que les aplastaba el pecho.
—Allí —señaló Valerius hacia una casa pequeña al final del sendero—. El número 12. Donde empezó el fin del mundo.
La Habitación del Niño Dios
Entraron en la casa. Los muebles estaban cubiertos de sábanas blancas, como fantasmas esperando ser despertados. En el centro del salón, una trampilla conducía al sótano. Bajaron los escalones de madera que crujían bajo el peso de sus botas.
Lo que encontraron abajo no era un centro de mando. Era una guardería de pesadilla. Miles de pantallas proyectaban cada una de las 48 temporadas de su historia, un bucle infinito de romance y guerra. Y en el centro, la cápsula dorada.
Dante —el niño de diez años— no dormía. Tenía los ojos abiertos, de un azul eléctrico, y miraba directamente a Valerius a través del líquido amniótico.
—"Has tardado mucho, hermano mayor" —la voz de Dante no venía de la cápsula, sino de los altavoces ocultos en las paredes, sonando infantil y distorsionada—. "Me prometiste que me protegerías. Me prometiste que el Fénix nunca quemaría nuestro hogar. Pero me dejaste en las brasas para irte con ella."
Dante señaló a Elena con un dedo minúsculo y deforme dentro de la cápsula.
—"Ella es la razón de mi dolor. Por eso la creé. Quería que la amaras y que ella te destruyera una y otra vez. Quería que supieras lo que se siente al ser traicionado por la persona que más adoras."
—Julian, detente —pidió Valerius, su brazo mecánico cayendo inerte a su costado—. Ya ganaste. El mundo es tu simulacro. Déjala ir a ella. Borra mi memoria, úsame de procesador, pero déjala salir de la Zona Muerta.
Elena sintió una punzada de furia y deseo que la dejó sin aliento.
—¡No te atrevas a negociar mi libertad con tu culpa, Valerius! —gritó ella, avanzando hacia la cápsula—. ¡Dante, Julian, o quien seas! Esta "historia de amor" no te pertenece. No somos tus juguetes.
—"Oh, Elena... ¿todavía crees que eres libre?" —Dante rió, y el sonido fue un chirrido que hizo que Elena cayera de rodillas—. "Mira tu nuca. Mira la cicatriz que creíste que era un puerto borrado."
El Giro de la Última Transmisión
Elena se tocó la parte posterior del cuello. La piel estaba caliente, latiendo con una vibración que no era humana. Valerius se acercó a ella, sus manos temblorosas apartando su cabello.
Lo que vio lo hizo retroceder hasta chocar con la pared.
En la nuca de Elena no había una cicatriz. Había un contador digital, idéntico al de la sala blanca, pero este no marcaba el tiempo de formateo. Marcaba un número de espectadores.