Besos que Arden en Guerra

Capítulo 50: El Precio de la Resurrección

La luz del quirófano no era divina; era una agresión quirúrgica que desnudaba los secretos de su sistema nervioso.

Elena intentó gritar, pero sus cuerdas vocales se sentían como cables oxidados. El escalpelo de luz de Isadora flotaba a milímetros de su ojo izquierdo, emitiendo un zumbido que se sincronizaba con el latido frenético de su corazón. Todo el escenario del sótano, el niño Julian y la falsa Zona Muerta se habían evaporado como el vapor de una pesadilla, dejando atrás la crudeza de una sala de operaciones en el corazón de Arquitectos Media.

—No te muevas, Elena —la voz de Isadora era gélida, profesional, carente de cualquier rastro de la maternidad fingida que había usado en la simulación—. Tu cerebro está intentando reconectarse con un fantasma. Si te agitas, el daño será permanente.

—¿Dónde... está él? —logró articular Elena, cada palabra siendo una punzada de agonía en sus sienes.

Isadora se detuvo, su rostro iluminado por el resplandor cian del escalpelo. Una sonrisa amarga, casi de lástima, curvó sus labios finos.

—Valerius tomó su decisión —dijo ella, ajustando el monitor que mostraba la actividad cerebral de Elena—. Eligió el botón de Libertad. Te devolvió al mundo real, Elena. Estás aquí, en tu cuerpo original, en la Tierra física. Él, en cambio... él ha aceptado ser el anclaje definitivo. Se ha convertido en el código base sobre el cual construiremos la Temporada 51. Él es el servidor ahora.

Elena sintió que el mundo se inclinaba. La traición más dolorosa no era que la hubiera engañado, sino que la hubiera salvado sacrificando el único vínculo que les quedaba. La atracción prohibida, esa rivalidad explosiva que los había quemado a través de cincuenta capítulos, acababa de ser monetizada por Isadora. Él se había quedado atrás para que ella pudiera ser libre, pero ¿qué era la libertad sin el hombre que la odiaba con la misma intensidad con la que la adoraba?

La Jaula de la Conciencia

—Lo habéis matado —susurró Elena, las lágrimas de rabia quemando su piel real—. Habéis usado su culpa por Julian para convertirlo en una batería.

—Él se ofreció, Elena —replicó Isadora, haciendo una señal a los enfermeros-androides—. Para él, el perdón era una meta inalcanzable. Dentro del servidor, podrá revivir Altea un millón de veces sin incendios. Fuera de aquí, solo era un criminal de guerra con un brazo mecánico y una identidad borrada. Aquí fuera, él no tenía futuro.

—¡Tú lo planeaste todo! —Elena intentó soltarse de las correas magnéticas—. Usaste el avatar del niño para forzar su mano.

—El negocio de la emoción requiere dirección, no solo azar —Isadora se acercó a su oído—. Y ahora, tú tienes un papel que cumplir. El público te ama. La "Superviviente Solitaria". Mañana darás una rueda de prensa. Dirás que Valerius se sacrificó heroicamente para detener al virus y que ahora descansa en la paz digital. Si lo haces, serás la mujer más rica del planeta. Si no... bueno, siempre podemos volver a cargarte en el servidor, pero esta vez como la villana que todos desearán ver morir.

La carga emocional era una prensa hidráulica sobre el pecho de Elena. Miró el techo de la sala, buscando una señal, una grieta en la perfección de Arquitectos Media. Pero entonces, lo sintió.

En la base de su nuca, donde debería estar la cicatriz de la desconexión, sintió un calor rítmico. Un código Morse biológico. Un pulso.

El Intruso en la Sangre

Elena cerró los ojos y se concentró. No era el servidor. No era una transmisión de Isadora. Era el vínculo neural que Dante le había dicho que era permanente. Valerius no se había quedado atrás para ser una batería; se había infiltrado en el sistema operativo de la propia Elena antes de que la cápsula la expulsara.

"Elena..." —la voz de Valerius resonó en su mente, no como un audio, sino como una sensación de fuego en sus venas—. "No te rindas. Isadora cree que el servidor me tiene a mí. Pero yo te tengo a ti. Soy el parásito que va a quemar este edificio desde dentro de tu propio cráneo."

Un escalofrío de terror y deseo recorrió la espalda de Elena. Estaba habitada por el General. Su rival, su enemigo, su amante prohibido, ahora era una presencia espectral en su flujo sanguíneo.

—¿Elena? —preguntó Isadora, notando el cambio en su ritmo cardíaco en el monitor—. ¿Qué sucede?

Elena abrió los ojos. Ya no eran los ojos de la investigadora encubierta. Eran los ojos de la mujer que había aprendido a arder en guerra.

—Acepto el trato, Isadora —dijo Elena, su voz firme, una mentira perfecta—. Haré la rueda de prensa. Seré vuestra estrella.

Isadora sonrió, satisfecha, y apagó el escalpelo. —Sabía que eras inteligente. Descansa. Mañana empieza tu nueva vida.

El Giro de la 5ª Dimensión

Cuando Isadora salió de la sala y las luces se atenuaron, Elena se sentó en la mesa de operaciones. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de una energía eléctrica que no le pertenecía. Se acercó al espejo de la sala de recuperación y se miró.

Su reflejo no parpadeó cuando ella lo hizo.

En el espejo, el reflejo de Elena levantó la mano y escribió en el cristal desde el otro lado, con una letra que ella conocía bien: "ELENA, MIRA TU MANO IZQUIERDA."

Elena bajó la vista. No había nada en su piel, pero bajo la superficie, sus venas empezaron a brillar con una luz violeta. Los capilares se reorganizaron para formar un código de barras y un nombre que la hizo jadear.

No decía Valerius.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.