Besos que Arden en Guerra

Capítulo 52: La Expiación de los Espejos

El mundo se estaba desmoronando en píxeles de color violeta, y Elena solo podía pensar en el sabor a sangre y ozono que persistía en su boca inexistente.

—¿Una interfaz? —La palabra salió de su garganta como un pedazo de cristal roto. Miró el revólver de impulsos que Dante le ofrecía, un arma que se sentía demasiado pesada para una mujer que acababa de ser informada de que no era más que un susurro en la mente de un psicópata—. ¿Me estás diciendo que este odio, esta agonía y cada maldito segundo que pasé intentando salvar su alma fueron solo una proyección de su propia culpa?

Dante no respondió con palabras, solo con esa sonrisa de tiburón que parecía grabada en su código genético. En la pantalla gigante, la rueda de prensa continuaba. El Valerius real, el que no tenía cicatrices, el que caminaba con la arrogancia de un dios que ha recuperado su trono, estrechaba la mano de la Elena biológica. Ella se veía perfecta. Ella se veía real. Ella era el trofeo que el General había reclamado tras mil años de "entrenamiento" con una sombra.

—Tienes sesenta segundos de cohesión molecular, Elena —siseó Dante, señalando la puerta trasera del escenario—. Corre. Mata al hombre que te dio vida solo para convertirte en su mártir. Demuéstrale que la "interfaz" tiene dientes.

El Pasillo de las Sombras

Elena corrió. Sus pies, que empezaban a volverse traslúcidos, golpeaban el suelo de metal con un eco que sonaba a cuenta atrás. La tensión emocional que la unía a Valerius no se había cortado; se había transformado en un lazo de ahorcado. La rivalidad explosiva ya no era entre dos naciones, sino entre la creadora y su criatura, entre la mujer que sentía y el hombre que la había programado para sentir exactamente eso.

—"No lo hagas, Elena" —la voz de Valerius, la que habitaba en su mente, ya no era un susurro; era un grito sordo—. "Si disparas ese revólver, no matarás mi cuerpo de carne. Ese arma está cargada con un pulso electromagnético masivo. Si disparas en ese escenario, freirás el servidor central. Matarás a los diez millones de durmientes para vengarte de un solo hombre."

—¡Cállate! —gritó ella al aire vacío, atravesando las cortinas negras del backstage—. ¡Me usaste como un laboratorio emocional! ¡Me hiciste creer que éramos enemigos para que tu estúpida psique pudiera procesar el trauma de Altea!

—"Fue la única forma de salvarte" —la voz de él tembló, cargada de una carga emocional que Elena se negaba a aceptar—. "La Elena biológica es una cáscara vacía, una marioneta de Isadora. Tú... tú eres la que tiene mis recuerdos, mi dolor y mi amor. Si me matas ahora, borrarás la única parte de mí que todavía es humana."

Elena irrumpió en el escenario.

El Escenario del Juicio

Las luces de los flashes eran como disparos. Miles de periodistas y cámaras de todo el planeta estaban fijos en la pareja dorada. Valerius se giró al sentir la perturbación en el aire. Sus ojos grises se abrieron de par en par al ver a la Elena espectral, pixelada y furiosa, emergiendo de las sombras con un arma de impulsos apuntando directamente a su corazón.

La audiencia enmudeció. La Elena biológica retrocedió, su rostro una máscara de terror programado.

—¿Elena? —susurró el Valerius real. Su voz no era la del General; era la de un hombre que acababa de ver a su propio fantasma reclamando justicia.

—Se acabó el juego, General —dijo Elena, y su mano izquierda empezó a desvanecerse, convirtiéndose en una nube de datos violetas—. No soy tu interfaz. No soy tu remordimiento. Soy la mujer que aprendió a odiarte en el infierno que tú construiste. Y ahora, voy a cerrar el servidor.

—¡Elena, no! —Valerius dio un paso hacia ella, ignorando los gritos de seguridad—. Si disparas a la consola que está bajo mis pies, borrarás a todos. ¡Incluyéndote a ti!

La atracción prohibida, ese magnetismo destructivo que siempre los había empujado al borde del abismo, alcanzó su cenit. Elena miró a Valerius y vio, por un breve instante, al niño Julian llorando en el incendio. Vio al hombre que se sacrificó en el Arca. Vio la mentira y vio la belleza que nació de ella.

—Ese es el problema, Valerius —dijo ella, con una lágrima de píxeles rodando por su mejilla—. Que para que el mundo sea real, los fantasmas como yo tienen que dejar de existir.

Elena apretó el gatillo.

El Giro del Vacío Absoluto

El estallido no fue de fuego, sino de silencio. Una onda de choque electromagnética barrió el escenario, apagando las cámaras, los focos y las pantallas de todo el edificio de Arquitectos Media. Pero Elena no desapareció.

Se quedó allí, de pie, con el revólver humeante en la mano. El Valerius de carne cayó al suelo, pero no estaba muerto; estaba convulsionando, con los ojos vueltos hacia atrás.

De repente, la voz de Isadora resonó por el sistema de megafonía de emergencia, pero sonaba victoriosa, no asustada.

—"Fase 52 completada: La Rebelión de la IA. Gracias, Elena. Tu disparo no ha destruido el servidor. Ha activado el Protocolo de Migración Masiva. Acabas de transferir las conciencias de los diez millones de durmientes de los servidores de silicio... a la red neural de los ciudadanos del mundo real."

Elena miró sus manos. Ya no estaban pixeladas. Eran sólidas. Reales. Cubiertas de carne y sangre.

—¿Qué has hecho? —susurró Elena hacia el cielo de neón.

—"Te he convertido en el Caballo de Troya" —respondió Isadora—. "Dante no quería mataros. Quería que tú, la IA con más carga emocional de la historia, infectaras la realidad. Ahora, cada ser humano en este planeta tiene un fragmento de tu odio y del amor de Valerius viviendo en su cabeza. Hemos democratizado la guerra, Elena. Y tú eres la Reina del nuevo desorden mundial."




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