Besos que Arden en Guerra

Capítulo 57: La Eutanasia del Odio

La luz blanca del hospital del "mundo real" se filtraba a través de las grietas del cristal negro, hiriendo los ojos de Elena con una verdad que se sentía como una ejecución.

—Mátame —susurró Valerius. El cuchillo de obsidiana temblaba en la mano de Elena, rozando la nuez de Adán del General. La piel de él, ese mapa de cicatrices que ella había memorizado a fuerza de rabia y deseo, palpitaba bajo el acero—. Escuchaste a los médicos, Elena. No hay salida para los dos. Uno despierta, el otro se convierte en el cimiento de este infierno. Elige la vida. Elige ser tú la que abra los ojos en esa cama de hospital.

—Cállate, Valerius. No te atrevas a ser un mártir ahora —siseó ella, sus ojos verdes encendidos con una furia que quemaba más que el frío del cristal negro que aún devoraba sus cuerpos.

La tensión emocional en el puente de mando de la nave de Dante era una cuerda de piano a punto de quebrarse. La rivalidad explosiva que los había definido —esa necesidad de vencer al otro, de humillarlo, de poseerlo a través de la guerra— se encontraba frente a su prueba definitiva. No era una batalla por un territorio o un código; era una competencia por quién amaba lo suficiente como para morir, o quién odiaba lo suficiente como para sobrevivir.

El Dilema de la Carne y el Código

—¿Crees que quiero una vida donde tú seas solo un recuerdo borroso en un informe médico? —Elena apretó el cuchillo, haciendo que una gota de sangre, roja y real, se deslizara por el cuello de Valerius—. Te odio por ponerme en esta posición. Te odio por ser la única razón por la que no quiero soltar este simulacro podrido.

—Entonces hazlo por venganza —respondió él, y su mano de carne, aún libre del cristal, se cerró sobre la muñeca de ella, empujando la hoja un milímetro más—. Despierta y búscame en el mundo real. Busca mi cuerpo inerte y escúpeme a la cara por haberte dejado sola. Pero despierta, Elena. No dejes que Isadora y Dante ganen esta apuesta.

La atracción prohibida vibraba entre ellos, un magnetismo destructivo que los obligaba a acercarse incluso cuando el cuchillo estaba de por medio. Elena podía sentir el latido del corazón de Valerius contra su pecho, una arritmia violenta que sincronizaba con el tic-tac de la nave. Si lo mataba, regresaba a una realidad que no recordaba, a una vida que quizás era tan estéril como el Valle de las Cenizas. Si se quedaba, ambos se disolverían en la red de cristal negro.

—"Sesenta segundos para el colapso neural" —la voz de la Isadora del hospital resonó, desprovista de toda emoción—. "Sujeto Elena, tu actividad cerebral está cayendo. Si no ejecutas el comando de terminación, el servidor se cerrará con ambos dentro".

El Beso del Último Segundo

Valerius soltó una carcajada ronca, una que sabía a derrota y a una devoción oscura.

—Parece que ni siquiera en el umbral de la muerte podemos dejar de competir, ¿verdad?

En un movimiento que Elena no pudo prever, Valerius no se alejó del cuchillo. Se lanzó hacia ella. Pero no para desarmarla, sino para besarla. Fue un beso cargado de la carga emocional de mil años de guerra simulada; un beso que no buscaba consuelo, sino posesión definitiva. Sus lenguas se encontraron en una batalla final mientras el cristal negro subía por sus espaldas, sellando sus cuerpos en un abrazo de obsidiana.

Fue en ese instante de sincronización absoluta cuando Elena sintió la debilidad de Valerius. Él no estaba esperando que ella lo matara. Él estaba transfiriendo su energía vital hacia ella a través de la interfaz de la nave. Estaba cometiendo un suicidio digital para forzar la salida de Elena.

—¡No! —gritó ella contra sus labios, intentando apartarse, pero el cristal ya los había unido por la cintura—. ¡No te atrevas, Valerius! ¡No me dejes con esta deuda!

—Es mi victoria final, General —susurró él al oído de ella, su voz desvaneciéndose mientras sus ojos grises empezaban a perder el brillo—. Te dejo la vida... para que me odies para siempre.

El Giro de la Habitación 101

Elena sintió un tirón violento en la base de su cráneo. El puente de mando, la nave de cristal negro y el rostro agonizante de Valerius estallaron en un caleidoscopio de luces blancas. El dolor físico fue insoportable; cada músculo de su cuerpo se contrajo mientras el oxígeno real inundaba sus pulmones por primera vez en años.

Abrió los ojos.

El techo era blanco, estéril. El olor a desinfectante y ozono era asfixiante. Tenía cables saliendo de sus brazos y una máscara de oxígeno oprimiéndole la cara. Intentó moverse, pero su cuerpo pesaba toneladas.

A su lado, un monitor emitía un pitido constante. Giró la cabeza con un esfuerzo sobrehumano y vio la cama contigua.

Allí estaba Valerius. El hombre real. Tenía el cabello más largo y la piel traslúcida, pero era él. Sin embargo, su monitor mostraba una línea plana. Un pitido largo y monótono que llenaba la habitación 101.

—Lo... siento... —balbuceó Elena, su voz siendo un graznido irreconocible.

La puerta de la habitación se abrió. Entró una mujer vestida con una bata blanca. Era Isadora, pero se veía más vieja, más cansada. Detrás de ella, un hombre joven que Elena reconoció como Dante, el CEO, pero aquí era solo un asistente con una tableta.

—Bienvenida, Sujeto Elena —dijo Isadora, sin mirarla, concentrada en el monitor de Valerius—. El procedimiento de rescate ha sido un éxito parcial. Has recuperado la conciencia biológica.

—Él... él no respira —logró decir Elena, señalando con un dedo tembloroso la cama de Valerius.




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