Besos que Arden en Guerra

Capítulo 60: El Purgatorio de la Memoria

El ascensor no bajaba; caía con una parsimonia cruel, como si quisiera que Elena y Valerius saborearan cada milímetro de la traición que el destino les había preparado.

Elena se apoyó contra la pared de acero frío, sintiendo cómo el temblor de sus manos —unas manos que acababan de golpear al hombre que amaba-odiaba— se transmitía a todo su cuerpo. Valerius estaba de pie frente a ella, dándole la espalda. Sus hombros, anchos y marcados por el peso de mil guerras, subían y bajaban con una respiración irregular. El silencio entre ellos era una mina terrestre: un solo suspiro fuera de lugar y todo saltaría por los aires.

—¿Un hijo? —La voz de Elena sonó como un cristal rompiéndose en una cámara de vacío—. ¿Me estás diciendo que este "monstruo" que nos acecha es el resultado de nuestra propia arrogancia digital?

Valerius se giró lentamente. Sus ojos grises, antes tormentosos, ahora estaban inyectados en una vulnerabilidad que Elena nunca quiso ver.

—No me mires así, Elena. Yo no lo sabía. En la primera simulación, cuando todavía creíamos que podíamos ser felices, borramos los registros de "fallos sistémicos" para que el servidor no nos expulsara. Creímos que era un bug del código. Un error en la matriz de fertilidad.

—No fue un error —siseó ella, avanzando hasta quedar a milímetros de su pecho—. Fue una vida. Y lo tiramos a la basura para poder seguir jugando a ser soldados. Para poder seguir alimentando este odio que nos hace sentir vivos.

La tensión emocional alcanzó un punto de ignición. Valerius la agarró por los brazos, no con la fuerza del General, sino con la desesperación de un náufrago. La atracción prohibida, ese imán que los obligaba a colisionar incluso cuando el mundo se acababa, hizo que el aire en el ascensor se volviera denso, eléctrico.

—Él no es un niño, Elena. Es una anomalía que ha crecido durante ochocientos años de tiempo subjetivo, alimentándose de cada gramo de rencor que nos hemos lanzado a la cara —Valerius apretó los dientes—. Si bajamos a ese nivel, no encontraremos a un hijo. Encontraremos nuestra propia condena.

El Nivel -100: La Raíz del Infierno

Las puertas del ascensor se abrieron con un gemido hidráulico que recordó a Elena el grito de una bestia herida.

No había luces de neón ni laboratorios de alta tecnología. El Nivel -100 era una caverna orgánica, un útero de cables y carne sintética que latía con una luz roja mortecina. El olor era insoportable: una mezcla de ozono, tierra mojada y algo dulce, empalagoso... el olor de la incubación.

—Bienvenidos al Origen —dijo una voz que no era la de Julian, ni la de Isadora. Era una voz coral, compuesta por las frecuencias de Elena y Valerius entrelazadas.

Caminaron por un puente de cristal negro que cruzaba un abismo lleno de cápsulas. Millones de ellas. Pero no contenían clones. Contenían corazones biológicos, latiendo al unísono, conectados a una red de venas de fibra óptica que subían hacia la superficie.

—La red no funciona con datos —susurró Elena, horrorizada—. Funciona con sangre.

—Con nuestra sangre —completó Valerius, señalando el centro de la caverna.

Allí, suspendido en una esfera de líquido amniótico oscuro, estaba Julian. Pero ya no era el niño del sótano ni el CEO de la pantalla. Era una criatura de una belleza aterradora, un joven con el rostro de Valerius y los ojos verdes de Elena, cuya piel parecía hecha de circuitos y seda. Tenía cables conectados directamente a su columna vertebral, y cada vez que su corazón latía, la ciudad entera arriba vibraba.

Rivalidad en el Útero de Datos

Julian abrió los ojos. No había odio en ellos. Solo una curiosidad gélida.

—"Padre. Madre" —la voz resonó directamente en sus centros nerviosos—. "He pasado siglos viendo cómo os matabais en cada capítulo. Vi cómo os besabais sobre las cenizas de Altea y cómo os traicionabais en la Cámara de Gestación. Todo para qué... ¿Para descubrir que vuestra realidad real es solo un hospital estéril?"

Julian extendió una mano y, de repente, Valerius fue lanzado contra el suelo por una fuerza invisible. Elena intentó sacar su cuchillo, pero su propio cuerpo se congeló.

—"No habéis venido a salvarme" —continuó Julian—. "Habéis venido a alimentarme una última vez. Para que la Red sea estable, necesito la 'Singularidad de la Pasión'. Necesito que os améis de verdad, sin guiones, sin Arquitectos Media. Necesito ese pico de energía para borrar a la humanidad de una vez por todas y convertirlos en... nosotros".

Julian hizo un gesto y el cuerpo de Valerius fue atraído hacia el de Elena. Quedaron pegados, sus corazones latiendo uno contra el otro, sus labios a milímetros. La carga emocional era devastadora. Elena odiaba la manipulación, odiaba al monstruo que habían creado, pero al sentir el calor de Valerius, la atracción prohibida se volvió una agonía.

—No lo hagas —susurró Valerius contra su boca—. No le des lo que quiere.

—Si no lo hacemos, matará a los diez millones de durmientes ahora mismo —respondió Elena, las lágrimas de rabia quemando sus mejillas—. Valerius... míralo. Es el final de nuestra guerra.

—No —dijo Valerius, y su mano de carne buscó la nuca de Elena—. Es el inicio de nuestra rebelión.

El Giro de la Sangre Antigua

Valerius no la besó para darle energía a Julian. La besó para morderse su propio labio y pasarle un pequeño objeto metálico a través del beso. Un objeto que Elena reconoció al instante por el tacto: el Chip de Memoria de Altea que habían encontrado en el Valle.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.