Besos que Arden en Guerra

Capítulo 61: El Oxígeno de la Mentira

El vacío no era silencio; era un rugido que succionaba el alma a través de los poros de la piel.

Elena sintió que sus pulmones se colapsaban cuando la atmósfera de la Estación Espacial "Tierra Prometida" empezó a silbar hacia las estrellas. El líquido amniótico de la esfera de Julian, ahora convertido en un veneno helado, se evaporaba instantáneamente, dejando cristales de escarcha sobre sus mejillas. Frente a ella, Valerius se aferraba a una tubería de fibra óptica con una mano de carne que se tornaba azul por la cianosis. El letrero que marcaba el año 3026 bailaba en su visión periférica como una burla final: mil años de guerra, mil años de besos y cicatrices, y todo había sido una distracción para no mirar al abismo exterior.

—¡Sujétate! —rugió Valerius. El sonido apenas llegó a los oídos de Elena, ahogado por la descompresión.

Él la atrapó por la cintura, anclándola contra su pecho con una fuerza que le recordó que, incluso en el fin del mundo, su rivalidad explosiva era lo único que tenía peso. La atracción prohibida que los había consumido era ahora su único lastre contra la nada. Elena hundió los dedos en el uniforme de él, odiando la calidez de su cuerpo porque la hacía desear una supervivencia que parecía estadísticamente imposible.

—¿Mil años? —logró gritar Elena, su voz siendo un graznido ahogado—. ¡Me hiciste vivir mil años de mentiras en una caja de metal!

—¡Yo también estaba en la caja, Elena! —le devolvió él, sus ojos grises fijos en una escotilla de emergencia que se cerraba lentamente a diez metros de distancia—. ¡Si vamos a morir por la verdad, al menos asegúrate de que sea con los ojos abiertos!

La Danza de la Asfixia

La plataforma donde Julian había sido gestado empezó a inclinarse hacia la brecha del casco. Elena y Valerius se deslizaron por el metal pulido, una pareja de náufragos encadenados por un pasado que acababa de ser reescrito. Cada roce de sus cuerpos enviaba una descarga de adrenalina que luchaba contra el entumecimiento del frío espacial.

—¡La escotilla! —Elena señaló la válvula manual.

Valerius la impulsó hacia adelante, usando su propio impulso para lanzarla hacia la zona segura. Elena aterrizó con un golpe seco que le robó el poco aire que le quedaba, pero sus dedos, entrenados en mil simulaciones de sabotaje, encontraron el volante de cierre. Con un grito de puro rencor contra el universo, giró el metal.

El estruendo del cierre hidráulico selló el vacío. El aire, denso y con sabor a metal reciclado, inundó el pasillo de emergencia.

Elena se desplomó contra la pared, jadeando, mientras Valerius caía a su lado. Se miraron a través de la neblina del aire recuperado. La carga emocional era tan pesada que el suelo de la estación parecía ceder. Ella levantó la mano y, sin pensarlo, le propinó una bofetada que resonó en todo el corredor.

—Eso por el 2026 —siseó ella, las lágrimas de rabia finalmente escapando—. Eso por hacerme creer que había un hospital, una Isadora real y un sol que no era una lámpara de led.

Valerius no se inmutó. Se limitó a saborear el rastro de sangre en su labio, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de Elena diera un vuelco traicionero.

—¿Y qué querías, General? ¿Que te dijera que somos los últimos parásitos en una lata de conservas que flota hacia el olvido? La mentira era lo único que nos mantenía cuerdos. El odio por mí era lo único que te hacía despertar cada mañana.

—¡Te odio porque tenías razón! —gritó ella, agarrándolo por las solapas y acercándolo hasta que sus alientos se mezclaron—. Te odio porque incluso aquí, en este cementerio espacial, sigo queriendo que seas tú el que me diga que todo va a estar bien.

El Despertar del Espectador

La tensión emocional se transformó en una necesidad física. Valerius la rodeó con sus brazos, aplastándola contra él en un beso que sabía a desesperación y a la amargura de la verdad. No era un beso de amantes; era el choque de dos enemigos que se reconocían como los únicos testigos de un crimen milenario. La atracción prohibida ardía entre ellos, una llama en una habitación sin oxígeno.

Pero la estación no estaba muerta.

Una luz ámbar empezó a parpadear en el techo. No era una alarma de emergencia. Era un indicador de grabación.

—"Capítulo 61: El Despertar de los Actores" —una voz suave, culta y aterradoramente familiar resonó por el intercomunicador—. "Felicidades, Sujetos. Habéis roto la cuarta pared del tiempo. El público en la Tierra Nueva está entusiasmado. Los niveles de dopamina han superado todas las expectativas".

Elena y Valerius se separaron bruscamente. Elena buscó su cuchillo de desguace, pero su cinturón estaba vacío.

—¿Tierra Nueva? —preguntó Valerius, su voz recuperando la frialdad del mando—. ¿Quién eres?

—"Soy el que apagó la luz, Valerius" —la voz rió suavemente—. "Soy el que diseñó el bucle para que nunca tuvierais que enfrentaros a la extinción. Pero habéis sido tan... eficientes en vuestro odio, que habéis agotado el servidor. Mirad por la pantalla del corredor B".

Caminaron hacia la ventana reforzada. Lo que vieron no era el vacío del espacio profundo.

La Estación "Tierra Prometida" no estaba sola. Estaba orbitando un planeta exuberante, verde y azul, una joya que brillaba con una luz que no era de led. Era una Tierra perfecta, reconstruida, viva.

—Está... está ahí —susurró Elena, su mano temblando sobre el cristal—. Siempre estuvo ahí. ¿Por qué no nos dejaron bajar?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.