Besos que Arden en Guerra

Capítulo 62: El Peso de la Corona de Ceniza

La verdad no nos hizo libres; nos dejó en carne viva frente al abismo.

Elena sentía el susurro de la Isadora original como un eco de estática en su cráneo, una frecuencia que solo ella podía sintonizar mientras el aire reciclado de la estación "Tierra Prometida" se volvía denso, casi sólido. Miró a Valerius. El General estaba de pie frente al interruptor de expulsión, con su perfil de mármol recortado contra la magnificencia del planeta azul que orbitaban. Él ya lo sabía. Siempre lo había sabido. Cada beso, cada traición y cada herida que se habían infligido durante mil años simulados habían sido el preludio de este momento: el sacrificio de uno para que el otro pudiera infectar la perfección de abajo.

—No te atrevas, Valerius —siseó Elena, su voz afilada como una daga. El cuchillo de desguace, ahora una reliquia inútil, descansaba en su cadera, pero su mirada era mucho más letal—. No te atrevas a ser el héroe de esta historia cuando llevas sesenta capítulos siendo el villano que me robó el derecho a la paz.

Valerius giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises, antes fríos como el vacío exterior, ahora ardían con una determinación que Elena no podía soportar.

—Alguien tiene que quedarse para que el virus del núcleo se propague, Elena. Alguien tiene que ser el mártir para que tú seas el verdugo. Si los dos bajamos, la señal se pierde y ese paraíso de ahí abajo seguirá siendo una mentira estéril.

—¡Pues que sea una mentira! —gritó ella, acortando la distancia entre ambos hasta que sus alientos se mezclaron en una danza de desesperación—. Prefiero una mentira contigo que una realidad en la que tú seas solo una mota de polvo cósmico.

La Anatomía del Último Odio

La tensión emocional alcanzó un punto de ignición. Valerius la agarró por los hombros, sus dedos de carne y metal hundiéndose en su uniforme de Altea. La rivalidad explosiva que los definía no se había desvanecido; se había condensado en una posesividad feroz.

—Mírame, General —rugió él, sacudiéndola levemente—. Si bajas tú, llevas nuestro odio contigo. Llevas el recuerdo de Altea, de Julian y de cada segundo que pasamos en el infierno. Les darás lo que les falta: la capacidad de elegir, de sufrir y de luchar. Yo soy el código base; tú eres el alma. Un servidor no puede sobrevivir sin su sistema operativo.

—Y un sistema operativo no tiene sentido sin hardware que lo sustente —respondió ella, sus ojos verdes empañados por una rabia que no era otra cosa que una atracción prohibida llevada al extremo—. Te odio, Valerius. Te odio por decidir esto por los dos. Te odio por amarme lo suficiente como para dejarme sola en un mundo que no conozco.

—Entonces úsalo —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia eléctrica—. Usa ese odio. Úsalo para quemar su perfección hasta que no quede nada más que nosotros.

Él la atrajo hacia sí en un beso que no fue una despedida, sino un traspaso de poder. Fue un contacto violento, cargado de la amargura de mil años de guerra y la dulzura de una rendición que ambos habían jurado nunca conceder. Elena sintió la transferencia: no eran solo datos, era la esencia de su voluntad, el peso de su mando, la carga de su pecado.

La Traición del Destino

De repente, una luz roja intermitente iluminó el pasillo. La voz del Espectador volvió a sonar, pero esta vez con un tono de urgencia que rozaba el pánico.

—"Capítulo 62: El Tiempo de Gracia ha expirado. Sujetos, la cápsula de descenso se cerrará en treinta segundos. Si el núcleo no se expulsa ahora, la estación entrará en modo de autodestrucción total. Nadie bajará. Nada sobrevivirá".

Valerius empujó a Elena hacia la escotilla de la cápsula.

—¡Vete!

—¡No sin ti! —Elena se resistió, clavando los talones en el metal.

—Isadora me dijo que podías elegir —mintió Valerius, y ella lo supo por el ligero temblor en su mandíbula—. Dijo que había una forma de que los dos...

—Mientes —lo cortó ella, con una claridad gélida—. Sé lo del ADN. Sé que eres el detonador.

Valerius sonrió de forma triste, una expresión que Elena nunca olvidaría.

—Siempre fuiste la mejor investigadora, Elena. Incluso cuando investigabas mi corazón.

Con un movimiento fluido, Valerius activó el interruptor de expulsión del núcleo y, simultáneamente, golpeó el panel de cierre de la cápsula de Elena. Ella se lanzó hacia él, pero sus dedos solo rozaron el cristal reforzado mientras la escotilla se sellaba al vacío.

El Grito de la Tierra Nueva

Elena quedó atrapada en el pequeño habitáculo de la cápsula de descenso. Golpeó el cristal con una furia animal, gritando su nombre, mientras veía a Valerius a través de la ventana, de pie en el corredor de la estación que empezaba a desmoronarse. Él levantó su mano de carne y la apoyó sobre el cristal, justo donde Elena tenía la suya.

—"Vive, Elena" —dijo su voz a través del intercomunicador de la cápsula—. "Haz que me odien por lo que te hice. Haz que el mundo arda en nuestro nombre".

La cápsula fue eyectada con una fuerza brutal. El tirón de las fuerzas G aplastó a Elena contra el asiento, pero sus ojos permanecieron fijos en la estación "Tierra Prometida". Vio cómo el núcleo de datos —una esfera de luz violeta— salía disparado detrás de ella. Y vio, en el último segundo, cómo la estación estallaba en una supernova de cristal negro y fuego.

Valerius ya no estaba. Solo quedaba el vacío.

Elena cerró los ojos mientras la cápsula entraba en la atmósfera de la Tierra Nueva, convirtiéndose en una bola de fuego que surcaba el cielo perfecto. El dolor de la pérdida era una carga emocional que la asfixiaba, pero el virus de Valerius ya estaba en sus venas, listo para ser liberado.




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