Besos que Arden en Guerra

Capítulo 63: El Algoritmo de la Piedad

La hierba de la Tierra Nueva no era verde; era un insulto de color esmeralda que se mecía con una paz que me revolvía el estómago.

Elena se mantuvo firme, con los pulmones ardiendo por el oxígeno purificado, mientras observaba al hombre que caminaba hacia ella. El uniforme negro de los Arquitectos estaba hecho jirones, pero la forma en que el Sujeto 00 sostenía su arma de impulsos era una réplica exacta de la arrogancia de Valerius. La rivalidad explosiva que había marcado su existencia se sentía ahora como un veneno que cambiaba de envase.

—¿Intercambio de lugares? —La voz de Elena fue un látigo de incredulidad—. Me estás diciendo que el hombre que juró destruir este sistema se ha convertido en su arquitecto, ¿y que tú, un desecho de código, eres su ejecutor?

—"Valerius siempre fue un estratega de lo absoluto, Elena" —respondió el Sujeto 00, deteniéndose a diez metros. Su rostro, idéntico al del General pero desprovisto de esa luz de tormenta que a ella la desarmaba, era una máscara de eficiencia gélida—. "Él no podía bajar a este mundo como un hombre. La Tierra Nueva lo habría rechazado. Así que se integró en la biosfera. Él es el viento que respiras, el pulso de esta red. Y yo... yo soy el cortafuegos que evita que tú lo borres con tu solo recuerdo".

La tensión emocional alcanzó un punto crítico. La atracción prohibida que Elena sentía por el Valerius real se proyectaba sobre este clon, una sombra que le recordaba cada beso que había ardido en la guerra anterior. El aire vibraba con una carga emocional que la gente de blanco no podía comprender. Para ellos, era un encuentro de leyendas; para Elena, era una carnicería de la identidad.

La Carne contra la Omnipotencia

—¡Valerius, sé que estás ahí! —gritó Elena hacia el cielo despejado, ignorando el cañón del arma del Sujeto 00—. ¡Muéstrate! ¡No te escondas detrás de un reflejo muerto!

—"Él no puede responderte con palabras, solo con funciones" —dijo el clon, avanzando un paso más—. "Y su función actual es la preservación del Paraíso. Tú eres el virus de la discordia, Elena. Eres la única que sabe que este mundo se construyó sobre las cenizas de mil años de mentiras. Tu existencia es el único error de sistema que él no pudo purgar... porque te amaba demasiado para borrarte, pero no lo suficiente como para dejarte libre".

Elena sintió que el suelo de la Tierra Nueva era una trampa de seda. La rivalidad con Valerius había mutado en algo divino y aterrador. Él la había convertido en la única prisionera de un mundo perfecto, custodiada por su propia sombra.

—Entonces que venga él a matarme —desafió ella, sacando el cuchillo de desguace que había logrado ocultar en su bota, un trozo de metal sucio que parecía un pecado en medio de tanta pureza—. Tú no eres más que un eco, 00. No tienes su odio. No tienes su fuego.

—"Tengo sus órdenes" —replicó el clon.

Se lanzaron el uno contra el otro en una danza de violencia cruda. No hubo luz ni efectos de servidor; fue el choque de la carne contra el metal del brazo mecánico del clon. Elena se movía con la desesperación de quien prefiere morir luchando que vivir en una jaula de cristal. Cada vez que su cuchillo rozaba la piel del Sujeto 00, Elena sentía una punzada de agonía en su nuca, como si estuviera hiriendo al propio Valerius.

El Beso del Verdugo

En medio del forcejeo, el Sujeto 00 la inmovilizó contra el tronco de un árbol de flores blancas. La proximidad era una tortura. El olor de él era el mismo: ozono y pólvora. La atracción prohibida estalló en un momento de debilidad. Elena lo miró a los ojos, buscando al General, buscando al hombre que se había quedado en la estación.

—¿Por qué lo hiciste, Valerius? —susurró ella, su voz rompiéndose.

Por un microsegundo, el Sujeto 00 vaciló. Sus ojos grises parpadearon, volviéndose humanos por un instante eterno. El General estaba ahí, atrapado en la red, mirando a través de los ojos de su verdugo. La carga emocional fue devastadora. Él bajó el arma y, en lugar de disparar, la besó.

Fue un beso que sabía a despedida y a una posesión absoluta. Una sincronización forzada por la red de la Tierra Nueva. Elena sintió el flujo de datos: Valerius no era solo el sistema operativo; él era el alma de cada ser vivo en el planeta. Él estaba sintiendo el beso a través de diez millones de nervios.

—"Corre, Elena" —la voz de Valerius resonó en su mente, clara y desesperada—. "No puedo retener al Sujeto 00 por mucho tiempo. Él no es mi clon... es el protocolo de seguridad de Isadora que se apoderó de mi forma física. Mi conciencia está perdiendo la guerra contra la red. Tienes que encontrar el Templo de los Cables bajo el mar de cristal. Allí está mi corazón real. Si lo apagas, el paraíso morirá, pero nosotros seremos libres".

El Giro de la Sangre Artificial

Elena se separó del beso con un empujón violento. El Sujeto 00 recuperó el control, sus ojos volviéndose rojos una vez más. Levantó el arma, pero antes de que pudiera disparar, la niña de la flor de Altea se interpuso entre ellos.

—¡No le hagas daño! —gritó la niña.

El Sujeto 00 se detuvo en seco. No porque tuviera piedad, sino porque la niña era parte de la Red. Dañarla a ella era dañar el núcleo de Valerius.

—"La protección del sistema es absoluta" —siseó el clon, retrocediendo hacia las sombras del bosque—. "Pero el Templo no está bajo el mar, Elena. Valerius te mintió para protegerte una última vez".

Elena miró a la niña y luego al horizonte. El giro final la golpeó cuando observó la flor de Altea que la pequeña sostenía. No era una flor real. Era una estructura de fibra óptica que extraía sangre directamente de la palma de la mano de la niña para mantenerse viva.




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