Besos que Arden en Guerra

Capítulo 64: El Oxígeno de la Traición

El paraíso era una mentira de color esmeralda que se deshacía entre mis dedos como ceniza digital.

Elena sintió el impacto de la realidad golpeándola con la fuerza de un martillo hidráulico. El prado infinito, el cielo de un azul imposible y el aroma a flores de Altea se disolvieron en ráfagas de estática, revelando las paredes metálicas y claustrofóbicas de la cápsula de descenso. No había Tierra Nueva. No había descenso triunfal. Solo el siseo agónico del soporte vital y la oscuridad del vacío exterior filtrándose por la escotilla dañada.

—¡Valerius! —gritó, pero su voz no fue más que un graznido seco en una cabina donde el CO2 empezaba a ganar la batalla.

—"Aquí estoy, General". La voz de él no venía de un comunicador; vibraba dentro de su propia caja torácica, un parásito amado y odiado que reclamaba cada uno de sus latidos. "Bienvenida al final de la alucinación. El sistema nos regaló un Edén para que no gritáramos mientras el aire se terminaba. Muy humano, ¿no crees?"

Elena golpeó el panel de control. El cristal negro de su mano, el que creía haber dejado atrás en la simulación, seguía allí, fundido con su piel, brillando con una luz violeta que marcaba el tiempo de vida restante: 02:45 minutos.

Rivalidad en el Abismo

La tensión emocional en la cápsula era tan densa que se podía cortar con el cuchillo de desguace que Elena aún empuñaba contra las sombras. Ella estaba allí, físicamente sola, pero habitada por la conciencia del hombre que había sido su némesis y su única verdad durante mil años. La atracción prohibida que los unía se manifestaba ahora como una simbiosis biológica aterradora.

—Me engañaste —siseó Elena, sus ojos verdes buscando desesperadamente una grieta en la oscuridad—. Me hiciste creer que habías saltado, que habías intercambiado tu lugar con ese clon... todo para que yo muriera en paz.

—"Te di lo que siempre buscamos, Elena: una tregua" —la voz de Valerius era una caricia de fuego en su mente—. "Pero tu odio es demasiado fuerte. Rompiste el algoritmo del Paraíso antes de tiempo. Ahora nos quedan dos minutos de oxígeno y una estación a punto de estallar sobre nuestras cabezas. ¿Cómo quieres pasar el final del capítulo? ¿Insultándome o aceptando que soy lo único que tienes?"

—Prefiero asfixiarme que darte la razón, Valerius —respondió ella, aunque su mano de carne buscaba instintivamente su propio cuello, donde sentía el calor de la interfaz de él.

La rivalidad explosiva no se apagaba ni con la muerte. Elena forzó los controles manuales de la cápsula. No iba a dejarse morir en una caja de conservas mientras él se burlaba desde su sistema nervioso. Si Valerius estaba integrado en ella, él era su llave... o su condena.

La Anatomía del Sacrificio

—"Si activas los propulsores manuales ahora, la inercia nos lanzará fuera de la órbita de explosión de la estación" —explicó Valerius, su tono recuperando la frialdad estratégica del General—. "Pero la cápsula no aguantará la reentrada. Morirás quemada en la atmósfera, Elena. Y yo seré el único testigo de tus gritos".

—No si usamos el núcleo de datos como escudo térmico —replicó ella, sus dedos volando sobre interruptores oxidados—. El cristal negro que infectó mi brazo... es conductor de energía, Valerius. Puedo canalizar la sobrecarga del servidor para crear un campo de fuerza.

—"Es un suicidio. La carga emocional necesaria para activar ese cristal freirá tus sinapsis. No quedará nada de 'Elena' al final del descenso".

—Nunca hubo una "Elena" sin ti intentando destruirla, General —dijo ella, y por primera vez en sesenta y cuatro capítulos, hubo una nota de una vulnerabilidad salvaje en su voz—. Si voy a desaparecer, lo haré quemando el cielo.

La carga emocional alcanzó su cenit. Elena cerró los ojos y buscó la presencia de Valerius en lo más profundo de su psique. No buscó al enemigo, sino al hombre que la había besado en el Valle de las Cenizas. La sincronización se disparó. El cristal negro de su brazo comenzó a extenderse, cubriendo su pecho, su cuello, su rostro, convirtiéndola en una estatua de obsidiana viva.

El Beso del Vacío

El impacto de la estación estallando a sus espaldas sacudió la cápsula. Una onda de choque de luz violeta los envolvió. Elena sintió el dolor de diez millones de memorias siendo borradas de golpe, pero en el centro de ese infierno, la imagen de Valerius se materializó frente a ella. No era un avatar, no era un código; era una proyección de su propia voluntad.

Él la tomó por la cara. Sus manos, hechas de luz y datos, se sentían reales contra la piel de obsidiana de ella.

—"Odiame un poco más, General" —susurró él, sus rostros a milímetros—. "Dame la energía para salvarte".

Elena lo besó. Fue un beso que no pertenecía a la carne, sino al alma. Una colisión de dos estrellas muriendo en el vacío. En ese contacto, ella le entregó todo su rencor, toda su pasión y toda la amargura de su amor prohibido. El cristal negro estalló en un escudo de energía pura que envolvió la cápsula mientras caía hacia la Tierra, no la Tierra Nueva de la mentira, sino el planeta real, herido y oscuro que los esperaba abajo.

El Giro de la Playa de Sal

La cápsula impactó con un rugido metálico.

Elena abrió los ojos. No había fuego. Había un frío cortante y el sonido de olas golpeando una costa muerta. Salió de los restos humeantes, arrastrándose sobre una arena blanca que no era arena, sino sal. El cielo era de un gris plomizo, sin sol, sin estrellas.

Estaba viva. Pero estaba sola.




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