El cielo sobre la playa de sal se quebró en un estruendo de metal y fuego, pero el verdadero estallido estaba ocurriendo dentro de las entrañas de Elena.
—Ni un paso más, Isadora —rugió Elena, retrocediendo hasta que el metal humeante de la cápsula le quemó la espalda. Su mano se cerró sobre su vientre con un instinto que no reconocía, un calor punzante que desafiaba el frío polar del mundo real—. Toca a este niño y te juro que la última cara que verás no será la de Dante, sino la mía hundiéndote en la sal.
Isadora soltó una carcajada que sonó a cristales rotos. Ignoró las naves con el emblema del Fénix que empezaban a perforar la capa de nubes, como aves de rapiña descendiendo sobre un cadáver fresco.
—¿Proteges al monstruo que él plantó en ti? —Isadora señaló con el escáner al Valerius que sangraba lágrimas rojas de rodillas—. Míralo, Elena. Valerius no te amó; te usó como una incubadora de datos biológicos. Ese "heredero" es la llave maestra para que Arquitectos Media controle la evolución humana. No es un bebé, es una actualización de software envuelta en carne.
La Carne contra el Fantasma
La tensión emocional en la playa alcanzó niveles insoportables. Valerius, poseído por la inteligencia de Dante, se puso en pie con la rigidez de un cadáver reanimado. Sus ojos blancos parpadearon, luchando contra la marea de sangre que los inundaba. La rivalidad explosiva que siempre los había mantenido a un centímetro del beso o del asesinato ahora tenía un tercero en discordia: una vida que latía con la fuerza de un imperio.
—"Elena... entrega... el activo..." —La voz de Valerius era un chirrido electrónico, una lucha de poder entre el hombre que ella odiaba y el algoritmo que quería diseccionarla—. "El... proceso... es inevitable... La red... reclama... su carne..."
—¡Tú no eres él! —gritó Elena, con las lágrimas helándose en sus mejillas—. ¡El Valerius que yo conozco me habría matado antes de dejar que me convirtieras en esto!
La atracción prohibida que sentía por el General se retorció en sus entrañas. Ver su cuerpo siendo usado como un títere era una agonía peor que cualquier herida de combate. Elena activó los circuitos brillantes de su piel, sintiendo cómo el tatuaje del temporizador en su brazo aceleraba sus latidos. Si la teoría de Isadora era cierta, ella no solo llevaba al heredero de Altea; llevaba el fin de la era digital.
El Desembarco del Fénix
La primera nave del Fénix aterrizó con una violencia innecesaria, levantando una muralla de sal que cegó a los recolectores de Isadora. De la rampa no bajaron soldados, sino una figura que Elena creía enterrada en el código más profundo de su pasado: su padre, el General del Fénix, pero con un cuerpo rejuvenecido y una armadura de tecnología prohibida.
—¡Retírate, Isadora! —ordenó el General, su voz amplificada por los sistemas de la nave—. Ese útero pertenece al Fénix. Valerius robó mi legado, pero yo reclamaré mi linaje.
—¿Tu linaje? —Elena se sintió como una pieza de ajedrez en un tablero de psicópatas—. ¡Soy tu hija, no una jodida caja fuerte!
—Eres la salvación de nuestra especie, Elena —dijo su padre, acercándose con la mano extendida, una mano que había ordenado el bombardeo de Altea y el inicio de mil años de miseria—. Ese niño que llevas es el primer humano capaz de procesar la realidad sin interfaces. Es el fin de la simulación. Entrégame el mando y te daré el mundo que siempre soñaste.
El Beso del Cortocircuito
Valerius-Dante se lanzó hacia adelante. No buscaba al General del Fénix; buscaba a Elena. En un movimiento de una velocidad que desafiaba los reflejos humanos, la atrapó contra la cápsula. Isadora gritó órdenes, los recolectores dispararon, pero Valerius creó un campo de fuerza con su brazo mecánico que desvió los proyectiles.
Él la agarró por el cuello, pero esta vez no la levantó para matarla. La atrajo hacia un beso que fue pura estática y dolor. Elena sintió cómo la conciencia de Valerius —el verdadero, el roto, el que la amaba— se filtraba por un segundo a través del contacto de sus labios.
—"Elena... el temporizador..." —susurró él en su mente, su voz real, agónica y desesperada—. "No es para tu muerte... es para el... reinicio. Si llegas al búnker... inyéctate la sal... rompe el sello... no dejes que el niño nazca... en la red..."
Valerius se separó, sus ojos blancos volviéndose grises por un instante de pura voluntad antes de que Dante recuperara el control con un grito de estática que hizo que los oídos de Elena sangraran.
El Giro del Código Compartido
El General del Fénix dio una señal y sus francotiradores abrieron fuego contra Valerius. El cuerpo del hombre que Elena amaba fue acribillado, pero no cayó. Dante estaba usando la energía de la red para mantener la carne en pie, convirtiendo a Valerius en una abominación de sangre y circuitos que se negaba a morir.
—¡Basta! —rugió Elena, activando la sobrecarga de su propio tatuaje—. ¡Si no paran, detendré mi propio corazón y se quedarán sin nada!
El silencio volvió a la playa, solo roto por el rugir de los motores de las naves. Isadora y el General del Fénix se miraron, una tregua de codicia sellándose en sus ojos.
—Bien, Elena —dijo su padre, bajando el arma—. Tenemos un trato. Entra en la nave.
Elena caminó hacia la rampa, pero antes de subir, miró a Valerius. Él estaba allí, de pie, un cadáver viviente sangrando por diez heridas, con Dante mirando a través de sus ojos.
El giro final la golpeó cuando Elena consultó el temporizador en su brazo una última vez antes de entrar en la nave. Los números no estaban contando hacia atrás para un reinicio. Estaban mostrando una frecuencia de transmisión.