El rugido de los motores de la nave del Fénix era un eco sordo comparado con la tempestad que se desataba bajo mi piel.
Sentada en el asiento de cuero sintético de la cabina de mando, Elena apretaba los puños hasta que los nudillos blancos amenazaban con perforar la carne. El General, su padre, observaba las pantallas con la codicia de un hombre que cree haber ganado la lotería del fin del mundo, ignorando que el premio gordo estaba mutando en el vientre de su hija.
—"Sincronización completa" —la voz de Valerius no vibró en el aire, sino en la base de su cerebro, una caricia de terciopelo y estática que le erizó el vello de la nuca—. "Elena, no mires a la izquierda. Hay un guardia con un escáner térmico. Si detecta mi firma de calor en el feto, el General ordenará una cesárea de emergencia antes de que los misiles alcancen la órbita".
—Te odio —susurró Elena, apenas moviendo los labios, mientras fingía una náusea para cubrirse el rostro con la mano—. Te odio por hacerme tu cómplice. Te odio por habitarme.
—"Lo sé" —respondió el fragmento de conciencia de Valerius, ahora refugiado en el tejido embrionario del heredero de Altea—. "Pero admitamos que nunca hemos estado tan cerca el uno del otro. ¿No es esto lo que buscábamos en cada beso de guerra? La invasión total".
La Jaula de Oro y Grafeno
La nave ascendía hacia la estratosfera, alejándose de la playa de sal donde el cuerpo físico de Valerius yacía como una carcasa vacía, acribillado y poseído por los restos de Dante. Elena sentía el peso de la mirada de su padre. El General del Fénix se acercó, depositando una mano pesada y gélida sobre su hombro.
—Estás pálida, hija. Es el precio de portar el futuro —dijo el hombre, con una ternura que resultaba más aterradora que su cruce de disparos—. Una vez que aterricemos en el búnker primario, extraeremos la semilla. No te preocupes, Arquitectos Media ya no podrá tocarte. Serás la madre de la nueva era.
—¿Y qué pasa con el padre? —preguntó Elena, clavando sus ojos verdes en los de él con un desafío que cortaba como el cristal—. ¿Qué pasa con el hombre que dejaste morir en la sal?
El General soltó una carcajada seca.
—Valerius nunca fue un hombre, Elena. Fue un error de cálculo que insistió en tener alma. Ahora es solo chatarra y datos corruptos. Olvídalo.
—"Dile que se prepare para el impacto" —intervino la voz de Valerius en su mente, ahora cargada de una urgencia fría—. "He hackeado la secuencia de los misiles de los Olvidados. No van a destruir los satélites. Van a usarlos como espejos. Voy a proyectar toda la memoria de Altea directamente en la red neural de sus soldados. Si no puedes ser libre, Elena, haré que todos compartan tu prisión".
Rivalidad en la Sangre
La carga emocional era una prensa hidráulica sobre el pecho de Elena. La rivalidad explosiva con Valerius había alcanzado una dimensión biológica: él necesitaba su cuerpo para sobrevivir, y ella necesitaba su genio estratégico para no ser diseccionada por su propio padre. Era una atracción prohibida llevada al paroxismo: estaban unidos por un cordón umbilical de datos y sangre.
—¡Padre, algo va mal! —gritó Elena de repente, actuando bajo las instrucciones de la voz en su cabeza—. ¡Los misiles están cambiando de trayectoria!
Las pantallas de la nave parpadearon. Los puntos rojos que representaban los proyectiles de los Olvidados no impactaban contra los satélites; se detenían a escasos kilómetros, desplegando una red de energía violeta que empezó a envolver el planeta.
—¿Qué demonios es esto? —rugió el General, golpeando la consola—. ¡Isadora, responde!
Pero Isadora, desde la superficie, solo podía ver cómo el cielo se teñía del color de los ojos de Valerius.
El Beso del Fantasma
De pronto, la gravedad en la nave falló. Elena flotó unos centímetros sobre el asiento, sintiendo cómo el temporizador de su brazo se iluminaba con una intensidad cegadora. En medio del caos, la imagen de Valerius —el hombre adulto, el guerrero de ojos grises— se proyectó frente a ella, una interfaz táctil que solo ella podía ver.
Él extendió la mano. Sus dedos de luz rozaron los labios de Elena.
—"Es el momento, General" —susurró la proyección—. "Dame el permiso de administrador. Déjame entrar en el sistema de navegación de la nave a través de tu interfaz. Seremos uno, de verdad y para siempre".
Elena dudó. Si le daba el control, Valerius podría estrellar la nave, podría matar a su padre, o podría simplemente borrarla a ella para asegurar la supervivencia del feto. Pero al mirar los ojos de la proyección, vio el mismo hambre, el mismo odio y la misma devoción que la habían mantenido cautiva durante sesenta y ocho capítulos.
—Hazlo —siseó ella.
El contacto fue como un rayo. Elena arqueó la espalda, sus ojos volviéndose blancos mientras la conciencia de Valerius fluía a través de sus nervios hacia los controles de la nave. No fue un beso físico, pero la carga emocional fue tan fuerte que Elena sintió que su alma se desgarraba.
El Giro del Heredero de Hierro
La nave del Fénix giró bruscamente, no hacia el búnker, sino hacia el espacio profundo, buscando el corazón de la red de satélites. El General intentó disparar a su propia hija, pero las armas de la cabina se bloquearon.
—¿Qué le has hecho? —gritó el General, agarrando a Elena por el cuello mientras flotaban en gravedad cero—. ¡Sácalo de ti!
Elena sonrió, y su voz salió doblada, una mezcla perfecta entre la suya y la de Valerius.