El olor a antiséptico y lavanda era la mentira más elaborada que Valerius me había lanzado a la cara.
Elena apretó el bisturí contra la palma de su mano, sintiendo el pinchazo metálico como la única prueba de que sus nervios aún pertenecían a la biología y no al código. Frente a ella, el Dr. Valerius ajustó sus gafas de montura fina con una parsimonia que le revolvió el estómago. No era el General de armadura abollada y mirada de tormenta; era un hombre pulcro, de bata blanca impecable, que exudaba la autoridad gélida de quien posee las llaves de un manicomio.
—¿Enemigo? —Elena escupió la palabra, su voz rasgando el silencio de la suite psiquiátrica—. El único enemigo en esta habitación es el hombre que me mira como si fuera un expediente después de haberme besado entre las ruinas de mil mundos.
—Elena, la "transferencia" es una etapa común en pacientes con tu nivel de trauma —dijo el Dr. Valerius, su tono de voz era una seda analgésica que ella quería prender fuego—. Has proyectado una rivalidad bélica sobre nuestra relación médico-paciente para evitar lidiar con la realidad. Altea no existe. La guerra no existe. Solo somos tú, yo y una psicosis que te ha mantenido en coma diez años.
El Tacto de la Traición Blanca
La tensión emocional en la habitación 805 era un cable de alta tensión a punto de soltarse. Elena avanzó, ignorando la debilidad de sus piernas. El espejo le devolvía la imagen de una mujer de ojos blancos, una anomalía que desafiaba la lógica de su supuesta enfermedad. La atracción prohibida hacia él seguía allí, mutada en una rabia tóxica: quería besarlo para despertarlo o matarlo para que dejara de mentir.
—¿Ah, sí? —desafió ella, acortando la distancia hasta que la punta del bisturí rozó la bata blanca, justo sobre el corazón del doctor—. ¿Entonces por qué tu temporizador marca siete minutos para el final de algo? ¿Por qué tu pulso se acelera cuando me acerco, "Doctor"?
Valerius no retrocedió. La miró directamente, y por un segundo, la máscara profesional se agrietó. En el fondo de sus ojos grises, Elena vio un destello de la furia del General, una chispa de ese odio compartido que era su único lenguaje verdadero.
—Porque incluso en la ciencia, hay variables que no podemos controlar —susurró él, y su mano se cerró sobre la muñeca de Elena. El contacto fue eléctrico, una descarga de reconocimiento que no pertenecía a una oficina médica—. Si me matas aquí, Elena, la simulación se cerrará para siempre. Pero no despertarás en Altea. Despertarás en la nada.
Rivalidad de Diván y Acero
—Prefiero la nada a tu condescendencia —siseó ella, forcejeando con él.
La rivalidad explosiva estalló en un forcejeo corto y violento. Valerius la inmovilizó contra la pared de la clínica, sus cuerpos presionados con una urgencia que nada tenía que ver con la medicina. Ella podía sentir su calor, el ritmo de su corazón... y la vibración de la tableta en su bolsillo.
—"Capítulo 73: El Protocolo de Sedación" —anunció una voz sintética desde las paredes de la habitación.
—No te atrevas —advirtió Elena, sus labios a milímetros de los de él—. Si me inyectas eso, Valerius, juro que cuando despierte en el próximo nivel, te cortaré la lengua antes de que puedas decir mi nombre.
—Siempre tan agresiva, General —respondió él, y por primera vez, usó el rango militar con una ironía que la hizo estremecer—. El problema es que esta vez, el veneno no viene de mi aguja. Viene de tu propio cuerpo.
El Giro del Espejo Roto
Valerius soltó su muñeca y señaló el monitor cardíaco. El ritmo ya no era un pitido constante. Era una melodía. La misma música que sonaba en los salones de baile de Altea antes de que los bombarderos oscurecieran el sol.
—Dante no es un hombre, ni un sistema —explicó Valerius, su voz volviéndose rápida, técnica—. Dante es el nombre de la Eutanasia Programada que tu padre firmó hace una década. Esta clínica es el corredor de la muerte, Elena. Y yo... yo no soy tu doctor.
—¿Entonces quién eres? —preguntó ella, sintiendo que sus ojos blancos empezaban a soltar lágrimas de estática.
Valerius se desabrochó los botones de la bata, revelando debajo el uniforme negro de los Arquitectos, desgarrado y manchado de la sal de la playa del capítulo 65.
—Soy el fragmento de tu subconsciente que se niega a dejarte morir —dijo él, arrebatándole el bisturí y grabándose una letra 'A' en la palma de su mano—. He hackeado la eutanasia para convertirla en un bucle infinito. Pero el servidor se está quedando sin energía. Los siete minutos del temporizador no son para tu cordura... son para que el búnker real, donde nuestros cuerpos físicos están conectados, se quede sin oxígeno.
Elena miró por la ventana de nuevo. Las pantallas de la ciudad ya no mostraban su cara. Mostraban dos cápsulas criogénicas en un sótano oscuro, cubiertas de moho y cables pelados. En una estaba ella. En la otra, un hombre que no se parecía al doctor, sino a un guerrero demacrado.
La Intriga de la Cuna Vacía
El edificio de la clínica empezó a temblar. El cielo de 2026 se rasgó como un papel viejo, revelando las estrellas muertas del espacio profundo del capítulo 72.
—Tenemos que saltar —dijo Valerius, agarrándola de la mano—. No hacia afuera. Hacia adentro. Tenemos que entrar en la frecuencia de la música.
—¿Y qué hay al otro lado? —preguntó Elena, apretando su mano con una devoción que la aterrorizaba.
—El origen de la guerra —respondió él—. El momento en que nos conocimos de verdad, antes de que Arquitectos Media nos borrara la memoria para convertirnos en enemigos.