Besos que Arden en Guerra

Capítulo 74: La Guardería del Olvido

El llanto del bebé no era un sonido; era un código de desmantelamiento que desgarraba las paredes de la clínica psiquiátrica como si fueran papel mojado.

Elena se quedó paralizada en el umbral de la habitación infantil, con el bisturí todavía manchado de la "sangre" de Valerius. El contraste era una puñalada visual: el hospital aséptico de 2026 se estaba descascarando para revelar una casa de madera bañada por una luz de atardecer perpetuo. El olor a lavanda fue reemplazado por el de leche tibia y pólvora vieja. Frente a ella, la foto de la pared parecía latir. Ver a ese Valerius civil, con los ojos llenos de una ternura que nunca se permitió en el campo de batalla, le provocó una náusea de irrealidad.

—¿Esto es lo que protegíamos? —la voz de Elena salió como un susurro roto—. ¿Toda nuestra rivalidad, cada bala y cada traición fue para ocultar que una vez nos pertenecimos de la forma más vulgar y hermosa posible?

Valerius, despojado de su bata de médico y vistiendo su uniforme de los Arquitectos como una piel maldita, se acercó a la cuna. Su mano de carne temblaba al rozar los barrotes de madera. La tensión emocional en el aire era un campo de minas; la atracción prohibida que los había llevado a odiarse para sobrevivir ahora se manifestaba como un dolor fantasma en el pecho.

—"No lo protegíamos, Elena" —dijo él, sin mirarla. Su voz era un eco de la amargura de mil años—. "Lo olvidamos por contrato. Arquitectos Media no podía permitir que sus mejores guerreros tuvieran un ancla en la realidad. El amor nos hacía débiles. El odio, en cambio, nos hacía eficientes. Nos borraron el nombre de nuestro hijo y nos dieron un rango militar a cambio".

La Paradoja de la Carne y el Sueño

Elena avanzó hacia la cuna, sintiendo que el suelo de madera se sentía más real que el metal de la nave Altea-01. El llanto del bebé se intensificó, un sonido que activaba instintos biológicos que Elena no sabía que poseía. Su rivalidad explosiva con Valerius, esa necesidad de vencerlo, de humillarlo, de poseerlo a través del conflicto, se veía ahora como un mecanismo de defensa contra este vacío maternal.

—¿Quién de los dos es real, Valerius? —preguntó ella, deteniéndose a un paso de él. Sus hombros se rozaron, y la carga emocional del contacto casi la hace caer de rodillas—. Isadora dijo que uno de nosotros es solo una proyección del otro para que el niño no esté solo.

Valerius se giró, atrapándola entre su cuerpo y la cuna. Sus ojos grises estaban inyectados en una desesperación que ninguna simulación podría replicar.

—"Si yo soy tu proyección, ¿por qué siento que mi alma arde cada vez que me miras con ese desprecio? Si tú eres la mía, ¿por qué eres la única variable que nunca puedo predecir?"

Él la agarró por la nuca, un gesto que en otro capítulo habría sido el inicio de una pelea, pero que ahora era un ancla. La atracción prohibida estalló en un beso que sabía a sal, a leche y a cenizas. No fue el beso de dos enemigos reclamando territorio; fue el beso de dos náufragos dándose cuenta de que la isla en la que han estado luchando es el único hogar que les queda.

Diálogos en el Limbo

—"Capítulo 74: El Protocolo de la Última Cena" —la voz de Isadora resonó desde el móvil de juguete que colgaba sobre la cuna, las figuritas de naves espaciales girando en un baile macabro—. "Tienen treinta segundos para elegir. El sistema de soporte vital en el búnker real está al 1%. Solo hay una máscara de oxígeno funcional. Solo uno despertará para sacar al niño de la incubadora biológica. El otro se convertirá en el sustrato de datos para que la mente del bebé no colapse".

Elena se separó de Valerius, jadeando. La rivalidad regresó, pero esta vez era una carrera de sacrificios.

—Vete tú —dijo ella, agarrando el bisturí de nuevo, esta vez apuntando a su propia conexión neural—. Tú eres el que sabe hackear el búnker. Tú puedes sacarlo de allí.

—"No seas estúpida, General" —replicó él, bloqueándole el paso con su brazo mecánico—. "Tú eres la que tiene el ADN compatible para abrir la esclusa de seguridad. Sin ti, el niño morirá encerrado en una caja de cristal mientras yo miro el teclado sin poder hacer nada".

—¡No voy a vivir en un mundo donde tú seas solo una voz en los altavoces! —gritó ella, golpeando su pecho—. ¡Te odio por hacerme elegir entre tú y él!

El Giro de la Cuna de Cristal

El llanto del bebé cesó de golpe.

Elena y Valerius se giraron hacia la cuna al mismo tiempo. Pero dentro de la cuna no había un bebé de carne y hueso. Había una esfera de luz pulsante, rodeada de cables que se hundían en el suelo de madera, conectándose directamente a las raíces de la simulación.

La esfera proyectó una imagen en el aire. Era el mapa de la Estación Espacial "Tierra Prometida", pero marcada con un punto rojo que parpadeaba en el centro del sol.

—"No hay ningún búnker en la Tierra, Elena" —susurró Valerius, mirando la proyección con un horror absoluto—. "El niño no está abajo. El niño es el reactor de la estación. Arquitectos Media no usó nuestra sangre para repoblar el mundo. Usaron nuestra energía emocional para alimentar el motor que mantiene a la élite de la humanidad en un sueño eterno".

El giro final la golpeó cuando la esfera de luz empezó a hablar con una voz dual, una mezcla perfecta entre Elena y Valerius, pero con una madurez milenaria.

—"Gracias por el beso, mamá. Gracias por el odio, papá" —dijo la entidad—. "La frecuencia de vuestro último conflicto ha alcanzado el pico necesario. El reactor está cargado. La estación iniciará el salto hiperespacial hacia la Verdadera Altea en diez segundos".




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