Besos que Arden en Guerra

Capítulo 75: La Combustión de los Dioses

El vacío no sabía a nada, pero la traición sabía a hierro y a mentiras de mil años.

Elena sintió el desvanecimiento de sus extremidades como una amputación digital. A su lado, la silueta de Valerius se fragmentaba en píxeles de luz violeta, la misma luz que ahora alimentaba el reactor de la estación "Tierra Prometida". La revelación de la fotografía seguía grabada a fuego en sus pupilas: ella, vestida de blanco, sosteniendo el frasco con la esencia de él. No eran amantes víctimas del destino; ella era la arquitecta de su propio verdugo.

—Mírame, Valerius —siseó Elena, luchando contra la desmaterialización que intentaba borrar su lengua—. ¡Dime que esa foto es otra simulación! ¡Dime que no te creé solo para tener a alguien a quien odiar lo suficiente como para encender un sol!

Valerius no respondió con palabras, sino con una mirada de un gris tan gélido que detuvo el tiempo en la cabina en ruinas. Su cuerpo traslúcido se estabilizó por un segundo, anclado por una voluntad de hierro que desafiaba el borrado del sistema.

—"¿Qué más da quién creó a quién, General?" —la voz de él resonó como un trueno en una habitación vacía—. "Si eres mi creadora, hiciste un trabajo demasiado bueno. Me diste el libre albedrío suficiente para despreciar tu ambición y la memoria necesaria para recordarte que, incluso como una construcción, soy el único que conoce el sabor de tus lágrimas".

La Anatomía del Combustible

La tensión emocional alcanzó un punto de presión crítica. La estación inició el salto hiperespacial y el espacio-tiempo se retorció alrededor de ellos. La rivalidad explosiva que los había definido ya no era una guerra por Altea, sino una lucha por la primacía de la existencia. Elena sintió cómo la energía emocional del reactor —la suma de su odio, su deseo y su agonía compartida— era succionada hacia el núcleo de la estación. Eran la batería de un imperio que dormía.

—¡Isadora! —gritó Elena hacia el techo que se desmoronaba—. ¡Si nos borras ahora, el reactor perderá la frecuencia! ¡Necesitas que estemos vivos para que la estación no se convierta en un ataúd de metal en el hiperespacio!

—"Oh, Elena... siempre tan técnica" —la voz de Isadora fluyó a través de los altavoces, ahora con una distorsión celestial—. "No necesito que estéis vivos. Necesito que estéis en conflicto. El salto requiere una fluctuación de 10.000 julios de resentimiento puro. Y nada genera más energía que el beso de dos enemigos que saben que uno de ellos debe borrar al otro para sobrevivir".

El Beso del Colapso

Valerius acortó la distancia, su mano de luz cerrándose sobre la garganta de Elena. No para asfixiarla, sino para obligarla a mirarlo. La atracción prohibida vibraba entre ellos, una frecuencia tan alta que los circuitos de la habitación infantil empezaron a arder físicamente.

—"Hazlo, Elena" —susurró él, sus rostros a milímetros de distancia. El olor a ozono y a la lavanda de la simulación se mezclaba en un cóctel narcótico—. "Borra al monstruo. Toma el control del reactor. Despierta en la Verdadera Altea y dile a esos dioses que su combustible tiene dientes".

—No puedo —respondió ella, y por primera vez, el odio se rindió ante una carga emocional devastadora—. Si te borro, me quedo sola en la realidad. Y prefiero arder en esta mentira contigo que ser la reina de un mundo vacío.

Elena lo besó con una furia que no buscaba consuelo, sino la destrucción mutua. Fue un beso de combustión. Al unirse, la energía emocional alcanzó el pico máximo. El reactor de la estación emitió un pulso de luz blanca que barrió la galaxia. La simulación de la habitación infantil estalló, el hospital de 2026 se vaporizó y la estación "Tierra Prometida" emergió del hiperespacio no en la Verdadera Altea, sino en un lugar que no figuraba en ningún mapa estelar.

El Giro del Desierto de Datos

Elena abrió los ojos y sintió algo que no había sentido en setenta y cinco capítulos: peso.

Ya no flotaba. No había interfaces en su visión. No había voces en su cabeza. Estaba tumbada sobre una superficie fría, lisa y de un color plateado reflectante. Se incorporó con dificultad, sintiendo el dolor real en sus costillas y el sabor metálico de la sangre en su boca.

A su lado, Valerius estaba despertando. Pero no era el General de armadura, ni el doctor, ni el niño. Era un hombre de unos treinta años, desnudo, cubierto de una capa de gelatina criogénica, con un código de barras tatuado en la base de la nuca: SUJETO V-00.

Elena miró sus propias manos. Tenía el mismo código: SUJETO E-00.

Miraron a su alrededor y el horror los dejó mudos. No estaban en una nave, ni en un hospital, ni en un planeta. Estaban en una fábrica infinita. Millones de cápsulas como las suyas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, dispuestas en estanterías que llegaban hasta un cielo artificial de neón.

—"Bienvenidos al Almacén de Deshechos de Arquitectos Media" —dijo una voz robótica, carente de la personalidad de Isadora o Dante—. "Sujetos E-00 y V-00: vuestra combustión emocional ha sido calificada como 'Inestable para Consumo'. Procediendo al reciclaje de biomasa".

La Intriga de la Versión Original

Valerius se puso en pie, tambaleándose, y agarró a Elena por el brazo. La rivalidad explosiva fue sustituida por un instinto de supervivencia biológica tan primario que los hizo moverse como un solo organismo.

—No somos el ejército de respaldo, Elena —dijo Valerius, su voz ahora siendo puramente humana, ronca y vulnerable—. Somos el material orgánico descartado de los fundadores originales.




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