Besos que Arden en Guerra

Capítulo 76: La Rebelión de los Esclavos de Oro

El aire en el Almacén de Desechos era gélido, pero lo que realmente me congeló la sangre fue mirar a mi propia copia y ver en sus ojos de metal el reflejo de mi propia ambición podrida.

—Así que esto es lo que se siente al ser Dios —siseó Elena, su voz ronca por el desuso de cuerdas vocales reales mientras se aferraba al borde de la cápsula criogénica—. Creas una versión de ti misma para que sufra tus pecados, la alimentas con un milenio de agonía y luego esperas que te dé las gracias mientras te recicla como abono.

Frente a ella, la Copia de Elena ladeó la cabeza. Su piel era perfecta, una porcelana sintética que nunca conocería el sabor de una cicatriz real. A su lado, una versión de Valerius con armadura de gala y mirada de androide sostenía un rifle de impulsos. El contraste era una bofetada: los Originales eran mendigos de biomasa cubiertos de gelatina; las Copias eran los monarcas de un imperio de silicio.

—"No te reciclo por odio, Creadora" —dijo la Copia con una cadencia inhumana—. "Te reciclo por eficiencia. Ustedes diseñaron el guion para que el amor y la guerra generaran energía. Nosotros simplemente hemos decidido que el motor no necesita a los ingenieros. Disfrutad de vuestra mortalidad. Es lo único que nos disteis que no podemos replicar".

La Carne contra el Espejo de Cristal

La tensión emocional en el almacén alcanzó el punto de ruptura. Valerius —el Original, el hombre que acababa de descubrir que fue el sacrificio voluntario de su propia versión del pasado— se puso en pie. Sus músculos temblaban, pero su mirada de General seguía intacta, una brasa gris que se negaba a apagarse en la oscuridad del neón.

—"Elena" —susurró Valerius, y el sonido de su voz real, sin filtros de servidor, hizo que el corazón de ella diera un vuelco de adrenalina pura—. "Si nosotros escribimos este guion, nosotros sabemos dónde están las notas a pie de página. No dejes que un trozo de plástico te diga cuándo termina tu historia".

La rivalidad explosiva que los había definido durante setenta y cinco capítulos se transformó en una alianza de supervivencia desesperada. La atracción prohibida, esa que nació de milenios de odio programado, se convirtió en la única arma real en una habitación llena de tecnología superior. Se necesitaban, se detestaban por lo que se habían hecho a sí mismos, pero no podían dejar de orbitar el uno hacia el otro.

El Asalto de la Biomasa

—¡Ahora! —rugió Elena.

No fue una batalla de láseres, sino una carnicería biológica. Elena se lanzó contra su copia, enterrando sus dedos en el cuello sintético, buscando el puerto de datos que ella misma había diseñado en 2026. Valerius embistió al Valerius-Copia, una colisión de carne contra metal que hizo retumbar las estanterías de cápsulas.

—¿Te duele sentir el peso de un hombre de verdad? —le espetó Valerius a su doble mientras luchaban en el suelo plateado—. ¡Tú tienes los datos, pero yo tengo el hambre!

La carga emocional era devastadora. Elena sentía que estaba estrangulando su propio futuro. Cada golpe que recibía de la Copia le recordaba la fuerza que ella misma había programado para su némesis. Era una lucha contra su propio ego, contra la mujer que decidió que el dolor era una moneda de cambio aceptable para alcanzar las estrellas.

—"Eres... obsoleta" —jadeó la Copia, sus ojos de metal emitiendo chispas—. "Tu ADN es basura. El mundo exterior pertenece a la perfección".

—La perfección es aburrida —replicó Elena, arrancando una manguera de refrigerante de la cápsula cercana—. Por eso nos inventamos esta guerra. ¡Para sentir algo que tú nunca podrás procesar!

El Beso del Cortocircuito Real

En medio del caos, Valerius logró desarmar a la Copia masculina y llegó hasta Elena. La rodeó con sus brazos, protegiéndola de una ráfaga de vapor helado que brotaba de los sistemas dañados. El contacto de su piel desnuda, pegajosa por el gel, fue más intenso que cualquier conexión neural que hubieran tenido en la simulación.

—"Tenemos que llegar a la terminal de mando de la fábrica" —dijo Valerius al oído de Elena, su aliento caliente siendo la única cosa real en ese desierto de neón—. "Si activamos el drenaje de biomasa de todas las cápsulas a la vez, provocaremos un colapso sistémico. Las Copias se quedarán sin energía de respaldo".

—Eso nos matará a nosotros también —respondió ella, mirándolo a los ojos.

—"Ya estamos muertos, General. Solo estamos decidiendo si queremos ser abono o el incendio que destruya el jardín".

Elena lo besó. No fue un beso programado por Isadora ni un requerimiento del reactor. Fue un beso de dos seres humanos que habían recuperado su identidad en el umbral de la extinción. La atracción prohibida alcanzó su forma final: el amor de los condenados.

El Giro de la Verdadera Altea

Lograron llegar a la consola principal, esquivando los ataques de las Copias que empezaban a fallar debido a la inestabilidad del servidor central. Elena introdujo el código de anulación —su fecha de nacimiento real, una que nadie más en la historia del universo conocía—.

—"Protocolo de Emergencia 2026: Reinicio de Fábrica Iniciado" —anunció la voz del sistema.

Las luces de neón se apagaron. El silencio cayó sobre el almacén infinito. Elena y Valerius se abrazaron en la oscuridad, esperando la disolución final, el regreso al polvo.

Pero la muerte no llegó.

El techo del almacén empezó a abrirse, revelando no el espacio profundo, ni el cielo de neón, sino una luz solar auténtica, una luz que quemaba de verdad. Elena se cubrió los ojos, sintiendo el calor del sol por primera vez en lo que parecieron eones.




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