Besos que Arden en Guerra

Capítulo 77: La Mercancía del Apocalipsis

El sol de la Tierra Real no era una caricia; era una acusación que quemaba la piel pálida de Elena con la saña de mil años de resentimiento acumulado.

Elena se tambaleó sobre la plataforma de mármol agrietado, apretando la nota de papel contra su pecho como si fuera el último rastro de cordura en un universo que acababa de declararse en quiebra. A su lado, Valerius observaba las naves negras de Dante & Hijos con la mirada de un hombre que ha descubierto que su guerra épica no fue más que una nota a pie de página en un balance contable. La rivalidad explosiva que los había mantenido vivos en el código se sentía ahora como un peso muerto, una atracción prohibida que los unía en el centro de una diana planetaria.

—¿Demoliciones? —Elena soltó una carcajada histérica, el sonido rebotando en las estatuas de su propio rostro que decoraban las ruinas de la ciudad—. ¿Me estás diciendo que después de Altea, de Julian, del Nivel -100 y de morir en cada maldita versión del 2026, solo somos... una estructura que estorba?

Valerius la agarró del brazo, sus dedos hundiéndose en su piel real con una urgencia que nada tenía que ver con el deseo y todo con el pánico primario.

—No somos la estructura, Elena. Somos el inventario. Mira a los niños.

Elena bajó la vista hacia la multitud de pequeños clones que los rodeaban. No tenían miedo. Sus rostros, una mezcla genética perfecta de ella y Valerius, estaban fijos en el cielo, esperando la llegada de las naves con la pasividad de quien espera el autobús.

—"Ellos no son niños" —susurró Valerius, su voz ronca por el aire cargado de polen y polvo de la ciudad muerta—. "Son unidades de almacenamiento. Cada uno de ellos lleva una parte del código que nosotros generamos en la simulación. Dante no quiere demoler el planeta; quiere cosechar la red neural que hemos cultivado con nuestro odio".

El Precio de la Carne y el Odio

La tensión emocional alcanzó un punto de ebullición cuando la nave capitana de Dante & Hijos proyectó un haz de luz sobre la plaza central. El aire vibró con una carga emocional tan pesada que Elena sintió que sus pulmones iban a colapsar. La rivalidad que la enfrentaba a Valerius se vio interrumpida por una presencia externa que trataba a ambos como ganado de alta gama.

—"Sujetos de la Versión 1.000" —una voz fluyó desde el cielo, una voz que era la de Dante, pero despojada de cualquier pretensión humana, puramente corporativa—. "Su rendimiento emocional ha superado el margen de beneficio previsto. El conflicto 'Enemigos a Amantes' ha generado un volumen de datos de alta fidelidad suficiente para alimentar el entretenimiento de la Verdadera Altea por tres siglos más. Lamentablemente, el mantenimiento de este hardware biológico es prohibitivo. Prepárense para la extracción de núcleos".

—¡No somos datos! —rugió Elena, buscando frenéticamente una entrada al sistema en las consolas de bronce de la plaza—. ¡Valerius, ayúdame! ¡Tiene que haber una forma de hackear la realidad si esta ciudad está construida sobre nuestro código!

—"Elena, detente" —Valerius la interceptó, rodeándola con sus brazos. El contacto fue una colisión de calor y desesperación. La atracción prohibida quemaba más que el sol—. "No puedes hackear el sol. No puedes ponerle un virus a la gravedad. Lo que tenemos que hacer es... darles algo que no puedan vender".

Diálogos en el Filo de la Existencia

—¿Y qué demonios es eso? —siseó ella, sus ojos verdes clavados en los grises de él.

—"Paz" —respondió Valerius, y la palabra sonó como una blasfemia en sus labios—. "Dante vive de nuestra guerra. La simulación se alimenta del ciclo de odio y deseo que nunca se resuelve. Si nos perdonamos, si dejamos de ser los protagonistas de su tragedia, la señal se vuelve plana. Nos volveremos inútiles para el mercado".

Elena lo miró como si se hubiera vuelto loco. La carga emocional de sus palabras era devastadora. ¿Perdonarlo? ¿Perdonar al hombre que había sido su verdugo, su amante, su némesis y su única constante durante mil años de mentiras?

—No sé cómo hacer eso —admitió ella, su voz rompiéndose—. El odio hacia ti es lo que me define. Es lo que mantiene mi corazón latiendo. Si dejo de odiarte, ¿qué queda de Elena?

—"Quedo yo" —susurró él, acercando su frente a la de ella—. "Y quedas tú. Sin el guion de Arquitectos Media. Solo dos personas en una montaña, esperando el fin".

El Beso de la Desconexión Final

Las naves empezaron a descender, desplegando ganchos de luz que empezaron a succionar a los niños-clones hacia las bodegas de carga. Los gritos de los pequeños, modulados en la misma frecuencia que los de Elena y Valerius, llenaron el aire de una agonía sinfónica.

—"Treinta segundos para el inicio de la demolición planetaria" —anunció el sistema.

Elena miró a Valerius. La rivalidad explosiva dio su último coletazo antes de morir. Se lanzó a sus brazos y lo besó. Pero no fue el beso de guerra de los capítulos anteriores. No hubo mordiscos, ni lucha por el poder, ni la electricidad del conflicto. Fue un beso lento, cargado de una piedad profunda, de una rendición total. Fue el beso de dos enemigos que decidían, por primera vez, dejar de pelear.

La carga emocional fue tan pura que el aire alrededor de ellos dejó de vibrar. Las consolas de bronce se apagaron. Los ganchos de luz de las naves parpadearon.

—"Error de señal" —la voz de Dante sonó distorsionada, llena de estática—. "Contenido emocional no apto para el público. El pico de resentimiento ha caído a cero. Los sujetos están... aburriendo a la audiencia. Abortar cosecha. Proceder a la incineración de emergencia".




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