Besos que Arden en Guerra

Capítulo 79: El Cadalso de la Memoria

La mirada de Valerius a través de la pantalla no era la de un hijo, ni la de un paciente, ni la de un criminal; era la de un hombre que había sido diseccionado vivo en el nombre de la justicia y que, aún así, guardaba un cuchillo bajo la lengua.

Elena soltó la tableta, que impactó contra el suelo de cristal de la habitación con un chasquido sordo. La palabra "Mamá" seguía vibrando en el aire, una blasfemia semántica lanzada por el joven de ojos verdes que la observaba con una calma aterradora. El mundo de las tres lunas, la paz de la Verdadera Altea y su propia alianza de boda eran una nueva jaula, una más sofisticada que el búnker o la estación espacial, pero tejida con el mismo hilo: la manipulación del deseo.

—No te acerques —siseó Elena, retrocediendo hacia la consola de la celda de cristal. Su mente, todavía fragmentada por los residuos de la simulación, buscaba instintivamente la empuñadura de un cuchillo que ya no estaba allí.

—¿Sigues en el "modo General", madre? —El joven sonrió, una expresión que era una copia exacta de la de ella cuando planeaba un sabotaje—. El tratamiento de choque ha sido más profundo de lo que el Consejo predijo. Te enviaron para extraer la ubicación de la flota rebelde de la mente de Valerius, no para convertirte en su mártir. Él no es tu amante. Es el hombre que asesinó a mi padre. Es el enemigo del Estado.

La Anatomía de la Mentira Suprema

La tensión emocional alcanzó el punto de rotura. Elena miró a Valerius en la pantalla. Él estaba encadenado a una silla de inducción neural, con el uniforme de prisionero manchado de un sudor real. La rivalidad explosiva que los había mantenido en pie durante setenta y ocho capítulos se sentía ahora como un veneno dulce. ¿Cómo podía ser él un asesino si ella recordaba el calor de su cuerpo protegiéndola del vacío? ¿Cómo podía ser ella su verdugo si recordaba su beso como el único oxígeno disponible?

—"Dile la verdad, Elena" —la voz de Valerius salió de los altavoces de la celda, ronca, cargada de una carga emocional que desafiaba cualquier diagnóstico de criminalidad—. "Dile a tu 'hijo' que el Consejo te borró la memoria para que pudieras entrar en mi mente sin remordimientos. Dile que no soy un asesino, sino el único hombre que sabe que este mundo de tres lunas es una necrópolis de cristal".

—¡Silencio! —gritó el joven, activando un comando en su propia muñeca.

Valerius se arqueó en la silla mientras una descarga azul recorría sus sienes. Elena sintió el dolor en sus propios nervios; la sincronización no se había roto. La atracción prohibida seguía siendo el puente por el que viajaba la agonía.

Rivalidad en la Realidad Superior

Elena se lanzó sobre la consola, sus dedos volando sobre el teclado holográfico con la destreza que solo mil años de guerra simulada podían otorgar. No le importaba quién era el joven, ni si la alianza en su dedo era real. Lo único real era el hombre que estaba siendo borrado segundo a segundo.

—Si él muere, yo muero con él —amenazó Elena, mirando a su supuesto hijo—. He pasado eones odiándolo y amándolo en la oscuridad. ¿Crees que me importa tu "paz" o tu "Estado"?

—Estás enferma, mamá —dijo el joven, su voz volviéndose gélida—. El síndrome de Estocolmo digital ha devorado tu cerebro. Valerius no es un rebelde; es un error de código en la vida real. Y tú eres la arquitecta que debe borrarlo.

—Entonces soy una arquitecta que va a demoler este edificio —replicó ella.

En un movimiento relámpago, Elena no intentó liberar a Valerius. En lugar de eso, inyectó el virus que Valerius le había dado en el "Capítulo 72" —el que ella creía que era para despertar— directamente en el núcleo de la Realidad Superior.

El Beso del Colapso Total

La habitación tembló. Las tres lunas en el cielo empezaron a parpadear, revelando los píxeles ocultos tras la atmósfera. El joven gritó, su cuerpo empezando a distorsionarse mientras el entorno perdía resolución.

—¡Elena, detente! —rugió la voz de Isadora, surgiendo de la nada—. ¡Si destruyes el servidor de la Realidad Superior, no quedará ningún lugar a donde ir! ¡La Tierra murió hace milenios!

—Entonces moriremos en la verdad —respondió Elena.

Corrió hacia la celda física de Valerius, rompiendo el sello de cristal con una silla de metal. Se lanzó sobre él, desgarrando los cables que lo unían a la máquina. Valerius cayó en sus brazos, pesado, real, con el corazón latiendo desbocado contra el suyo. La atracción prohibida alcanzó su clímax: ya no eran General y Arquitecta, ni madre y criminal. Eran dos chispas de conciencia negándose a apagarse.

Elena lo tomó por el rostro y lo besó. Fue un beso que sabía a estática, a sangre y a libertad. Un beso que desafiaba al Estado, al tiempo y a la propia lógica de su existencia.

—"Lo lograste..." —susurró Valerius, abriendo sus ojos grises, ahora limpios de cualquier sombra de simulación—. "Pero el precio es el final de todo".

El Giro del Último Hombre

Elena miró a su alrededor. El mundo de la Realidad Superior se estaba desmoronando, cayendo en pedazos de luz blanca. Su hijo había desaparecido. Isadora había desaparecido. Solo quedaban ella, Valerius y la silla de inducción.

Pero entonces, el giro final la golpeó como un disparo al corazón.

Valerius se levantó, pero no la abrazó. Caminó hacia la consola que Elena había usado y activó una pantalla oculta que solo él conocía. En la pantalla, se veía el registro de los sujetos de la simulación 80.




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