La noche es un lienzo negro salpicado de luces distantes.
Dentro del auto, el aire es denso, repleto de gritos y de un odio que parece tangible.
—¡Antonella, detente! —la voz de Camila de Santoro tiembla; por dentro la carcome el miedo por perder la vida que crece dentro de ella—. ¡Piensa en mi hijo!
Antonella Castellani sonríe, una sonrisa rota, peligrosa, y sus ojos están desquiciados. Sus manos aprietan el volante con la mirada desquiciada.
—¿Tu hijo? —escupe las palabras que le queman la garganta—. Yo también pensé en lo mío. Stéfano era mío, pero tú y ese bastardo me lo quitaron.
Camila intenta sujetar el volante. Sus dedos se aferran desesperados, pero Antonella la empuja; ambas se golpean tratando de mantener el control del vehículo mientras este se mueve por la carretera solitaria de un lado a otro.
—¡No te voy a dejar matarme! Estás loca. Tú te metiste en nuestro matrimonio, eras mi amiga —grita la embarazada, llena de terror; sus lágrimas decoran su rostro y su corazón está acelerado. No quiere perder a su hijo no nacido y piensa en la pequeña de cuatro años que tiene en casa, a la que, por dejarse llevar por Antonella, no le dio el amor que merecía.
—Eso lo veremos, estúpida; jamás fui tu amiga. Él se fijó en mí, lo sé, pero tú, con tu carita de mosca muerta, tenías que quitármelo —grita, jalando el volante a la derecha; el golpe hace que la mujer embarazada de cabello rubio se golpee un costado con el auto.
—Ahh... ¡Mi bebé! —solloza de dolor, y varias puntadas se instalan en su vientre; enseguida el miedo la aborda.
—Ojalá se muera igual que tú. Me iré lejos y, cuando esté desconsolado por tu muerte, vendré para convertirme en la señora Santoro —se ríe con demencia, desquiciada; sus ojos, muy abiertos y fijos, dan terror al mirarla.
El chirrido de las llantas muerde el asfalto cuando Antonella, fuera de control, da un volantazo. El coche se balancea. Camila grita. Los faros de un camión iluminan por un instante la cabina antes de que todo se vuelva caos; un claxon suena fuerte antes del impacto.
Varios sonidos cortan el silencio de la noche: los vidrios del parabrisas volando, el metal doblándose, los gritos y el chirrido de las ruedas al patinar por la carretera. Un olor a gasolina invade el aire y ambas lo perciben; Camila se golpea la cabeza por las vueltas a causa del choque.
El auto da una última vuelta sobre sí mismo y queda volcado en medio de la carretera. Camila cuelga del cinturón de seguridad, la sangre manchando su vestido. Antonella, aturdida, respira agitada.
—Maldición… —murmura, intentando zafarse del cinturón, al igual que Camila, quien a duras penas se puede mover.
El hombre del camión, lastimado, sale corriendo para auxiliarlas, pero el chisporroteo del motor anuncia lo inevitable. Una lengua de fuego se arrastra desde el capó. Camila se suelta y apenas alcanza a abrir los labios.
—Stéfano… te amo.
La explosión corta el aire con un rugido y ambas mujeres salen disparadas; el hombre cae hacia atrás por el impacto, el miedo lo consume y la impresión lo deja en shock.
En otro lugar de Italia, Stéfano Santoro está en su despacho; siente una opresión en el pecho que lo ahoga, no termina de entender lo que le pasa, cuando su teléfono suena.
—¿Señor Santoro? Ha habido un accidente. Su esposa…
El mundo se le contrae. El ruido alrededor desaparece; el corazón palpita contra su pecho y se parte en mil pedazos.
En el hospital, el olor a desinfectante no logra borrar el de la tragedia. Stéfano entra, y lo que ve le parte el alma: Camila, cubierta con una sábana blanca. Un hombre detrás de él le da indicaciones.
—Por los documentos, es su esposa, señor Santoro, pero debe reconocerla —las palabras del sujeto lo golpean, inyectándole miedo; su cuerpo se estremece y su mano tiembla al tocar la tela. Cierra los ojos con fuerza una vez descubre su rostro. Cuando los abre, se le llenan de lágrimas.
—¡Camila! —el grito es desgarrador y rompe con el silencio de la habitación; una ola de desesperación lo invade. Grita y la aprieta contra su pecho—. Mi amor... —acaricia el rostro de su esposa con los dedos; esta está un poco quemada y lastimada, con moretones; ya no tiene su vientre abultado. Le sacaron el bebé de siete meses, el cual murió en el impacto.
—Hicimos lo posible, pero el golpe la mató al instante; salió disparada. Tenía esto en la mano —le entrega un collar; una furia incontrolable lo aborda, haciéndolo apretar su mandíbula.
—¿Quién estaba con ella? —hay odio en cada frase.
—No encontraron a nadie más, pero el hombre del camión dijo que forcejeaba con otra mujer y el auto se metió en su carril —un dolor inmenso lo consume, acompañado de la culpa; al oír aquello, comprende que fue esa mujer. El collar es inconfundible, él mismo se lo regaló a su amante, esa mujer que entró en su vida cuando su matrimonio tambaleó; fue egoísta y solo pensó en él, y ahora lo ha pagado caro.
*No me puedes dejar o juro que soy capaz de matarla, no me conoces, Stéfano* el recuerdo de su última discusión con Antonella lo atormenta.
—Mi amor, perdóname; por mi culpa nuestra pequeña ha quedado sin ti y sin su hermanito —solloza abrazando el cuerpo sin vida. Lágrimas gruesas mojan el cadáver; no sabe cuánto tiempo pasa así.
—Señor, debe salir —anuncia el mismo hombre, y sale de allí destrozado; recuerdos bailan en su mente, tanto buenos como malos: el día que las conoció a ambas, pero fue Camila quien le robó el corazón, su boda, las risas, su primer embarazo... Pero también llega el recuerdo del nacimiento de su hija, la depresión posparto y el momento en que todo empezó a cambiar, los desaires hacia la bebé y la rabia que a él le daba.
Toma su auto yendo a toda prisa a la delegación; necesita corroborar sus sospechas. Cuando llega, puede hablar con el chófer del camión; este le cuenta todo y le pide perdón: él iba en su carril y ellas se le lanzaron encima, la mujer de cabello negro manejaba y la otra mujer luchaba.