Italia, un año después.
La ciudad se cubre con la bruma gris del amanecer y los edificios de cristal reflejan una luz fría. Stéfano Santoro camina por la terraza de su oficina, en lo alto de uno de los edificios más importantes de la ciudad, observando los negocios que parecen prosperar bajo su control. Sus ojos azules no muestran emociones, solo una concentración animal. Todo movimiento en su mundo financiero está calculado, la mínima decisión es un golpe silencioso a quienes se interpongan. Nada ni nadie queda intacto.
Desde hace meses, su obsesión con Antonella crece con la misma intensidad que su implacable ascenso en los negocios. El contacto con la familia Castellani es una estrategia, toda conversación un intento de sacarle información a Antonio Castellani, el padre de Antonella.
Stéfano no se detiene ante nada: golpes financieros, sabotajes legales, rumores sembrados. El padre de Antonella se resiste, es un muro que parece infranqueable, pero Stéfano no conoce la palabra derrota; el hombre dice no saber dónde está su hija, pero él sigue llevándolo a la ruina para presionarlo.
En su oficina, con la luz matinal filtrándose a través de las persianas, Stéfano revisa los informes de su última ofensiva: un conglomerado de empresas en quiebra, inversiones que colapsan y competidores debilitados. Su mente analiza los detalles, las debilidades que puede aprovechar. No hay espacio para dudas ni piedad. El teléfono de su despacho suena, cortando el silencio de la mañana.
—Señor Santoro, debo informarle que el informe sobre los Castellani no arroja nada nuevo —informa su asistente con voz tensa—. No hay rastros de Antonella.
Stéfano aprieta la mandíbula, sus manos se cierran en puños y sus nudillos se tornan blancos. No puede permitirse fallar. Toda estrategia que ha ejecutado tiene un propósito, un mismo objetivo: encontrar a la mujer que destruyó su mundo.
—Continúa investigando, que para eso te pago millones —su tono no admite réplica—. No importa cuánto tiempo tome, hay que encontrarla.
Se acomoda en su asiento de cuero y toma el vaso de whisky a su lado, el trago arde, pero antes de arrugar el rostro eleva una de las comisuras de sus labios. Toma el informe del escritorio: veinte millones de dólares en pérdidas para los Castellani.
Saca el del mes pasado y fue poco más de la mitad de este mes...
—Te voy a hacer pedazos.
Una secretaria toca la puerta y espera la orden para entrar.
—Señor Santoro, le recuerdo que hoy es la reunión con el señor Antonio.
—Bien, cancela todas mis juntas, hablaré largo y tendido con esa basura.
La reunión con Antonio ocurre en el despacho de la mansión Castellani. Al entrar, el cuerpo se le tensa, le dan la bienvenida y frunce el ceño recordando sus visitas a esa desgraciada mujer, un retrato a mitad del salón lo detiene, es ella. Antonella en un vestido rojo, su cabello liso negro azabache y sus ojos remarcados con delineador, los labios color vino oscuro como el alma de ella y su piel pálida recordándole su estupidez.
Se apresura a salir de allí, se dirige al despacho, un lugar neutral, discreto donde Antonio lo espera.
Se sienta con la espalda recta y la mirada fija, aunque su rostro muestra la tensión de meses de presión constante. Eleva la comisura izquierda un segundo, no es una inclinación completa, es más algo sutil.
Antonio juguetea con sus dedos y mueve sus ojos a todos lados, su cuerpo se descontrola ante la intensidad del sujeto sereno frente a él.
—Necesito respuestas, Castellani. ¿Cómo va tu empresa? —su hombro tiembla por la risa corta.
—Ya te he dicho que no sé dónde está, todos estamos muy preocupados; si de verdad venía en ese auto con tu esposa, tal vez al salir disparada también murió —las palabras de Antonio, temblorosas, intentando mantenerse estable, pero sus ojos revelan un ligero temblor de preocupación y dolor. El solo hecho de saber a su hija muerta le arde; una vez vio a su mujer marchitarse y no soporta verla de nuevo hacer lo mismo.
Stéfano sonríe apenas, una curva mínima, fría. Su rostro es un elemento de cálculo para desestabilizar a su presa. No hay emoción, solo estrategia.
—Antonio, no me gusta perder mi tiempo —susurra Stéfano—. Semana tras semana sin noticias de Antonella es una oportunidad que se pierde. Y tú sabes que puedo hacer que tus empresas se tambaleen hasta derrumbarlas.
—¡Ya lo estás haciendo! No me puedes arrastrar solo por tu obsesión de venganza.
Stéfano suelta una carcajada seca y ronca.
—Sí puedo, y cada vez queda menos de tu apellido.
El hombre traga saliva, el sonido es audible por la creciente tensión y silencio. Es consciente de que las amenazas de Stéfano no son vacías.
Santoro sale del lugar con el mentón arriba, se cruza con Anabella, la madre de Antonella, y hace una mueca de asco antes de salir de la propiedad.
Dos días después los teléfonos de Antonio suenan sin parar.
—Maldición, ¿qué ocurre ahora? —grita el hombre de cincuenta y dos años.
—Señor Castellani, soy Inez, la entrada de la empresa está rodeada de periodistas, hay demandas por fraude y gente que dice fue agraviada por usted.
Antonio se pasó las manos por su cabello oscuro apenas con algunos toques cenizas en sus sienes. Los ojos azules son dos esferas fijas que quieren escapar de su cara.
—No los dejes entrar, llama a los abogados y que contraataquen, yo no he acosado a ninguna mujer, Santoro no me va a joder esta vez.
Mientras tanto, Stéfano observa desde su torre de cristal cómo todo el mundo que rodea a los Castellani se tambalea. Sus movimientos son invisibles pero letales, y él lo sabe. Los detalles y las decisiones que toma la familia Castellani son pasos que lo acercan al paradero de su obsesión.
Pasaron meses de acoso silencioso, de manipulación meticulosa. Stéfano no da señales de descanso. Sus noches se consumen revisando datos, rastreando pistas, y su mente no deja de reproducir imágenes del accidente, de Camila y de Antonella. Una parte de él se ha endurecido hasta volverse impenetrable, una máquina de frialdad. Sus relaciones con socios y rivales cambian: él dicta las reglas, impone su voluntad y, sin necesidad de palabras, se convierte en un ser temido. Pero al llegar a casa es ese hombre dañado, lastimado por la vida; su pequeña apenas habla y es más retraída que antes. Y aunque su madre nunca le dio ese amor que ella necesitaba, ha resentido mucho la muerte de ella.