Bodas de odio

Tres

El sonido de un monitor cardíaco resuena en la habitación blanca. Un pitido constante rompe el silencio. El olor a desinfectante impregna el aire y una mujer en una camilla abre lentamente sus ojos azules. Antonella. Las luces del techo la encandilan. Parpadea varias veces, confundida. Intenta moverse, pero el cuerpo no le responde como quisiera.

Mueve uno de sus dedos primero apenas un centímetro, pero es un avance. Tarda al menos veinte minutos en recuperar el control de ella.

—¿Dónde… estoy? —murmura, su garganta seca y la voz rasposa. Traga un poco y le duele al hacerlo con una sensación de púas bajando por su conducto.

Un médico de bata blanca se acerca de inmediato, alto, cabello oscuro y canas esparcidas en su cabello.

—Señorita Castellani, tranquilícese. Está en el hospital. Tuvo un accidente.

Abre los ojos y los mueve de un lado a otro buscando alguna explicación coherente, pero al buscar en su cabeza no hay nada más que vacío.

—No… no recuerdo nada —tose un poco con dificultad—. Ni siquiera sé quién soy —parpadea al darse cuenta de que no recuerda nada, su cabeza es un desierto oscuro y ella alguien perdido.

El doctor revisa el monitor, anota algo en la carpeta y luego con una linterna tubular alumbra sus ojos.

—Eso es normal en su condición. Debe calmarse, señorita.

Las puertas se abren de golpe. Un hombre de al menos metro ochenta entra primero, Antonio Castellani, traje oscuro, rostro cansado, ojos encendidos de preocupación. Tras él, Anabella, su esposa, con lágrimas que no logra disimular.

—¡Antonella! —exclama Antonio, acercándose al borde de la cama. Respira por fin al verla viva; fueron meses de zozobra.

Anabella ignora todo protocolo, corre hacia su hija y la envuelve en un abrazo largo, sofocante, con las manos temblorosas acariciándole el rostro. Sus lágrimas le mojan el cabello y no la suelta.

—Mi niña… mi niña… gracias a Dios… —suspira y su corazón se alegra y salta desbocado. Algo en ella se siente completo.

Antonio observa, incómodo, la escena.

—Anabella, por favor, déjala respirar. Entiendo tu angustia, pero nunca la has tratado así —mira de reojo a su esposa; la relación entre ellas no es muy amorosa.

Ella no responde. Solo aprieta más a su hija, aferrándose a su cuerpo delgado y débil, porque algo se instala en su pecho al pensar en volver a perderla.

Antonella se queda rígida. El contacto le resulta extraño. No reconoce a esa mujer que la llama hija, a pesar de que su cabello es oscuro igual al de ella. Tampoco al hombre que dice ser su padre. Pero no agrega nada. Solo mira alrededor, perdida, buscando en ellos aunque sea un pequeño recuerdo; sin embargo, no halla nada.

—Tranquila —continúa el médico—. Su familia está aquí. No tiene de qué preocuparse, ellos son sus padres.

—Doctor, ¿qué tiene mi hija? Vine tan rápido como me avisaron —el padre de la joven habla con la preocupación tiñendo sus palabras.

—Recibió un fuerte golpe en la cabeza en un accidente automovilístico. Tiene un hematoma subdural, una inflamación en el cerebro que afecta su memoria. Puede durar días… meses… incluso años. No podemos asegurar si recuperará sus recuerdos —los padres de ella se quedan helados y Antonella intercala su vista del doctor hacia la pareja. Un vacío en su pecho le duele: no quiere vivir en la oscuridad toda la vida.

—¿Y cuándo podemos llevarla a casa? —esta vez es la madre de la joven la que interrumpe.

—La tendremos un par de días más y después pueden llevársela. Es necesario tenerla más tiempo en observación, aunque fuera de su memoria y los moretones en su cuerpo, está muy bien —anuncia el doctor. Su padre la detalla: su cabello negro está un poco envuelto en una venda; en el brazo derecho y en varias partes de su cuerpo también tiene.

El pecho se le aprieta. Sabe que su hija es una joven caprichosa, pero no la quiere ver mal.

El doctor va a diario a revisarla y aunque el hematoma no cede no encuentran nada más que le impida irse.

Una vez dada de alta es llevada a la mansión Castellani.

Antonella se tensa las veces que la van a agarrar y por reflejo contrae su cuerpo o se aleja hasta que se siente segura y se deja.

Un auto negro los espera y los lleva a un avión, el viaje dura varias horas en las cuales ella decide dormir para no seguir forzándose a recordar cuando su mente no colabora.

Después de aterrizar, veinte minutos más tarde, una mansión lujosa les da la bienvenida, ella la detalla a lo lejos y una sonrisa se le pinta en el rostro.

—Bienvenida a casa, mi niña. ¿No recuerdas nada? —pregunta su madre, y ella niega con una sonrisa tímida.

—No, lo siento… pero nada me parece familiar —niega tomando una de las ondas de su cabello y juguetea con ella detallando todo lo que ve.

—Te mostraré tu habitación —la mujer la guía a través de la propiedad. Paredes blancas y marfil se alzan ante sus ojos. Olores varios llegan a su nariz y sonríe, le agrada el lugar.

Su madre la lleva escaleras arriba hasta su habitación. Cuando la puerta se abre, su ceño se frunce.

Sus ojos bailan por los alrededores y la combinación de colores no le gusta. Dos paredes son marfil, pero otras dos son de color vino tinto. La cama, un sofá y el armario son del mismo tono. Hasta las cobijas de seda lo son. También hay mucho brillo. Cristales en la peinadora y el espejo; a donde mira, consigue lo mismo.

—¿Aquí duermo? —pregunta con la frente arrugada, y la risa de su padre la sorprende; no lo siente entrar.

—Sí, preciosa… Siempre te dije que era muy oscuro, pero son tus gustos —acaricia su espalda sin borrar la sonrisa. La expresión en el rostro de su hija les provoca gracia.

—¿Se puede cambiar? Tal vez algo menos… llamativo —arruga frente y nariz y su madre se acerca rodeándola con un brazo; no puede separarse de ella, cada vez que la tiene cerca su corazón se acelera de alegría.

—Por supuesto que sí, princesa. Comencemos por las sábanas.




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