Bodas de odio

Cuatro

Después del encuentro con ese hombre en el despacho de su padre, Antonella está preocupada; va directo a su habitación y se tira en la cama. Suspira y observa la decoración. Ese lugar le parece asfixiante, se levanta de golpe tratando de recordar algo, camina hacia el armario y comienza a sacar atuendos que no reconoce: faldas demasiado cortas, blusas con escote enorme, vestidos que apenas cubren su piel.

«¿Yo usaba esto?» Niega una y otra vez. Se acerca a la peinadora vino tinto, el marco del espejo es beige con luces alrededor. Abre un joyero plateado y las joyas que consigue no le llaman la atención.

—Recuerda, por favor, recuerda algo… —se golpea la frente con la punta de los dedos.

Abre los botes de cremas y aspira los perfumes; son demasiado dulces y entonces arruga la nariz. Pone las manos en la peinadora y se ve al espejo, no reconoce a la mujer delante de ella.

—¿Quién eres? —Lágrimas corren por su rostro, se estruja la cara con ambas manos y llegan recordando las palabras de su prima y las de ese hombre: «Es una asesina, es una persona cruel».

Sigue revisando y, de una gaveta, saca ropa íntima muy diminuta y más joyas, anillos. Una de las prendas de diamantes cae al fondo de la madera y hace un sonido hueco.

Frunce el ceño y golpea dos veces el fondo de la madera con los nudillos. Un sonido seco es lo que consigue y comienza a sacar toda la ropa. Hay una pequeña ranura por donde meter sus dedos, jala la tapa: es un compartimento secreto, un falso fondo.

—¿Qué es esto? —abre un sobre amarillento, saca unas fotos y las aparta. Toma el primer archivo que está en una carpeta marrón y lo revisa.

—¿Qué es todo esto, Dios mío? —Cada cosa que leen sus ojos es peor que la anterior.

Hay datos, pruebas, sacaba dinero de las cuentas de su familia por lo poco que entiende; hay campañas enteras y lo que parecen estrategias de venta a nombre de otra empresa.

—¿Pero qué clase de mujer soy yo? Robar y vender a mi propia familia… —Niega sintiendo más lágrimas rodar por su piel y caer en los papeles. Toma una fotografía: es ella, está al lado de un joven. El hombre tiene el cabello rubio y los ojos verdes esmeralda. Pasea sus dedos por encima y no se reconoce: es ella, pero diferente, sus facciones son más duras y esa mirada es cruel. Aleja la fotografía, sintiendo asco de sí misma.

—Por eso me odian... Por Dios.

Hay una tablet, tiene un forro repleto de glitter y algo de polvo, la enciende; solo desliza su dedo por la pantalla y el contenido se abre. Hay fotografías con varios hombres diferentes. Se mete en más archivos y se tapa la boca cuando llega a los videos.

—¡Santísimo! —Se aleja del aparato, parece que le quemara al tocarlo. Sus jadeos y gemidos llenan la habitación. Se acerca y empieza a apretar en todos los lados de la pantalla, pero el video no se detiene. Suspira, lo aprieta de lado y la pantalla queda en negro.

Su corazón palpita, respira de manera acelerada, niega una y otra vez.

—Soy un monstruo —se agarra la cabeza tratando de recordar—. Eres una perra despreciable —se dice a sí misma en el espejo, colocando el dedo en la imagen reflejada frente a ella—. Eres una basura y te mereces todo lo que te hagan —continúa con el rostro lleno de lágrimas.

Sus sollozos ahora son más fuertes que los gemidos que escuchó hace un rato. Una ola de náuseas la recorre. Es una persona horrible, un ser sin valor.

Regresa a su cama y se acuesta boca abajo hasta quedarse dormida.

—Bebé, ¿estás bien? Es papá —tocan la puerta, pero no contesta, solo quiere desaparecer.

—Debí morir en ese accidente... —susurra.

Días después

Antonella ha pasado días muy oscuros, sigue con sus pensamientos en blanco. Stéfano ha estado preparando todo. Italia habla de la gran unión entre los Santoro y los Castellani, pero el padre de la joven sabe que va directo al matadero: Stéfano es un hombre cruel que no se tocará el corazón para lastimar a su hija.

El día de la boda llega y Antonio se encuentra recostado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, en su rostro una arruga profunda daña sus facciones marcadas.

Su hija yace frente a él. Un vestido blanco sencillo descansa en su cuerpo; su figura deslumbra bajo la delicada tela. Es de encaje y corte sirena; las mangas están debajo de los hombros, hechas con transparencia y algunos bordados de flores. El escote tiene forma de corazón y una pequeña cola se arrastra a su paso.

Antonella pasea sus dedos por la costosa tela. «Este color es una burla, siendo yo tan... perversa».

—¿Qué ocurre, cariño? —su padre se acerca al percatarse de su expresión.

—El vestido... —susurra desviando su mirada.

Una sonrisa se dibuja en el rostro de su padre.

—Te hubiese gustado algo más glamoroso, cariño. Lo siento, el tiempo...

Ella niega rápido.

—No, padre, el vestido es hermoso. Pero yo... No merezco este color... Debió ser negro como mi alma —lágrimas se aglomeran en fila queriendo salir.

—No, cariño. No digas eso, todos nos equivocamos... —trata de tranquilizarla, sin embargo sabe que ella tiene razón.

Ella sonríe tratando de hallar en el reflejo a la mujer que dicen que es. En su lugar hay alguien diferente. Su rostro pálido y delicado y el maquillaje de hoy es tan sutil que solo la hace parecer un ángel.

Su madre entra a la habitación, lleva las manos a su boca y solloza.

—Estás preciosa, bebé —se acerca y la abraza, algo en su pecho duele—. Deberías volver a desaparecer, mi niña, vámonos lejos, ese demente quiere acabar contigo… —solloza.

Antonio aprieta los puños.

—Prefiero que muestre las supuestas pruebas de lo que dice y te metan a la cárcel —la voz hace que gire su rostro hacia él.

—No, eso no… —Anabella la abraza de nuevo, pero Antonella sonríe.

—Mamá, papá, si fui capaz de hacer esas cosas, es lo mejor, debo pagar mi deuda con la justicia —interviene Antonella. Ella no sabe lo que le espera, pero lo mejor sería la cárcel.




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