El salón principal de la mansión Castellani brilla bajo las arañas de cristal. Las flores blancas, dispuestas en columnas, inundan el aire con un perfume dulce. Una música suave de cuerdas marca el ritmo solemne de la ceremonia. Nadie sospecha. Nadie, excepto los pocos que conocen la verdad de esta farsa.
Antonella camina con su padre, Antonio Castellani. Tiene el rostro endurecido, aunque en sus ojos hay un mar de dolor. Su hija tiembla apenas, pero mantiene la cabeza erguida. El vestido blanco cae cual río de seda. Cada paso que da retumba en el suelo de mármol; el eco le advierte que retroceda, pero no lo hace.
Stefano Santoro, erguido frente al juez, la observa. Sus ojos oscuros hoy son cuchillas que la atraviesan. No hay ternura, ni deseo, solo furia acumulada. El juez, ajeno a todo, sonríe y abre el acta.
—Estamos aquí reunidos para celebrar la unión civil de Stefano Santoro y Antonella Castellani —su voz profesional retumba en el salón—. Dos familias se unen hoy en matrimonio, dos caminos se convierten en uno.
Los invitados asienten y sonríen emocionados. Algunos murmuran sobre lo majestuosa que se ve Antonella; otros comentan que Santoro está más apuesto que nunca. Solo Antonio y Anabella saben que esas palabras son una farsa. Anabella aprieta un pañuelo contra sus labios, temblando, trata de controlarse; sin embargo, pequeñas grietas se dejan ver por los ojos más curiosos.
El juez continúa con el discurso protocolar. Habla de amor, de compromiso, de respeto. Sus palabras parecen una burla. Stefano no aparta la vista de Antonella. Ella baja los ojos, incapaz de sostenerlos. El silencio entre ambos es más elocuente que cualquier frase.
—Señor Santoro —dice el juez—, ¿acepta usted por esposa a Antonella Castellani, para amarla y respetarla, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, todos los días de su vida?
Stefano aprieta la mandíbula. Su voz es firme, cortante y sin titubeos. Se acerca más a ella hasta dejar sus labios a centímetros de su oído. La gente aplaude y disfruta de un espectáculo que da un hombre enamorado sin tener la menor idea de qué sucede de verdad.
—Prometo odiarte, irrespetarte, humillarte y reducirte a nada hasta que sientas el dolor de mi única esposa, Camila. Bienvenida a tu maldito infierno, Antonella —susurra solo para ella y se aleja con una sonrisa practicada—. Sí, acepto —esa es su respuesta, que todos escuchan.
Sonidos de ternura resuenan desde atrás sin saber que el verdadero objetivo es hacer que se suicide.
El juez sonríe y se vuelve hacia Antonella.
—Señora Castellani, ¿acepta usted por esposo a Stefano Santoro…?
Las palabras flotan en el aire. Antonella mira las paredes y el techo; en su cabeza parecen cerrarse y la respiración se le corta. Su corazón es un tambor golpeando su pecho. Mira a su padre, que la sostiene desde su puesto con la mirada, rogando que diga que no. Luego lleva su vista a su madre, quien llora en silencio, pero no tiene otro remedio que salvar a su familia con su sufrimiento. Regresa su atención al verdugo de traje a medida, que la fulmina con la esquina del labio tirada a la derecha un poco y la mirada entornada. Un nudo la ahoga. Su voz tiembla.
—Sí… acepto.
Las palmas de los invitados hacen que el salón retumbe. Los invitados se levantan, emocionados, sin saber que ella acaba de sellar su condena. El juez les entrega las plumas. Primero Stefano firma con un trazo duro, a nada de romper el papel. Luego Antonella. Sus dedos apenas pueden sostener el bolígrafo. El juez sonríe satisfecho y declara:
—Quedan unidos en matrimonio por la ley. Puede besar a la novia.
Stefano la toma del mentón y la obliga a alzar la cara. No hay ternura en sus labios. El beso es una sentencia, frío, fiero, una marca de propiedad. Ella se estremece, pero no con deseo, solo lo repudia; se remueve un poco, pero el agarre es brutal. Los aplausos y vítores llenan la sala, pero en sus oídos solo resuena el latido desbocado de su propio corazón.
—Felicidades, Antonella, tu sueño de ser una Santoro se ha cumplido —eleva una comisura y la recorre con una mueca de asco.
La fiesta comienza. Las copas de champaña tintinean, la música crece, y los invitados celebran con alegría desbordada. Mesas cubiertas de manjares, candelabros dorados, risas y bailes. Todo parece perfecto. Demasiado para ser cierto.
Antonella sonríe a los invitados, responde cortesmente, tratando de seguir el guion. Pero su sonrisa no alcanza los ojos. Cada movimiento suyo es delicado, ajeno a la mujer altiva que todos conocían. Stefano la observa desde lejos, con una copa en la mano. No aparta la mirada. Los gestos suyos le resultan extraños.
Una niña se acerca y le entrega flores. Antonella se agacha, acaricia su mejilla y le sonríe con ternura.
—Gracias, preciosa —las lleva a su nariz y suspira.
Stefano arruga el ceño.
—La Antonella que yo conozco jamás haría eso, detesta a los niños —murmura, solo para él, pensando en Stefania.
Más tarde, ella rechaza el vino. Toma solo agua. Conversa con su madre en voz baja, acaricia sus manos, como una niña asustada. Stefano aprieta la copa con tanta fuerza que teme romperla.
≪¿Qué demonios estás tramando?≫, piensa, con un nudo de rabia en la garganta.
Espera que se aleje de su familia, la sigue con atención sin perderla de vista. Antonella se aleja y es allí cuando se acerca por detrás, sonríe fingiendo amabilidad y le toma el brazo, sus dedos apretando de más su carne. Susurra cerca de su oído:
—Basta de sonrisas baratas. Ven conmigo.
Ella lo mira aterrada, pero obedece. Camina con él hacia una puerta lateral, lejos de los ojos de los invitados. Una vez afuera, Stefano suelta la máscara de novio abnegado. La empuja contra la puerta de un auto negro que espera encendido.
—Sube.
—¿Qué… qué haces? —balbucea Antonella.
Él la empuja de nuevo, esta vez con más ganas.