Bodas de odio

Seis

En la mansión Santoro, las miradas llenas de juicio no se apartan de Antonella; unos conocen perfectamente la relación que mantuvo con Stéfano antes de morir su esposa y están confabulados con la madre del señor para poder hacerle la vida imposible. Otros la miran con lástima; han oído todo lo que el hombre desea hacerle, solo los más antiguos de la mansión, quienes saben los secretos que esconden esas paredes, no la juzgan, pero tampoco la apoyan, porque errores han cometido todos y solo el destino se encargará de cada uno de ellos.

Stéfano la sujeta fuerte y sube con ella las escaleras. A Antonella se le forma un nudo en la garganta y sus ojos están empozados por las lágrimas que desean salir.

≪¿Cómo demonios terminé con alguien así?≫ Su cabeza no entiende por qué la odian tanto ni por qué no recuerda.

El hombre a su lado, aunque guapo, no le transmite esa sensación de locura que le dicen que siente por él; no le atrae de ninguna manera, solo percibe un deseo inmenso de salir corriendo, lejos de él y de toda esta gente que no conoce.

—Te estoy hablando, no me ignores —la lanza en la cama; su cuerpo impacta contra la suave textura y ella se queja.— Mañana vendrá mi madre, mi hermana y mi hija. No te vas a meter con ellas —se acerca, su rostro quedando a centímetros del de ella. Camina por la habitación y gira abriendo sus brazos para mostrarle el lugar.

—¿Te gusta? Aquí dormías antes, desgraciada; aquí muchas veces me pediste que dejara a Camila. ¿No te acuerdas? —Las palabras de Stéfano van revestidas de odio, aprieta los dientes con un ligero temblor en la mandíbula.

Por más que ella intenta buscar algo en sus recuerdos, no halla nada que avale las palabras de su ahora esposo. No tiene dolor de cabeza, no hay alguna chispa para que recuerde; ella no se cree capaz de pedirle eso, pero es lo que él dice y, después de verse a sí misma en aquellos grotescos videos, comprende todo.

—¿Para qué te casaste conmigo? —La pregunta sale temblorosa.

Stéfano se le va encima y la agarra por el mentón, sus dedos se hunden en la piel mientras presiona con la mirada enloquecida.

—¡Cómo demonios me puedes preguntar eso, maldita manipuladora! —hace presión en su agarre, causando que la piel pálida de ella se enrojezca. Su mandíbula duele de tanto apretar los dientes.— Lo sé todo. Tú mataste a Camila, mi hijo estaba en su vientre y tú acabaste con todo eso.

Sus palabras la golpean, haciéndola sentir cada vez peor; las lágrimas no tardan en decorar su rostro y el dolor vuelve a hacerse uno con ella.

—Entonces, ¿por qué demonios no me metes a la cárcel y ya? —le grita, enfrentándosele; no le tiene miedo, o al menos no quiere dejar que él se dé cuenta de que sí.

Una carcajada ronca y sombría sale de la boca del hombre. —La cárcel sería un regalo; además, no soy idiota. Con las pocas pruebas que hay, tu padre te sacaría de inmediato, ¿cuánto te darían, cinco años? Fue un accidente —se aleja de ella, pasa las manos por su cabello y esa mueca llena de maldad reaparece.— Tú mereces sufrir como ella y como mi hijo —sus ojos están inyectados en furia, se da la vuelta y sale del lugar con el sonido seco de la madera golpeando el marco de metal.

Ese golpe es igual al que hace el corazón de ella contra su pecho; solloza alto con la cara en su almohada, no sabe en qué se metió; todo el mundo la odia.

—Recuerda lo que hiciste… Yo no puedo ser tan mala así.

La noche de bodas, que se supone que debería ser de alegría y festejo para ella, es una cárcel de soledad donde sus propios pensamientos son el juez y la vergüenza hacia ella misma, es el castigo.

Santoro baja las escaleras; tiene los puños apretados, al igual que su mandíbula, y va directo hacia la habitación de su esposa, esa que ni siquiera él ahora habita; es un santuario, un recuerdo de todo lo que dejó de lado. La imagen de la mujer descansa en la pared de atrás de la cama; la imagen de una mujer rubia de ojos verdes esmeralda, sonriente, le da la bienvenida. Las lágrimas del hombre ruedan por sus mejillas y comienza a negar una y otra vez.

—Hoy comienza, mi amor… A partir de hoy Antonella Castellani va a vivir en carne propia lo que es pasar por tu sufrimiento —se deja caer llorando y allí se queda.

La noche transcurre con él tomando directamente de una botella de whisky. El pecho le arde y quiere abandonar su cuerpo. Sus ojos van al retrato en la pared y una de sus comisuras se eleva.— Te estoy cumpliendo, amor, prometí vengarte y eso haré —brinda con el fantasma de su esposa y solloza.

Una botella se convierte en dos y luego en tres. Cae de espaldas y allí se queda con el olor impregnando ese lugar y su brazo doblado soportando parte de su peso.

La mañana se anuncia con el brillo del sol colándose por la pequeña abertura entre la cortina y la pared. Stéfano arruga la frente mientras es cegado por la brillante luz solar. Se estira y luego gira a todos lados para darse cuenta de que no se fue a su habitación anoche. Se queja cuando el brazo le duele con intensidad por haberse apoyado toda la noche en él. —¿Qué demonios haces, Stéfano? No puedes derrumbarte ahora —decide recobrar la compostura y se va a su habitación.

Minutos después sale envuelto en un traje negro, como siempre, debe ir a trabajar y no puede dejar que, de alguna manera, esa mujer lo siga afectando. Las puertas de la mansión se abren y su madre, hermana y su pequeña hija hacen acto de presencia.

La mujer tiene el cabello castaño teñido, su rostro serio estirado por algunas cirugías; está serio. Una de sus cejas está ligeramente levantada; se nota la molestia en su semblante.

—¿Cómo amanecieron los recién casados? —Se acerca a su hijo y le susurra mientras deja a su nieta con su hija menor.

—Mamá, por favor, no comiences. Ya te dije por qué es este matrimonio —contesta él poniendo los ojos en blanco, mirando a su pequeña para que no se dé cuenta.

La niña está callada, con la mirada hacia abajo; el cabello negro azabache le cubre su rostro. Siempre es lo mismo: no habla sino solo lo necesario.




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