La mano de Antonella queda helada, la acerca para tocarla, pero se detiene a centímetros de ella.
—No, pequeña, no te odio... Eres muy hermosa, ¿sabes?... —niega rápido con los ojos más abiertos de lo normal.
La pequeña la mira y Antonella sonríe tratando de disipar el nudo en su garganta.
—Vamos para prepararte algo, ¿te parece? —se le queda mirando el cabello liso oscuro, igual al de ella, y sus hermosos ojos azules que hacen un contraste con su piel pálida.
La pequeña mueve su cabeza asintiendo, sacándole otra sonrisa a Antonella.
—Vamos, ¿qué esperas? —le extiende su mano.
La niña se levanta, pero no la toma, deja su vista en la palma abierta y decide tomarla. Ambas se dirigen hacia la cocina. La pequeña mano es una caricia suave para la piel de ella. Antonella la carga y la sienta en la orilla de un mesón.
—Quédate aquí, vamos a ver qué te preparo... ¿Quieres un omelette? ¿Cereales, qué deseas? —murmura hurgando en la nevera.
La niña ladea su cabeza y al fin responde, con un tono cauteloso y muy bajito.
—Panqueques, con miel, también yogurt...
La joven sonríe y se agacha a mirarla.
—Por supuesto que sí, vamos a buscar aquí —dice abriendo un gabinete y buscando dentro de este. Consigue harina y en la nevera yogurt y frutas.
—Conseguí fresas y melocotón, ¿de qué quieres tu yogurt?
La pequeña lleva un dedito a su barbilla pensando en lo que quiere.
—¿Puede... ser de fresas?
Antonella muestra sus dientes en una amplia sonrisa.
—Excelente elección, señorita —suelta una carcajada contagiosa y comienza a revolver en una cazuela las fresas; el olor se expande llenando el lugar.— Y cuéntame, ¿por qué no comes en el comedor? —frunce el ceño tratando de sacarse esa duda que la intriga.
La niña no responde, pero ella no está dispuesta a darse por vencida.
—¿No quieres hablar? —Al no ver respuesta, hace un sonido de satisfacción al probar el dulce.— Mmm, está delicioso.
Levanta a la niña una vez todo está listo y la lleva con ella hasta el jardín de regreso.
Se coloca junto a la chiquilla y ambas comienzan a comer, la pequeña devora todo muy rápido y Antonella acaricia su cabeza con ternura, es muy adorable.
—Eres hermosa, ¿lo sabes? —trata de romper el silencio dándose cuenta de que la niña es muy callada.
La pequeña abre sus preciosos ojos y sonríe.
—¿Te parezco bonita? —se le escapa un jadeo mientras sus cejas se elevan hasta el nacimiento de su cabello.
—Por supuesto que sí, eres como un ángel, ¿no te has visto bien? —pone ambas manos en sus mejillas con un suspiro dramático.
La infante se sonroja y baja la mirada, hay duda en su delicada cara.
—Pero... pero no tengo mis labios pintados de morado o de vinotinto —susurra apenas y la mujer la alcanza a escuchar.
—Primero... Una niña no se maquilla y menos tú —le toca la punta de la nariz con su dedo.— Y segundo, son colores demasiado oscuros, ni a mí me quedarían bien —pone cara de asco y la niña le levanta una ceja.
—Pero tú sueles usarlos, tú me dijiste que debía hacerlo o sería simplona —la voz de la niña es dulce, pero sus palabras cortan el alma de la joven.
—Eh... —mueve los ojos de un lado a otro buscando una respuesta.— Te digo un secreto... —susurra poniendo su mano de lado en su boca y la pequeña asiente intrigada.— Estoy enferma y se me olvidan las cosas, por eso no recuerdo haber dicho eso —coloca cara de culpa y la pequeña hace una O perfecta con sus labios.
—¿Te vas a morir como Camila? —Su pregunta la hace abrir sus ojos, ¿por qué le dice así?
—No, pequeña, no es tan grave y tu mami ahora te cuida desde el cielo —señala hacia arriba.
La niña frunce su ceño y se ve adorable haciéndolo.
—Ella no me va a cuidar, Camila no me quería —sus ojitos se llenan de lágrimas.
Antonella tose tratando de sacar el dolor que le oprime el pecho ante esas palabras.
—Pequeña, no digas eso, a veces parece que no queremos a alguien, pero sí lo hacemos.
La niña arruga su frente con incredulidad y Antonella le da otro bocado de comida.
—Mejor come y no pienses cosas malas, como no querer a una hermosura como tú —aprieta una de las rosadas mejillas de ella.— Por cierto, ¿cómo te llamas? Se me olvidó preguntarte.
—Stefania —se sonroja.
Ambas continúan comiendo, la voz de Stefania es más fluida y ya no juega con sus manos al hablar.
Su tranquilidad no dura mucho, el ambiente cambia cuando una mujer se acerca a ellas.
—Stefania, aún comes, tienes clases con la tutora —la niñera la toma del brazo jalándola para que la acompañe.
La niña mueve su manito en despedida y ese simple gesto calma la furia que hierve en la joven al ver que esa mujer le grita.
—Al menos encontré un ángel en esta casa... —murmura y se aleja.
No limpia toda la casa porque hay mucho personal, pero sí cocina y limpia lo que puede. No le molesta; mientras lo hace comienza a tratar de recordar, pero siempre está en blanco.
Al caer la tarde, va a su habitación frotándose las piernas y el cuello, suelta una exhalación y se relaja. Al encontrarse con la cama, no duda y se acuesta un momento. Sus ojos se cierran de a poco dejando que su cuerpo pierda la tensión acumulada, toda la mañana. La habitación queda en silencio y aspira el aroma de su perfume de rosas.
Cuando la puerta se abre de golpe, el sonido rompe la tranquilidad anterior y la paz se esfuma. La figura de Stéfano se materializa igual a un ventarrón, su presencia ensombrece todo. Lleva el saco en el brazo y su corbata está floja, dos botones de su camisa blanca están abiertos y su cabello castaño está despeinado al natural.
El hombre camina con pasos firmes hacia ella, su rostro asusta, tiene las facciones duras y una presión intensa en su mandíbula.
—¿Por qué atacaste a mi madre? ¿Qué pretendes? Te advertí que no las tocaras —la toma del cabello para que lo observe.— No me hagas enojar, perra, o te prometo que me voy a olvidar de que eres mujer —sus palabras van revestidas de hielo y odio.