Bodas de odio

Ocho

Antonella se encuentra acurrucada en la cama. Stéfano la observa con horror; él ni siquiera la tocó y está en crisis.

—Antonella, debes dejar el drama, no te estoy haciendo nada —su voz se eleva.

Los gritos hacen que el cuerpo de ella tiemble y el pecho le duela al respirar.

—Basta, vete... Méteme a la cárcel —se levanta de la cama y se le acerca, quedando frente a él.

Stéfano aprieta la mandíbula. La rabia que bulle bajo su piel mengua. Por más que busca en esos ojos azules no consigue la misma mirada arrogante de antes y lo odia. Aprieta los puños porque al verla sufrir ya no se siente tan bien como imaginaba.

Coloca sus manos en la mandíbula de ella y aprieta, clavando sus dedos. Sus ojos se encienden de rabia, dolor; hay un conflicto en su cabeza que no entiende.

—No lo voy a hacer, debes dejar tu drama porque no he comenzado contigo —suelta su agarre con brusquedad, alejándola de él, y ella pierde el equilibrio, cayendo al suelo.

El corazón de Stéfano se aprieta al verla tirada y trata de acercarse, pero aprieta los ojos y se recompone. ≪Esa mujer no merece nada, no te tengas el corazón para matar a Camila≫.

Con ese pensamiento se aleja cual ventarrón embravecido.

La mujer solloza con las lágrimas bañando su rostro clarito. Se queda en el suelo y trata de cerrar los ojos. Mientras él gritaba vio algo, recordó golpes; alguien la maltrataba.

—Vamos, Antonella, recuerda —se dice a sí misma, con los labios temblando, pero su cabeza no hace caso. Gotas recorren su piel llena de dolor.

Así transcurren los días, ella llorando encerrada después de aguantar el maltrato de Stella y Fanny, ya ni siquiera les presta atención. Las veces que intenta defenderse aparece Stéfano y la culpa, humillación y gritos es lo que consigue, pero ella ya no se defiende porque es la única forma de tener un poquito de recuerdos, aunque sean solo de golpes y maltratos.

La joven baja las escaleras como lo ha hecho desde que llegó a la mansión hace dos meses, va a la cocina y comienza con su faena. Observa su reflejo en uno de los cristales y comienza a jugar con el cabello, tapa su frente y sonríe cuando ve que cambia un poco.

—Señora Santoro, el señor desea que le lleve un té verde y un vaso de whisky al despacho —Patricia, una de las mujeres del servicio, le dice enfatizando su título para burlarse de ella.

—Gracias por decirme, en un momento iré —responde sin caer en provocaciones y Lucy sonríe al ver que la empleada sale con mala cara, le gusta cómo la señora lleva las provocaciones.

—Señora, usted es muy fuerte, admiro cómo soporta todo, yo ya me hubiese ido —comenta Lucy.

Antonella niega colocando su rostro serio.

—Yo fui muy cruel, Lucy, y ya te dije que me digas Anto, no soy tan vieja, solo esta frente de papa que me hace ver mayor.

Una pequeña risa se escucha de una esquina y Antonella voltea, entornando los ojos hacia la pequeña espía.

—Ah... ¿Te burlas de mí? —se agacha hacia la pequeña Stefania.

La niña se ríe dando pasos hacia atrás.

—No, solo digo que tu frente es enorme.

Antonella la llena de cosquillas y la pequeña no para de reír. Detrás de ella Lucy disfruta de la escena y suspira, por fin la pequeña sonríe tranquila.

—Stefania... Niña... —se oyen gritos y la infante vuelve a su rostro habitual de tristeza, en un segundo se transforma y la niñera entra.

—Stefania, aquí estás, tu tía Fanny te está buscando, hoy te toca salir con ellas a piano.

Los gritos hacen que la pequeña palidezca, su tez blanca se coloca del tono de un papel.

—¿Adónde la llevan? Ella no quiere —interviene Antonella con su rostro lleno de preocupación.

La niñera, de unos cuarenta años y rostro severo, se acerca con su vista desafiante, pero Antonella no aparta la mirada.

—No se meta en lo que no la llaman, todos saben que lo de señora es un mero trámite —toma la mano de la pequeña y se la lleva con brusquedad.

Lucy baja la mirada y niega.

—Siempre es lo mismo, pobre de mi niña.

El pecho de Antonella se acelera, no le importa si era cruel con la pequeña antes, ahora necesita cambiar eso.

—¿Yo era así con la pequeña? —le pregunta a la señora y ella asiente con tristeza.

—Usted solía ir con ellas, pero no se preocupe, seño... digo, Anto, lo importante es que es mejor ahora —la mujer se acerca y le toma las manos—. Recuerde que errar es de humanos y nadie es demasiado bueno o demasiado malo.

Las palabras de Lucy siempre son así, un acertijo. Ella piensa que Lucy sabe más de lo que dice, pero prefiere callar.

Tratando de alejar la molestia por lo ocurrido, prepara el té y el whisky, toma una bandeja y camina hacia el despacho. Desde lejos risas se oyen y sabe bien lo que se va a encontrar del otro lado: Malena Ferrara ha estado visitando la mansión acompañada de Stéfano, parece más la esposa que ella.

Empuja la puerta entreabierta y los ve, la mujer está en un sofá junto a él, demasiado cerca. Él no se aparta, solo mira a Antonella de arriba abajo y termina con una mueca de sus labios, para él es una empleada más.

—Creo que pedí esto hace mucho tiempo. ¿No puedes ni servir un té? —bufa y rueda los ojos el hombre.

Ella no se molesta, coloca el pedido en una mesa y le mantiene la mirada.

—¿Algo más? —sus ojos atraviesan los de él.

Stéfano frunce los labios y aprieta con molestia sus manos, odia no ver esos mismos celos de antes, en sus orbes celestes no hay más que vacío.

—Por ahora nada más. Bueno... Te aviso que saldré con Malena a una celebración —las palabras la hacen girarse lentamente.

—¿Para qué me dices eso si siempre la llevas...? —se gira hacia ella—. Yo que tú le pediría oficializar, porque vas a todas partes como señora cuando saben que no es así —se ríe de lado—. Digo, yo quedo como la engañada, pero tú, la vil amante.

Stéfano la mira con molestia, pero Malena no se queda callada.




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