Bodas de odio

Nueve

El grito cala hondo en los oídos de ambos. Antonella no espera más y comienza a buscar el sonido sin éxito alguno. Un sollozo infantil se escucha apenas un poco, acompañado de una voz adulta reprendiéndola, pero es tan bajo que duda que Stefano, que viene detrás de ella, lo haya escuchado.

Una puntada atraviesa su pecho a medida que se acerca. Algo dentro de ella le grita que hay algo malo con la pequeña.

Cruza por un pasillo a la derecha y se encuentra con Stella hecha una fiera.

—¿Hacia dónde vas tú? No puedes ir a esa parte de la mansión, ¿se te olvida? —la sujeta del brazo, deteniendo su camino.

—¿Dónde está Stefania? —Antonella la hace a un lado.

La mujer mayor se vuelve a interponer con la cara roja y la respiración errática.

Antonella tiene sus ojos encendidos en rabia pura, su respiración es brusca y su temor por la pequeña crece.

Los ojos de Stella van hacia su hijo, que viene detrás, y entonces da un grito, tirándose hacia el suelo.

—¡Ahh! ¿Pero por qué me empujas? —la mujer tropieza a propósito y Stefano corre hacia ella, dejando de lado lo que vino a hacer.

—Mamá, ¿estás bien? —la revisa con ojos llenos de preocupación.

Su madre niega y entonces gira su rostro hacia Antonella.

—No vuelvas a tratar a mi mamá así. Ya se te está haciendo costumbre —aprieta los dientes y los puños a la vez.

A pesar de lo alterado que está él, Antonella solo quiere ir por la niña.

—Está como loca, quiere ir a aquella ala y no la voy a dejar, hay partes de esta casa que no están abiertas para ella —la mujer mayor se levanta con ayuda de su hijo.

—Solo quiero saber dónde está Stefania —Antonella pierde los estribos, ya no está hablando con tranquilidad.

—Bueno, cálmense las dos. Mamá, escuchamos a Stefania, ¿dónde está?

La mujer se agarra la espalda para tratar de llamar la atención, pero Antonella no piensa desistir.

—Me duele mucho, hijo, creo que vas a tener que llevarme al médico. Esta mujer es un animal.

Stefano, con los ojos desorbitados, se acerca a su madre un poco más para palpar la zona afectada.

—Llamaré a Javier para que te revise.

Antonella deja escapar un resoplido feroz.

—No le hice nada, ella misma se cayó. ¿Dónde está la niña? —su voz desesperada anuncia que ya perdió la paciencia.

Él se acerca a ella de inmediato y la toma por la muñeca.

—¿Qué demonios te pasa, ah? Tú y yo hablaremos después.

Ambas miradas están en un combate de poder. Entonces la madre de Stefano vuelve a decir:

—Stefania no tiene nada, sabes cómo se pone cada vez que viene su terapeuta. Ella se niega a hablar y ella insiste.

Stefano suspira aliviado porque es lo que siempre le han dicho, trata de alejarse con su madre para llevarla al sofá y Antonella aprovecha y se mete por el pasillo igual que un ventarrón.

—Pero, hijo, debes detenerla. Ella no puede ir a ese lugar, era el santuario de Cami —se toca el pecho con los ojos llorosos.

Stefano sigue acompañando a su madre hasta la habitación. Su objetivo es ponerla a salvo.

—Déjala, así empieza a darse cuenta de cómo son las cosas con Stefania y por su culpa —la tranquiliza Stefano.

Lejos de lograrlo, su madre se levanta olvidando su aflicción, queriendo ir tras ella.

La mujer de cabello azabache camina por el pasillo; sus pasos retumban en el suelo pulido, su corazón late con fiereza mientras los segundos pasan, las paredes llenas de fotografías y cuadros de arte parecen venírsele encima, su propia cabeza le juega una broma.

Otro sonido la lleva a girar su cara hacia una puerta doble de madera con detalles en dorado. Una voz femenina sale de allí y entonces abre la puerta.

Las manos le tiemblan. Aprieta tanto la mandíbula que un dolor de instala allí. El aire le entra y sale de sus pulmones con violencia. Su sangre hierve bajo su piel y sus fosas nasales se levantan y bajan con rapidez.

Nada la prepara para el escenario frente a sus ojos.

Fanny está junto a la niña. La niñera yace a un lado y una mujer de unos cuarenta años, con aspecto conservador y rígido, se encuentra cerca de la pequeña, con un fuete que descansa en su mano.

Los ojos de Antonella se abren tanto que sus cejas negras se elevan hasta el nacimiento del cabello, cuando el objeto golpea sin piedad las manos de la niña.

—Ni hablas ni sabes tocar, pequeña inútil —otro golpe la impacta.

Eso es todo lo que necesita Antonella para acercarse a ellas. El ambiente es sombrío y el aire se densa tanto que podría cortarse con un cuchillo.

La niñera es la primera en darse cuenta, pero es tarde: Antonella toma por el cabello a Fanny y la lanza sin ningún tacto. El tiempo se detiene, la niñera abre sus ojos, negando aterrada.

La terapeuta que sostiene el fuete en la mano queda de mármol, no se mueve; apenas respira. La cara de Antonella debe estar desfigurada por la ira porque en el rostro de la terapeuta hay verdadero terror.

—¿Qué mierdas está pasando aquí? ¡Suelten a Stefania ahora! —lo que sale de Antonella es un gruñido distorsionado.

La infante solloza y abraza las piernas de Antonella, ella no duda en envolverla con sus brazos tomando su cabeza y hundiéndola en su muslo.

—¡Maldita! Me tiraste, le voy a decir a Stefano. ¡Lárgate de aquí! —grita Fanny, levantándose como puede.

Pero Antonella no está dispuesta a quedarse tranquila, el cuerpo no para de temblarle al notar el estado de la niña.

—Son todas unas malditas dementes. ¿Qué le hacen a Stefania?

Los gritos no se detienen y la niña comienza a agitarse. El pecho se le aprieta e hiperventila.
Antonella mueve sus ojos para todos lados sin saber qué hacer.




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