Gritos se oyen por todas partes, Fanny maldice y la mujer de moño alto también despotrica, pero Antonella no puede concentrarse en ellas.
—Stefania, cariño, cálmate —acaricia su carita. Toma a la niña en brazos y sale de allí mientras trata de tranquilizarse—. Bebé, tranquila, respira, por favor, respira —ni siquiera sabe a dónde va, solo camina con la pequeña en brazos, que no para de llorar.
Lleva sus pasos escaleras arriba. Al llegar, sienta a la niña en la cama y luego se arrodilla frente a ella.
—Tranquila, cariño, ¿sí? Debes relajarte. Vamos a respirar: inhala, exhala —toma las manos de la pequeña y hace los movimientos que dice, pero Stefania está pálida—. Cierra tus ojitos —indica con voz dulce. La niña lo hace, pero su respiración sigue fuera de sí—. Eso es, ahora respira. Ya nada malo te va a pasar, estoy aquí.
La pequeña inhala hondo y su cuerpo se relaja; el color de sus labios, antes pálidos, vuelve al rosa de siempre.
La puerta detrás de ella se abre y el grito de Stefano y de otras mujeres detrás se escucha.
—¿Qué le haces a mi hija? ¡Aléjate! —grita el hombre.
Antonella no entiende de razones; se levanta igual que un resorte y lo toma de los brazos con una fuerza que no corresponde con su tamaño; ni siquiera sabe de dónde la saca.
—¡Lárgate de aquí, fuera de aquí! Cuando la niña esté tranquila, hablamos —lo empuja fuera y cierra la puerta.
Pero el hombre, lejos de irse, comienza a golpear la madera.
—Rápido, traigan la llave de esta habitación.
—Ya regresé, pequeña, no pasa nada, no les hagas caso. Tú solo respira —le sonríe a la niña, que ahora tiene las manos en los oídos y se balancea.
El pecho de la mujer está que revienta, su corazón pide salir por su garganta.
La observa y su cabeza le duele. Se ve a ella misma haciendo lo mismo y niega.
—¿Pero qué es esto? Ahora no es momento de que te pierdas en recuerdos, Antonella, ahora piensa —murmura para sí misma para luego buscar por toda la habitación.
Revisa en los cajones y repisas, respirando agitada.
—Ya sé, la muñeca que pedí —se ríe, dándose un golpe en la frente—. Espera, cariño, te compré algo, es igual a ti.
Saca las cosas de la gaveta, lanzándolas sin cuidado porque no recuerda dónde la escondió; sus manos temblorosas no ayudan mucho. Mientras, los gritos de fondo de Stefano, más los golpes en la puerta, siguen. Toca algo en el fondo y grita.
—¡La encontré! —arruga la bolsa de regalo mientras regresa con Stefania—. Mira, cariño, lo que tengo para ti. Se llama... —trata de buscar un nombre, pero no se le ocurre nada. De repente, uno se le viene a la mente—. Melissa... Se llama... Melissa. Toma, se parece a ti —sonríe—. Quería dártela en tu cumpleaños, pero mejor te la doy adelantada.
La niña levanta su rostro, deteniendo de a poco sus sollozos. Sus comisuras se elevan y sus ojos se llenan de un brillo nuevo. En ese momento, la puerta es abierta de nuevo. Es Stefano, pero, por suerte, deja a las demás mujeres afuera.
—¿Te volviste loca? —inhala y exhala aire con furia.
Antonella, sin girar a verlo, coloca una mano extendida y él se detiene en el acto.
—¿Ves? Es preciosa —sus palabras son suaves y cautelosas.
La chiquilla asiente y se ríe, aún con su carita manchada de lágrimas.
—Ella no tiene tu frente de papa —murmura, haciendo reír a Antonella.
Stefano se sorprende: por fin su hija está hablando y se ve relajada.
—Quédate con Melissa, ¿sí? Y cuídala mucho. Voy a ir a hablar con papá un momento y ya regreso, ¿te parece? —la voz de la mujer es dulce y llena a la pequeña de tranquilidad. Se levanta con cuidado y toma a Stefano de un brazo, empujándolo hacia un lado.
—No me estés tratando así, que no soy un chiquillo —el hombre protesta, pero ella no entiende razones en este momento.
—No sé por qué demonios te casaste conmigo. No recuerdo qué carajos te hice, pero creo que tu hija no tiene la culpa.
El hombre voltea a ver a la niña y luego a ella.
—No metas a la niña en esto, ¿ahora piensas manipularme con ella? —la voz grave y baja se siente amenazante, pero ella sigue decidida.
—¿Manipularte? No seas estúpido. No sé quién eres. Olvídate de darme celos, de hacerme sentir mal, porque no me interesas —se da cuenta de que está subiendo la voz y mira a su espalda, encontrándose con la pequeña; luego regresa su vista al idiota frente a ella—. Soy tu esposa y, como tal, me voy a comportar —exhala el aire retenido—. No quiero a esas desgraciadas en la casa, no me importa nada, no las quiero cerca de Stefania —levanta su dedo índice mientras sus ojos se encienden.
El rostro del hombre cambia de rabia a sorpresa y hasta a indignación.
—¿Cómo te atreves? ¿Con qué derecho...?
Ella lo corta.
—Con el derecho de que soy tu esposa. Estaban maltratando a la niña, mírale las manos —señala hacia atrás—. Revisa a tu hija. ¿Qué demonios haces? ¿Cuándo te darás cuenta de lo que pasa en tu propia casa? —se gira para regresar con la niña.
Stefano la sigue y se sienta en la cama. No le pregunta directamente, pero comienza a ver sus manos sin encontrar nada.
≪No caigas, Stefano, solo trata de manipularte≫, piensa, pero, cuando quiere abrazar a la pequeña, ella se queja y se retuerce bajo su toque.
—Soy yo, bebé, papá.
La niña lo ve y baja su mirada.
—¿Quieres contarme qué fue lo que sucedió? —indaga él.
La niña comienza a negar, aferrándose a la muñeca nueva.
Él la abraza de nuevo, posando una mano en la espalda, y entonces otra mueca de dolor aparece en el rostro de su hija.
Antonella lo empuja para tomar su lugar.
—Dame un permiso —dice y toma la muñeca, moviéndola de un lado a otro para hacerla reír—. Su vestido es bonito —con mucha cautela levanta las mangas de la niña.
Los ojos del hombre se abren desmesuradamente al notar la marca roja que decora la piel.
La sangre de la mujer le hierve, voltea su mirada hacia él y entorna sus ojos azules.