Bodas de odio

Once

Stéfano sale de la habitación de Antonella con la cabeza repleta de ideas, hay miles de escenarios en su mente y ninguno es bueno, sus ojos son dos esferas llameantes de ira acumulada, sus pasos retumban en el suelo pulido. Al llegar al pie de la escalera lo primero que se cruza en su visión es la niñera y detrás de ella la terapeuta.

—Mi hija está todo el día con ustedes, ¿se puede saber por qué tiene golpes en el cuerpo? —Su voz se distorsiona y su expresión se endurece.

Las mujeres se paralizan, mueven sus ojos hacia Fanny y Stella, quienes están a un lado, pero no dicen ni una palabra, tampoco mueven un músculo.

—¡Hablen de una puta vez! —eleva la voz mientras aprieta sus puños.

Las mujeres niegan, sus orbes siguen bailando de un lado a otro, la terapeuta se ve los dedos de las manos, luego levanta la cabeza y con osadía miente.

—No... —hay duda en esa pequeña frase.

A pesar de ser tan corta, le da la respuesta a Stéfano de forma subliminal.

Ahora su atención recae en la niñera, la mujer tiene uno de sus brazos apretados con su mano, su boca se abre y cierra, el hombre frente a ella huele su miedo y da un paso más cerca, su ceño se profundiza y su tamaño hace que la mujer baje la mirada.

Gotas de sudor le bajan por la frente, busca ayuda en las miradas de sus patronas, pero ni siquiera la miran, ambas se quedan petrificadas ignorándola y allí comprende todo, está sola.

—Señor... lo siento, es que... —su tono es titubeante, la mano que sujeta su brazo se aprieta aún más hasta enterrar sus uñas en la carne.

—Habla de una maldita vez o juro que te vas a arrepentir —el hombre tira un poco más de la fina cuerda que sabe, está a punto de reventarse.

—Solo... seguimos órdenes de la señora Stella y la señorita Fanny —fija su vista en ellas—. Ellas dicen que es la única manera de que la niña deje de actuar como tonta —suelta las palabras y al instante se arrepiente de lo que ha dicho.

La cabeza de Stéfano gira hacia la terapeuta, que también es la maestra de piano de la niña, el rostro se le enrojece, pero la mujer le mantiene la mirada, es menos persuadible que la niñera, aunque en este momento el hombre es un completo demonio.

—¿Ambas están maltratando a mi hija? —escupe con odio, la vena en su frente bombea y sus ojos celestes son una bola de fuego que desea consumirlas de solo pestañear.

—No sé de qué habla esta mujer, pero yo solo le implemento la disciplina necesaria sin golpes. —La terapeuta sigue sin dejar ver sus grietas, lleva una mano a su moño y lo acomoda con total naturalidad.

—Les estoy dando la oportunidad de decirme qué demonios sucede. —Stéfano toma a la mujer del brazo e inclina su cabeza hacia ella dejando que su aliento la golpee, la mujer sabe que está perdida, solo trata de ganar tiempo.

—Está bien, nuestro deber es hacer que Stefania sea una niña obediente aunque tengamos que usar la violencia. —Él tiene la confesión que quería, su mirada se desvía a la cámara de la sala y levanta una de las comisuras de su boca.

—Haré de sus vidas un infierno, ambas irán a la cárcel —grita, su garganta resiente la intensidad de su esfuerzo.

Las mujeres no dejan de negar y llorar, lanzándose la culpa una con otra y luego a las mujeres detrás de Stéfano, quienes optaron por intervenir para luego poder tergiversar la información.

—¡Guardias... León... Teo! —llama el hombre.

No tardan en aparecer dos hombres altos vestidos de negro y con un rostro endurecido igual que una roca.

—¿Qué se le ofrece, señor? —pregunta uno de cabello negro y piel bronceada, la cicatriz en su mejilla lo hace ver más aterrador.

—Saquen a estas mujeres de aquí, llamen a Daniel y díganle que se encargue. —Observa a los dos sujetos, sin tener que abrir la boca ya saben qué sigue.— Sean generosos con su hospitalidad mientras estén bajo su tutela —termina con la malicia transcrita en su cara.

—No se preocupe, señor, nosotros trataremos bien a las damas.

Las mujeres se resisten negando desenfrenadas, gritan y tratan de soltarse, pero esos hombres son muros de concreto sólido que no se dejarán controlar.

Una vez la algarabía ha desaparecido, el rostro de Stéfano se voltea de forma lenta, cual asesino de película que comienza a cazar a su víctima, la mirada furiosa que era dirigida a esas mujeres, ahora la enfoca en su familia.

—¿Cómo se atrevieron a dañar así a mi hija? ¿Qué demonios les ocurre? ¡Es una niña! —La compostura y el control que aparentaba ya no están, se acerca a su hermana y esta se esconde detrás de su madre.

—Nosotros no sabemos nada, ¿vas a creerles más a esas mujeres que a tu familia, tu sangre? —trata de manipularlo mientras Stella solo llora.

—Hijo, solo nos hemos dedicado a cuidar a esa niña, pero es diferente, necesita un poco de severidad, sin embargo jamás la dañaríamos. —Su madre se acerca, grandes lágrimas surcan sus ojos y ruedan por sus mejillas.— Pedimos disciplina, pero nunca nos enteramos de cómo la implementaban. —La madre de Stéfano saca su mejor actuación.

—Mamá, esas mujeres las señalaron, mi hija es lo único que me queda y no dejaré que la lastimen. —Se aleja de ella, es su madre, pero está tentado a tratarla horrible y se contiene.

—El único que la lastima eres tú, trayendo a la asesina de su madre a esta casa, ¿se te olvida? —Fanny eleva su voz.— Ella destruyó tu matrimonio, te drogó y luego te chantajeó —sigue soltando su veneno— y todo lo que descubriste después, ¿qué? Sus amantes, el robo a su familia, cómo trataba a la niña.

Stéfano aprieta los dientes, claro que no lo olvida, pero nada de eso justifica que maltraten a su hija.

—Eso no tiene nada que ver ahora, tendrán que irse de la casa hasta que esclarezca esto —comenta mirando a Stella.

La mujer mayor lleva una mano a su pecho abriendo su boca en una O perfecta, la mujer lo ha sabido manipular durante mucho tiempo y cada vez que quiere obtener algo recurre a su actuación de mujer enferma.




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