Bodas de odio

Doce

Stefanía tiene la muñeca en la mano; en su rostro ya no hay llanto, solo una enorme sonrisa.

—Papi, mira, me la regaló Anto —Stefano le da una mirada a la mujer a su lado, mantiene su vista en ella y aunque lo intriga su nueva actitud su atención la tiene su hija, por fin está hablando de manera fluida y no con monosílabos.

—Sí, bebé, está preciosa, se parece mucho a ti —comenta, sentándose en la cama. Un olor a rosas y fresas inunda su nariz. Frunce el ceño; las fresas nunca le han gustado a Antonella y ahora el cuarto está lleno de ese aroma.

La niña le muestra su regalo, tocándole el flequillo y señala a la joven, la cual sigue embobada mirando a la pequeña sonreír.

—Se podría parecer a Anto, pero ella no tiene flequillo, tiene mucha frente.

Stéfano contiene una risa y luego gira su cabeza buscando molestia en los ojos de Antonella; sin embargo, no la encuentra; en cambio, hay un brillo diferente, sus labios están inclinados hacia arriba, ella no aparta su atención de la niña.

—No, pequeña, no creo que me quede bien un flequillo, debes acostumbrarte a mi frente de papas —coloca su cabello cerca de su frente simulando una pollina y la niña no para de reír.

Lo que el hombre está experimentando en este momento es algo nuevo para él. Jamás escuchó hablar a su hija; cuando lo hizo hace momentos pensó que era la maravilla, pero estaba equivocado. Ahora sí piensa que todo es perfecto porque la ha escuchado reír con tanta alegría que se le acumula en la garganta.

—Bueno, pequeña, creo que Antonella tiene cosas que hacer, trataré de contratar a una nueva niñera —toma las diminutas manos y baja un poco su mirada—. Lo siento, mi amor, te prometo que esta vez sí voy a revisar bien.

Stefanía no le guarda rencor a su papá; sigue sonriendo. Ella reconoce que él es una de las pocas personas que la quieren de verdad y por “pocas” se refiere a Antonella y a Lucy.

—De ninguna manera, ¿me permites un momento, por favor? —Antonella interrumpe la conversación padre e hija porque no piensa aceptar que otra persona lastime a la pequeña.

Él se levanta junto a la mujer. Ambos salen de la habitación y ella se adelanta hasta quedar cerca del barandal de la escalera; gira su rostro hacia abajo recorriendo el salón.

El aroma a fresas cubre el olfato de él con más intensidad, ahora que la tiene cerca. Se posa por detrás y maldice por dentro porque necesita que vuelva la que era antes. Esta mujer ni siquiera sabe de qué se le acusa, no se molesta con lo que él le hace y eso lo frustra.

—Si buscas a mi madre, ya se fue. No sé si hice lo correcto al correrla, pero...

Antonella lo corta de inmediato.

—¿Pero...? ¿Pero qué, Santoro? ¿Qué estabas esperando, que le pasara algo peor a la bebé? —las aletas de su nariz se levantan con furia cada vez que respira. Abre la boca y la cierra de nuevo, tomando un largo suspiro.

—De verdad no entiendo, me quieres aquí para vengarte de no sé qué carajos, pero no quieres vengar a tu hija —lo empuja y eleva su mano para abofetearlo; sin embargo, se detiene.

—Solo estoy diciendo que es mi mamá y está mal cómo la traté, pero es cierto, Estefanía es primero.

Antonella levanta los brazos al techo y se ríe. La sonrisa es única. No es sombría ni maquiavélica como antes; es diferente, es dulce.

—Bueno, tú sabrás, solo no quiero gente extraña aquí, puedes hacerme lo que quieras, Santoro —lo señala con su dedo índice tenso.

Cuando suelta esas palabras, a pesar de su rabia, a él le remueve algo por dentro, la malicia le brilla en los ojos y una sonrisa burlona de medio lado aparece.

—¿Ah, sí? —se acerca a ella.

El pecho de la mujer comienza a acelerarse al igual que su respiración. Roza sus labios y ella los entreabre, soltando un leve jadeo.

Por un momento todo se queda así: el aire no circula, el tiempo no transcurre, no hay sonidos de fondo, solo ellos dos, muy cerca, el aliento de ambos rozando sus rostros.

Antonella duda un momento, cree que va a recordar, pero no lo hace. No hay nada sobre ese hombre en su cabeza, pero tenerlo cerca le permite detallarlo mejor: barbilla cincelada, rostro impecable, esos ojos intensos que parecen escarbar profundo en su alma, buscando recuerdos que ni ella misma consigue. Su cuerpo ancho y bien formado, tiene aspecto de haber sido tallado por un escultor. Ni siquiera está pensando en nada cuando un gemido escapa de sus labios y de inmediato se aleja.

—Recuerda que te odian, Antonella —se autorreprocha y levanta el mentón, recuperando su postura. No se puede dejar vencer.

—Eh... Me refiero a tu venganza, el punto es que no voy a permitir que la niña salga lastimada en el proceso —declara con un tono claro.

Él frunce el ceño.— ¿A qué te refieres?, ¿a qué estás jugando? No tolerabas a mi hija, ahora te portas así —su cabeza es un lío de interrogantes; solo necesita respuestas o se va a volver loco.

Ella suspira con brusquedad, da la vuelta colocando ambas manos en el barandal y suelta el aire de la misma forma que lo aspiró. Se gira de pronto y su cabello vuela con el movimiento.

Stefano parpadea; ante sus ojos es una aparición, algo único; jamás la vio así antes.

—Estoy cansada de que me digan lo que hice, “Antes no hacías esto, no te comportabas así”. ¿Qué parte no entiendes de que no recuerdo una mierda? —se altera y ese sonrojo en sus mejillas le gusta—. No me interesa quién fui en el pasado, cóbrate lo que tengas que cobrarte, pero ahora quiero cuidar de Estefanía y tú me vas a ayudar.

El hombre suelta una risa amarga, junta sus cejas. Esta mujer cada vez está peor, ¿ahora lo manda?

—¿Que yo te ayude, dices...?

—Sí, eso quiero. Vamos a ir a una academia de ballet y tú vas a estar allí —hunde su dedo en el fornido pecho—. Yo voy a cuidar a Estefanía y tú vas a ver si la estoy cuidando bien —otro toque—. La niña va a ir a clases de piano, pero tú nos vas a acompañar —las palabras de la mujer lo golpean. Nadie le había hablado así nunca y aunque le molesta, de alguna manera extraña también le gusta.




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