Bodas de odio

Trece

Unas semanas después, la pequeña Stefanía, en todo el camino de regreso, hace lo mismo que en cada clase: habla igual que un perico, una y otra vez, pero no cansa; al contrario, ambos están felices de oírla relatar su día con emoción.

—Papi, hoy hice una amiga, pero me molesté mucho —Stéfano ladea su cabeza y le presta más atención a la molestia de su pequeña.

—¿Me quieres contar qué fue lo que pasó exactamente? —pregunta el hombre de traje que acaba de llegar del trabajo.

Todos los días llega temprano porque Antonella no está dispuesta a que su niña vaya sin su padre a las clases de ballet o piano.

La niña baja su mirada, desvía la vista hacia Antonella y hay culpa en su pequeño rostro.

—Es que... ella dice que ahora su tío viene a sus prácticas, pero solo para ver a Anto porque le gusta —termina con su voz muy baja. Los ojos de Stéfano se encienden con furia.

Observa a la mujer a su lado. La mandíbula se le tensa. Solo cuando vuelve la vista hacia Stefanía consigue dibujar una sonrisa.

—Tranquila, mi amor, dile a tu amiga que se busque a otra tía, porque Antonella es solo nuestra —las palabras le arrancan una sonrisa a la pequeña, pero a la mujer a su lado le sacan el aliento.

El auto continúa de regreso a la mansión; al llegar, cada uno toma una mano de la niña y ella se cuelga entre los dos.

—Vamos, pequeña, a bañarse —murmura, levantando a la niña en el hombro.

Al llegar, abre la puerta de su habitación, entra al baño con Stefanía y se toma su tiempo para bañarla.

—Cierra tus ojitos para que el champú no te irrite.

—Ya me estoy arrugando, Anto —muestra sus dedos un rato después.

Ella saca a la niña y le coloca un pijama afelpado.

—Veo que estás lista, ahora ¿qué leeremos hoy? —busca una historia en un libro de cuentos y se la lee.

Las frases de la mujer suenan poéticas, hay paciencia y dulzura en su tono. Se pierde tanto en la lectura que no se da cuenta en qué momento la niña se duerme. Cuando lo hace, sonríe y suspira: es un terrón de azúcar hasta dormida.

Antonella se levanta y se acerca a la puerta; el olor a margaritas está tan presente como el olor a fresas. Con mucho cuidado, toma el pomo dorado y, aguantando la respiración, abre para luego salir. La luz la encandila una vez está afuera y cuando se gira, da un pequeño salto al encontrarse a su esposo con los brazos cruzados en el pecho.

Un jadeo abandona sus labios, pero, por suerte, logra tapar su boca para no despertar a la Stefanía.

—¿Estás loco? Casi me da un infarto —le reclama y él se ríe de medio lado.

—Así estará tu conciencia —eleva una ceja.

Ella, furiosa, bufa y le da con su hombro al pasar por un lado de él.

—Idiota, ojalá tuviese mis recuerdos —sigue directo a su habitación—. No sé qué demonios te vi; eres egoísta, cruel y tonto —entra a su recámara con la intención de cerrarle la puerta en la cara, pero él se va detrás de ella y coloca su pie para trabarla.

—¿Qué me viste, dices? —se le acerca lentamente; la mujer solo da pasos hacia atrás.

—¡Largo de mi habitación! —espeta alzando la voz.

—No lo haré, esta es mi casa y tú eres mi mujer.

Antonella lo empuja, pero no lo mueve siquiera. Él está decidido a no alejarse.

—¿Tu mujer? No me hagas reír. Soy tu esposa, tu pera de boxeo, con quien te desquitas —grita, ya un poco desafinada.

Él acorta el espacio para poder acorralarla con los brazos a cada lado de su cara.

—Tú eres mi mujer y sí, para eso te traje, porque... —aprieta los dientes sin dejar de verla, pero luego observa sus labios y su muralla cae—. Porque fui un idiota, me dejé de tus chantajes, debí decirle todo a Camila y no seguir contigo —las palabras se le quedan atrapadas en la garganta. Baja la vista apenas un instante antes de volver a mirarla.

La joven comienza a respirar más rápido, lo tiene muy cerca y aunque no quiere verlo, sus ojos la atraen: son un imán del que no se puede despegar.

—Tenía claro mi plan: dañarte, humillarte... —cierra los ojos un momento y aprieta tanto los dientes que el músculo de su mandíbula salta bajo la piel.

—Pero yo no recuerdo nada, no sé si fui una zorra capaz de traicionar a una amiga —lo interrumpe, su voz está afectada y es temblorosa—. Tampoco tengo idea de por qué no quería a ese ángel antes, no lo sé —forcejea contra sus brazos. El intento pierde fuerza hasta quedarse inmóvil.—. No recuerdo nada, solo... tus gritos, tus golpes —confiesa parte de sus delirios y Stéfano niega.

—No, yo jamás te toqué así. No te soportaba por los chantajes, pero... no te agredí —los ojos del hombre se abren y ella se remueve.

—¿Ah, no? —se gira en ese mismo encierro y él no entiende.

Está de espaldas a él, mientras la sigue aprisionando con sus músculos en forma de cárcel.

La mujer lleva sus manos a la espalda y sube su camiseta. Stéfano se aleja de golpe, mueve su cabeza con los ojos desorbitados.

—Dime que lo que sueño no tiene que ver con esto, Santoro.

El hombre se acerca y levanta bien la prenda; su corazón se acelera y sus dientes se aprietan con furia. Eso no estaba allí, conoce la piel de esa mujer y era impoluta. Ahora tiene marcas de maltrato.

Sus dedos tocan algunos de los surcos; ella fue cruel, pero no era para hacerle esto.

Acaricia cada marca y ella cierra sus ojos; el roce de sus dedos le arranca un jadeo. Una imagen cruza su mente tan rápido que apenas alcanza a distinguir unos gritos.

—¡No! Para —ahora ella lo enfrenta—. Llévame a la cárcel o juro que me entrego —su rostro está enrojecido y sus ojos, llorosos; su corazón está desbocado y otro recuerdo aparece: son gritos.

Stéfano la abraza mientras Antonella aprieta los ojos y tapa sus oídos. La pega contra su pecho y ahoga sus sollozos con su cuerpo.

De a poco, la mujer se desliza en sus brazos y sus rodillas golpean el suelo.

—Perdóname, no sé qué hice, pero sé que fui una persona horrible. Llévame a la cárcel, hazlo, por favor.




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