La mujer niega con la vista en la nada y juega con sus dedos. Sale de la habitación sin darle una respuesta.
Stefano no se queda allí, necesita saber, pero presionándola no va a conseguir nada.
—Antonella... espera, primero vamos para que comas algo —su tono es bajo y cauteloso, no sabe cómo reaccionará y no quiere despertar a su bebé.
—No la quiero dejar sola, tampoco tengo hambre —evita su mirada.
Stefano niega y la toma por la mano.
—De ninguna manera, vamos, Stefania estará bien —no admite réplicas y la jala pegándola contra su pecho, ambos quedando frente a frente.
Sus respiraciones... Ella quiere evitar esos ojos intensos; sin embargo, no lo logra, él la mantiene contra él.
—De acuerdo, voy, pero que sea rápido y me tienes que responder algo —comenta aún nerviosa.
—Perfecto, vamos... —él le hace una seña con su mano de que pase y la mujer se adelanta. Luego la alcanza y, al cabo de unos minutos, están en el cafetín del lugar, sentados tratando de comer algo.
—Antonella, por favor, come —la insta.
—No puedo comer con Stefania en ese estado —niega cruzando los brazos sobre su pecho.
—Si te enfermas tendré que contratar a alguien para que la cuide, hazlo por ella.
—No, eso no. No te atrevas, Santoro —lo señala con su dedo índice.
—Entonces come algo. —Se levanta y le trae un café y un sándwich.
Queriendo evitar la tensión encuentra su comida muy interesante. La taza vibra ligeramente entre sus dedos y solo suspira profundo para relajarse.
Un rato después no puede seguir así y deja escapar el aire que tenía retenido.
—Santoro... te puedo decir algo... Sé que no me vas a creer, pero no tengo a quién más decirle —comienza.
Él frunce el ceño, la mira fijo a sus ojos.
—Puedes decirme a mí, ¿qué ocurre?, ¿es por ese médico, verdad? —pregunta. Sin querer, su tono sale rudo.
Ella se queda callada un momento, no cree que sea buena idea, toma valor pensando en ese doctor, en sus palabras y habla.
—¿Lo conoces?... —le entrega la tarjeta que le dio el hombre para que se comunicara con él.
Stéfano frunce su ceño y se queda un momento pensando, el nombre le suena... Luego asiente.
—Por supuesto, ya sé quién es —su cara se arruga con confusión.
—¿Qué pasa con él, sabes si yo lo conozco? —pregunta y él niega lento.
Hace memoria y no lo recuerda, había quedado entre él y Camila.
—Que yo sepa, no. Camila y yo lo vimos una vez porque... —se incomoda.
Ella se remueve en su asiento, el escuchar que menciona a su difunta esposa le da un frío en el estómago y no sabe por qué ahora eso le molesta.
—¿Por qué? —insiste colocando un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Bueno, ya. Los primeros años no pudimos concebir y buscamos muchos métodos, Camila y yo estábamos perfectos —suspira y toma un poco de café, observa su teléfono para ver si hay noticias de su hija—. Entonces, como yo quería hijos, vinimos con él para una inseminación artificial, yo dejé mis muestras, ella dejó las de ella y ni así lo logramos —suspira con nostalgia al recordar esos días duros y desesperados.
—¿Entonces lo intentaron y no pudieron?
—¿A qué se deben estas preguntas?, ¿qué te dijo ese hombre?
Lo mira suplicante, sus ojos se le llenan rápido de lágrimas.
—Stéfano, no sé qué clase de monstruo soy. Estoy asustada —solloza y él se sienta en una silla a su lado y toma sus manos con suavidad.
—¿Qué ocurre?, debes decirme, sea lo que sea, no tienes en quién confiar y aquí estoy —sus palabras bajas y cautelosas la hacen confiar en él.
—Él me dijo que... que si no le daba dinero tú te enterarías de...
—¿De qué? Habla, Antonella.
—De que le doné mis óvulos a mi amiga —baja la mirada sin poder sostenérsela.
Stefano parpadea varias veces antes de volver a hablar.
—Qué mierdas, Antonella —levanta la voz tratando de alejar sus manos, aunque ella no lo suelta.
—Perdón por lo que hice y por lo que olvidé, deberías reconsiderar meterme a la cárcel, relátame cómo fue el accidente y te juro por mi pequeña que confieso, diré que me acuerdo de todo —sus ojos están llenos de lágrimas, sus labios tiemblan—. Investigué y sé que me pueden dar más tiempo si digo que estaba tomada —la mujer se rompe.
Stefano la atrae a su pecho, él la rodea con sus brazos y le acaricia el cabello apretando los dientes por lo que acaba de saber.
—Cálmate, debemos actuar con cabeza fría. No sabemos qué es esto, nadie sabe que perdiste la memoria y debemos saber si es cierto y qué tiene en tu contra —responde modelando su voz.
—¿Qué quieres que haga? Solo dímelo —pregunta sollozando.
Él le seca las lágrimas que le ruedan por la piel.
—Ya, no llores, necesito saber qué pasa, siempre noté el parecido entre la niña y tú, aunque jamás imaginé esto —saca su teléfono—. Voy a marcarle y tú le hablarás. Suena tranquila, pídele cuánto quiere y qué pruebas tiene, ¿sí? —explica.
Stéfano marca el número que aparece en la tarjeta y de inmediato contestan, coloca su teléfono en altavoz y en el centro de la mesa. Antonella suspira y deja salir el aire de forma lenta.
—Vaya, vaya, así que decidió dejar de hacer como que no me conoce, buena elección, señora Santoro, o su matrimonio se derrumba cuando yo le haga llegar la información a su esposo —la voz del doctor sale a través de la bocina.
Ella conecta su mirada con la de Stéfano, este le hace señas con su mano para que se relaje y hable.
—Bien... dígame cuánto dinero quiere para que no hable y cuáles pruebas tiene, porque yo no hice nada —trata de mantener la voz serena, aunque le está costando mucho.
Su esposo aprieta la mano sobre la mesa.
El roce de sus dedos la llena de paz por un momento, hasta que el doctor vuelve a interrumpir.
—Claro que no hizo nada en sí, fue la señora Camila quien le pidió el óvulo, pero usted no se negó y tampoco le ha dicho nada a él —comenta el hombre con un tono sarcástico—. Venga ahora mismo a mi consultorio y le doy todo el material que desee, pero debe estar dispuesta a hacerme una transferencia muy grande.