Brutos de amor

Capítulo 1

"Analisis de sangre"

Me levanté con el corazón cansado y la cabeza llena de cosas. Literal y figuradamente.

La medicina es pesada. Pero si te enamorás de ella, te termina pesando lindo. Como una mochila de piedra rosa. Mí mejor amiga. Mar, todavía no entiende como puedo estar horas y horas encerrada estudiando algo que —segun ella— me va a consumir media vida antes de darme un sueldo.

Siempre le contesto lo mismo: "Y vos querés ser veterinaria. ¿Quien te entiende?". Así quedamos a la par.

Esa mañana mi madre ya estaba en la cocina, revolviendo algo dulce. Pastelera de nacimiento, guerrera de oficio. Me dejó un par de facturas sobre la mesa. El desayuno clásico de alguien que vive a las corridas.

—Buenos días—Murmuré sentándome, mientras ella daba vueltas por la cocina como si buscara una bomba que iba a explotar

—¿No has visto unos documentos que estaban aquí? Los necesito y no los encuentro.

—No los vi, Ma. Pero si aparecen te aviso. Hoy tenía que ir a ayudarte a la pastelería, ¿no?

—Sí, sí. En un rato salimos. Terminá de comer y andá a arreglarte, hija. Y buenos días… perdón, ni te los di.

—Está bien, Ma. Ya me llené. Me voy a cambiar.

—Dale, dale, ¡rápido que llegamos tarde, Vick!

Me duché, me puse algo cómodo y bajé. Seguía sintiéndome un poco mal. Nada grave. Solo ese clásico malestar de quien tiene un corazón medio roto, pero no en el sentido romántico. Más literal. Más médico.

Aun así, no quería dejar sola a mi mamá. Tenía empleadas, sí, pero no era lo mismo. Me gustaba estar ahí, con ella, entre masas, charlas y chismes.

—¿Vic, estás bien? Estás pálida… ¿has tomado la pastilla? —preguntó mi madre, acariciándome la mejilla.

—Sí, sí. La tomé. Solo me siento un poco rara. Un leve temblorcito cardíaco del día, ¿sabés? Lo clásico.

—Victoria Aylen Lombardi. Vas al médico porque vas. No podés seguir actuando como si esto se fuera con una siesta y un Ibuprofeno. No podés fingir que ese pinchazo no te hace vibrar el cuerpo. No son caricias, hija. Son alarmas. Y si seguís así, el próximo que hable en tu nombre va a ser el cura.

—Ma… de verdad… estoy bi—

PAF!¡

Pinchazo. Fuerte. En el centro exacto del pecho. Me agarré de la mesada como si fuera la última tabla del Titanic. Sólo faltaba el violinista de fondo y era una escena de película.

Y justo, como si el universo tuviera el timing de una novela de las nueve, mi celular vibró.

“Victoria Lombardi: cambio de horario en su estudio de control cardíaco. Presentarse hoy a las 17 hs.”

Perfecto. Genial. Un mensaje del hospital justo cuando casi muero como una señora de telenovela en el episodio piloto.

—¿Viste? —dije mirando al techo— Ya entendí. Me voy. Pero exijo helado después del electro, por contrato emocional. Y universo, por favor, dejá de mandarme señales como si me dijeras “es ahora o nunca, pibita del demonio”.

Spoiler: pasó lo segundo. Pero de una forma tan ridícula, que si me lo contaban, no lo creía.
Delante mío, de espaldas, un médico alto, de hombros anchos y postura de “sé lo que hago”. Se estaba lavando las manos como si estuviera por salvar el mundo. La bata quirúrgica azul, los guantes a medio poner y un aire tan arrogante que lo podías cortar con bisturí.

—Disculpá… ¿esto es cardioMedia hora después, estaba buscando qué ponerme para ir al hospital. Me decidí por algo cómodo pero lindo. Nunca se sabe si una termina internada… o conociendo al amor de su vida entre pasillos fríos.

Llegamos al hospital con mi mamá, quien me dejó en admisión mientras se iba a comprar algo de tomar. El hospital estaba tan silencioso como siempre. Frío. Inquietante. Me llamaron rápido y me hicieron seguir por un pasillo. Ahí fue donde me equivoqué.

Doblé donde no debía.

Entré por una puerta sin cartel, pensando que era sala de espera. Nada más lejos.

Estaba en el área de lavado quirúrgico.

logía?

Se giró. Y en ese segundo, me odié por hablar.

Tenía los ojos verdes más intensos que vi en mi vida. Verdes furiosos. Verdes juicio final. Verdes “me vas a soñar esta noche”.

—¿Qué hacés acá? Esto es zona estéril. Estás contaminando todo —dijo, con tono seco.

—Perdón, me equivoqué. Pensé que era la sala de espera.

—¿Tenés idea de lo que es un campo estéril?

—Soy estudiante de medicina. Cirugía cardiovascular. Sé perfectamente lo que es.

—Entonces peor. Sabés y aun así entraste. Salí ya. Si se infecta algo por esto, es tu culpa.

Me hervía la sangre.

—¿Y vos quién sos? ¿El dios del jabón quirúrgico?

—No, soy el médico que está por operar un corazón, no jugar al escondite con estudiantes despistadas.

—Mirá, Andes Bruto —le solté sin pensar—. No tengo tiempo ni humor para tus aires de Grey de segunda. Me voy, tranquilo. Que el corazón que vas a operar no se entere que el tuyo está lleno de hielo.

Di media vuelta, temblando de furia. Justo antes de salir, lo escuché murmurando bajísimo:

—Maldita Pitufo bruta.

Me detuve. Lo miré de reojo. No dije nada. Solo sonreí para mí.

Ese apodo... se sintió más íntimo que cualquier “mi amor”.

>>no nena, no te ilusiones despues tienen hijos y te abandonan<<




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