Brutos de amor

capitulo 2

"Latidos cruzados"

sé cuántos corazones me laten adentro, pero No definitivamente anoche hubo uno extra.

No pude dormir. No por mi condición cardíaca (que también), sino por un par de ojos verdes que se me habían instalado en la cabeza como si fueran parte del plan de estudio.

Lionel Grecco.

Doctor residente. Prepotente. Egocéntrico.

Y, para mi desgracia, con una mandíbula que debería tener su propio código postal.

¿Por qué me molesta tanto alguien que apenas me cruzó tres palabras? ¿Y por qué lo estoy googleando a las tres de la mañana mientras estudio anatomía del mediastino?

"Doctor Lionel Grecco. Residente en neurocirugía. Premiado en no sé cuántos congresos. Hincha de la arrogancia."

Lo cerré todo.

Tenía que estudiar. Tenía examen práctico en dos días, y no podía darme el lujo de distraerme con un hombre que cree que el jabón quirúrgico lo hace mejor persona.

A la mañana siguiente me fui directo a la biblioteca de la facultad. Estaba hecha una zombi, con ojeras de guerra y café en la sangre en lugar de glóbulos rojos. Me instalé con todos mis apuntes, resaltadores, y ese caos hermoso que es estudiar medicina.

—¿Desde qué hora estás acá? —preguntó Mar, sentándose a mi lado con un sándwich que olía a esperanza.

—Desde que la vida me odia. O sea, las siete.

—No te iba a decir nada, pero… ¿estás bien? Tenés cara de “me enamoré del enemigo”.

—No estoy enamorada —dije, clavando los ojos en el libro—. Solo tuve un cruce con un médico insoportable. Me echó de un quirófano como si fuera una bacteria. Y me llamó Pitufo Bruta.

Mar escupió el sándwich de la risa.

—¿¡Qué!?

—Lo que escuchaste.

—Ay, no. Ya está. Te vas a casar con él. Está escrito en los astros. O en tus electros.

—No digas pavadas. Lo detesto.

—Claro que sí, reina. Como detestabas a histología hasta que te aprendiste las capas de memoria y te emocionaste.

Le tiré un resaltador.

Horas más tarde, ya con la cabeza saturada, me fui a hacer unos trámites al hospital universitario. Había que entregar una planilla de prácticas, firmar unas cosas, y rogar que no me pidieran hablar con nadie porque no tenía una neurona despierta.

Pero el universo tiene sentido del humor.

En la sala de profesores, esperando la firma de un residente, escuché una voz que me hizo girar sola.

—¿Y esta qué hace acá otra vez? ¿Revisando campos estériles?

Era él. Grecco.

Con su guardapolvo, su mirada de “te veo todo” y una media sonrisa que me hizo querer pegarle con un atlas anatómico.

—Vine a firmar unas planillas. ¿O también necesitás controlarme el oxígeno?

—Depende. ¿Lo tenés estable? Porque con esa cara de dormida me preocupás.

—Lo tengo estable, gracias. El ego también.

—Bien. No quiero que una pitufo se me desmaye en la sala.

Me firmó el papel sin que yo se lo pidiera.

Lo miré.

—Gracias.

—De nada, Victoria Lombardi.

¿Cómo sabía mi apellido? ¿Lo leyó en la planilla? ¿Me stalkeó?

Lo miré de reojo. Ese tono. Esa forma de decirlo.

—¿Siempre tan encantador con los estudiantes o solo con los que se te cruzan en el quirófano?

—Solo con los que entran al lavado como si fueran parte del staff de Grey’s Anatomy.

Rodé los ojos.

—Para tu información, también soy estudiante. Y de cirugía cardiovascular, en serio. No era una fantasía quirúrgica.

Eso pareció sacudirle algo en la mirada. Algo rápido, leve.

—¿Cardiovascular? Qué valiente. Te va a doler la espalda de tanto cargar presión.

—¿Y vos qué sabés? —pregunté cruzándome de brazos.

—Lo sé porque yo también estoy en la guerra, Pitufo Bruta. Solo que del lado del cerebro. Soy residente de neurocirugía.

Me congelé.

—¿Sos… estudiante?

—Residente. Pero sí. Todavía estudio. Rindo, me matan en prácticas y me quieren matar los profesores. Igual que vos. Solo que con menos tiempo para dormir.

No supe qué responder.

Grecco no era un dios intocable de la medicina. Era uno de nosotros. Uno que estaba un par de escalones más arriba, sí, pero que todavía sufría exámenes y cafés recalentados como el resto del mundo.

Él se quedó mirándome un segundo más. Sus ojos verdes se clavaron en mí como bisturí en tejido blando. Después, volvió a su tono seco.

—Y no vuelvas a entrar a un lavado sin bata. La próxima te hago limpiar la sala con un hisopo.

Giré para irme, pero justo cuando estaba por cruzar la puerta, lo escuché.

Fue un susurro. Bajito. Apenas audible. Pero lo dijo.

—Maldita Pitufo Bruta…

Sonreí sin querer.

Maldito Andes Bruto.

*

después de ese encuentro con Lionel, me fui a mi casa, a seguir estudiando a lo loco.

en el camino me escribió Bil, mi mejor amigo. me había preguntado si con Mar iríamos a ver su partido de tenis el fin de semana.

a lo que le respondí que sí que al menos yo iría, no dejaría a mi mejor amigo tirado en uno de los momentos más importante de su vida. ¿estaba emocionada?, no les voy a mentir. Si lo estaba y mucho porque sabía lo importante que era esto para el. y además conociendo a sus padres arrogantes y mal llevados, no les iba a gustar que su hijo vaya a lograr su sueño. Bil es bueno, amable y tiene muchas cosas buenas que lo hacen único, lastima que tiene una familia que no lo apoya como le gustaría, su padre tiene una empresa y su madre es la manager de su padre. por lo que el vendría a ser el heredero de todo ello, cuando sus padres se retiren o mueran. Si es millonario, tranquilamente lo iguala a Chris evans o a Billie eilish. mhm, nah creo que los 2 son mucho pero bueno a esa cantidad de dinero me refiero.




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