"Tensiones sin raqueta"
Estaba tan metida entre libros y apuntes que, si me abrías la cabeza, probablemente encontrabas una maqueta del sistema circulatorio hecha con post-its. Llevaba horas encerrada en el comedor, con la bata puesta más por comodidad que por lógica, y el pelo atado en ese moño que solo Dios y las leyes de la física podían explicar.
—¿Sabés que podrías despegar un poco la cara del libro y dormir, no? —dijo Mar desde el sillón, mientras comía una tostada con dulce de frambuesa que, obvio, mi mamá había hecho.
—¿Sabés que podrías dejar de hablar y dejarme reprobar en paz? —le respondí, marcando una arteria con resaltador. Cada color tenía su significado. Rojo: me mata. Azul: no la entiendo. Amarillo: falsa sensación de control.
—No entiendo cómo no te explotó el corazón con tanta cafeína y estrés —murmuró, y ahí mi mamá apareció justo con el timing de las madres mágicas.
—¿Estás estudiando o preparándote para hacer un bypass en casa? Porque te falta poco para operarme el gato —dijo Sonia, mi mamá, dejando una bandeja con medialunas frente a nosotras.
—Estudio. Respiro. Estudio. Palpito. Estudio. Me desmayo y repito —respondí, y me dejé caer sobre el respaldo de la silla—. Mamá, ¿sabías que el pericardio puede inflamarse y causar dolor torácico? ¿No es precioso?
—Precioso es que vayas al partido de Bil mañana. Que no te vea y se me deprime —dijo mientras me acariciaba la cabeza—. Ya tenés los libros pegados al cráneo, hija. Es momento de ver algo más que una página con dibujitos de arterias.
Suspiré.
—Voy a ir. Prometí estar. Es importante para él.
—Y para vos también —intervino Mar con una sonrisa sospechosa—. Estar al aire libre, ver a Bil con ropa deportiva ajustada, sol, movimiento… ¿Quién te dice que no haya algún tenista interesante por ahí?
—Voy a ver a Bil —remarqué, aunque mi mente me traicionó y proyectó una imagen de ojos verdes brillando bajo el sol.
La espanté enseguida. No. Grecco no tenía nada que ver. No iba a estar. No tenía por qué estar. No tenía sentido alguno que apareciera en un partido universitario de tenis.
…¿Verdad?
Al día siguiente, ahí estábamos. Mar, yo y un mate con más yerba que fe en el futuro.
La cancha ya tenía gente. Algunos padres, muchos estudiantes, y una zona medio vip donde claramente estaban los que sabían que el tenis no era solo una excusa para usar anteojos caros.
Bil estaba en la cancha, haciendo sus movimientos de calentamiento. Se lo veía enfocado. Tranquilo por fuera, pero yo sabía que por dentro estaba a mil. Era importante para él, para su carrera, para demostrarle a sus padres que no necesitaba una oficina para brillar.
—¿Ese es tu amigo? —preguntó Mar, comiéndose una empanada.
—Sí. ¿Por?
—No, nada. Solo que si yo tuviera un amigo así, ya no sería amigo. Sería pecado.
—Mar…
—¡Broma! —dijo, pero no tanto.
Bil nos saludó con la mano desde lejos. Sonreí. Me alegraba estar ahí para él.
—¿Quién es el otro? El que está con el equipo azul —dijo Mar.
—Ni idea —dije, mirando… hasta que lo vi.
Lionel Grecco.
Al costado de la cancha, con lentes de sol, remera negra y ese aire de “vine de compromiso pero igual soy el que más llama la atención”.
Y no estaba solo.
A su lado, una chica. Hermosa. Pelo largo, sonrisa cálida, y una complicidad con él que me molestó más de lo que voy a admitir. Lo escuché reírse. Ella le tocó el brazo. Él le dijo algo al oído.
Una puntada absurda me atravesó el pecho.
—¿Todo bien? —preguntó Mar.
—Perfecto —mentí.
Nos quedamos viendo el partido. Bil jugaba contra ese tal Max, que parecía bueno… y también demasiado cómodo saludando al público.
Hasta que Lionel se acercó. Justo a donde estábamos nosotras.
Lo vi antes de que me hablara.
—¿Qué hacés acá? —preguntó con ese tono suyo, mitad sorna, mitad "no me importa, pero sí".
—Vine al partido —respondí.
—Claro. A apoyar a tu… ¿novio?
Lo dijo con tanta seriedad que casi me atraganto con el mate.
—No es mi novio. Es mi mejor amigo.
Asintió como si no me creyera. O peor: como si no le importara. Pero sus ojos decían otra cosa. Estaban más oscuros. Molestos. Celosos.
—¿Y vos? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Qué hacés acá? No parecés muy fan del deporte al aire libre.
—Vine por Max. Es mi mejor amigo. Juega hoy. ¿Algún problema?
Negué. Pero me hervía la sangre.
—¿Quién es la chica? —pregunté, con fingida indiferencia.
—Olivia. Su novia. Nos conocemos de antes.
—Ah, mirá vos —solté, sin poder evitar el tono ácido.
—¿Celosa, Pitufo Bruta?
—Ni un poco. Solo me sorprende que hables con humanos fuera del hospital.
Sonrió, divertido.
—Mirá vos… Vine a ver un partido y me traje una función completa.
Se quedó en silencio unos segundos y me miró de nuevo, esta vez más serio.
—¿Y vos? ¿Siempre tan comprometida con los “mejores amigos”? ¿O solo con los que tienen raquetas?
—¿Qué te importa?
—Nada. Solo observo.
—¿Sabés qué, Grecco? Sos agotador.
—¿Y vos sabés que cuando te enojás se te acelera la frecuencia cardíaca? Deberías cuidarte. No me gustaría tener que llevarte a urgencias. Otra vez.
Y ahí estaba. El maldito comentario que me hacía hervir y derretirme al mismo tiempo.
—Andate, Lionel.
—Ya me voy. Solo vine a confirmar que todavía sos irritante.
—Y vos un tarado con bata.
Se alejó.
Pero antes de perderse entre la gente, se dio vuelta y me guiñó un ojo.
*
En ese momento que se fue, mí corazón se detuvo, no sabía si era por él, porque me estaba por morir o por el tremendo calor que estaba por hacer.
Al rato comenzó el partido, Bil tan concentrado, fluía mucho todo, un punto, tras punto y así iba el contador. Max, el amigo de Lio era bastante Bueno. Pero Bil, era Bil el árbitro pitó el silbato y se dio como ganador del Partido, Bil en ese momento, con Mar salimos corriendo hacia el y lo abrazamos tan fuerte que casi lo dejamos si aire al pobre. Mar se separó pero yo seguía abrazada a él.