Brutos de amor

capitulo 4

"Ritmos rotos"

Lionel.

Salí del quirófano con la campera colgando de un solo hombro y los nudillos marcados por el látex. La cirugía había sido larga, precisa, absorbente. Tal como me gustaban. Porque ahí adentro no existía el pasado, el dolor, ni las mierdas que me atormentaban. Solo técnica. Y vida.

O muerte.

—Buen trabajo, Grecco —dijo la doctora Galiani con una palmada en la espalda. Asentí sin decir nada, con la mandíbula apretada. Me gustaba que reconocieran mi trabajo. Pero no lo necesitaba.

Entré al vestuario. Cerré la puerta con el pie y me dejé caer en el banco. Las manos todavía me temblaban un poco. Siempre me pasaba después de una cirugía pesada. El cuerpo libera lo que la mente encierra.

Me vi en el espejo.
Ojos verdes con ojeras que parecían cráteres.
Pelo revuelto. Rostro de alguien que no duerme.
Pero lo que vi no era solo eso.

Vi a la señora del 314.
Padecía neumonía. Tenía la misma voz suave de mi nonna. Esa que me leía cuentos mientras cocinaba gnocchis.

—¿Va a estar bien, doctor? —preguntó su nieto.

—Sí —mentí.

Murió esa noche. Como mi nonna.

Después vino Tomás. Diez años. Leucemia.
Entró en paro. Nadie más quiso quedarse.
Yo sí.
Porque me entrené para eso. Porque vi a mamá dejar de respirar frente a mí.
Y después de eso, ya no te asusta ver la muerte.

Respiré hondo.
No soy una máquina, aunque quisiera.
Soy solo el menor de los Grecco, intentando reparar corazones ajenos porque no supe sostener los que más amaba.

Mi celular vibró. Mensaje de Max.

“Che, Olivia se cruzó con Vick en el centro. Estaba con un tipo. No lo conocía. Nada, te aviso porque sé que te importa aunque pongas cara de culo.”

Lo leí tres veces.
Con un chico.
No era mi problema.
Ella no era mía.

Pero dolía.

Me levanté como si el aire se hubiera hecho cemento.
Los celos venían con enojo. El enojo con culpa. Y debajo de todo eso… miedo.
Miedo a que me importe alguien como ella.

Pensé en escribirle algo irónico: ¿Lo del centro era una consulta médica o una cita romántica?
Pero no lo hice.
Apagué la pantalla.

Mi reflejo en el vidrio era alguien que no reconocía del todo.
Yo, Lionel Grecco, el que controlaba todo, me estaba desarmando por una chica que se reía como una nutria feliz y me decía "tarado con bata" como si fuera una declaración de amor.

Apoyé la cabeza en los azulejos fríos.

—Maldita pitufo bruta… —susurré.

Llegué a casa con la mente hecha un nudo y los pasos pesados. Me había olvidado los auriculares en el hospital, pero ni siquiera me molesté en volver. No quería música. No quería nada. Solo silencio.

El aroma a café y tostadas me recibió en la entrada. Eran casi las nueve. Sabrina ya estaba en la cocina con su típica taza negra en la mano y el pelo recogido en un moño perfecto, como si recién saliera de una sesión de fotos para una revista de abogadas neuróticas y eficientes.

Alex tenía la cabeza hundida entre planos en la mesa, despeinado, con ojeras de mapache y un mate frío en la mano.

—¿Otra vez con cara de trauma reprimido? —soltó Sabrina apenas me vio cruzar la puerta.

—¿Y vos otra vez jugando a la mamá? —respondí sin energía mientras dejaba el bolso en el perchero y colgaba la campera.

Alex levantó la vista lo justo para verme.

—Parecés un cadáver de Grey’s Anatomy. ¿Salió mal?

—No. Salió como tenía que salir —mentí.

Sabrina me miró en silencio. Sabía cuándo forzaba la voz. Sabía demasiado.

—¿Querés un café? —preguntó, ya sirviéndolo sin esperar mi respuesta.

Lo agarré. Me senté en la banqueta de la cocina y clavé los ojos en la taza humeante.

—Che, Lio… ¿hoy tenés planes? —preguntó Sabrina, cambiando el tono. Ese que usaba cuando quería hablar de cosas serias sin sonar dramática.

—No pongas cara de “qué hincha pelotas es mi hermana” —agregó con una media sonrisa.

—Hasta el momento no tengo. Hoy salgo temprano del hospital. ¿Por qué?

—Quiero que vayamos a cenar —dijo, y de repente bajó la voz—. Hace tiempo no lo hacemos. Desde que ellos no están...

No hacía falta que dijera sus nombres. Mamá. Papá. La nonna. El nonno. El vacío.

Apreté la taza con un poco más de fuerza.

—Está bien. Vamos a cenar. Pero esta vez se hacen cargo ustedes dos. Yo no pienso elegir restaurante.

—Prometido —dijo Alex.

—Y por favor, recordámelo. Si no, se las van a ver conmigo —agregué.

—Uy, qué miedo, doctorcito. ¿Nos vas a operar el humor? —bromeó Alex.

—A vos te lo extirpo, si querés —respondí con media sonrisa.

Nos reímos un poco. Fue raro. Cómodo y doloroso a la vez. Como cuando te ponen un catéter: molesta al principio, pero luego… sana.

Después de eso, me arrastré hasta mi cuarto. No me cambié. Ni siquiera me saqué los zapatos. Me dejé caer en la cama con la pesadez de los días difíciles. Y como si tuviera un radar infalible para el bajón emocional, Will, mi gato anaranjado, saltó con total desparpajo hasta mi pecho.

Se acomodó como un emperador y pasó su cola por mi cara como si fuera dueño del mundo.

—Solo quedamos vos y yo, Willy Wonka —murmuré mientras le acariciaba la cabeza—. Solo tú y yo...

Will ronroneó, con los ojos entrecerrados, como si entendiera más de lo que debería.




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