Brutos de amor

capitulo 6

"Pateando certezas"

Victoria

La alarma sonó como una bomba atómica sobre mis pensamientos. No había dormido bien, otra vez. No por insomnio, sino por culpa de un torbellino de imágenes y frases que no quería procesar.

Lionel. Carla. La puta tensión en el hospital.

Y yo, como una estúpida, escondiéndome en los baños para respirar.

Me senté en la cama, descalza, despeinada, y con el corazón dando una coreografía rara. Como si se negara a arrancar el día, igual que yo.

Encendí el celular. Tenía un mensaje de Bil:

> Bil: “Partido este finde. Confirmado. Viene Max. Y sí... también él. (Sí, ÉL). Vení o te desheredo. Traé agua, insultos y tu cara bonita.”

Suspiré. Una parte de mí quería rechazar la invitación, bloquear a todos y hacerme un ovillo debajo de las sábanas. Pero la otra… la otra quería ir. Quería verlo. Aunque fuera para enojarme de nuevo. Aunque después me arrepintiera.

Porque lo peor no era Lionel apareciendo.

Lo peor era lo que él provocaba cuando lo hacía.

Todavía no sabía bien si iba a ir, tenía que estudiar y mucho había reprobado el exámen

Y si podrá que eso no deba detener mis entretenimiento pero necesitaba aprobar ese examen, era el de patología y dios que se me hacía difícil.. difícil como mirar esos ojos verdes, ese sapo de 1.96 de peli negro

Me hice un café que parecía alquitrán y me senté frente a los apuntes. Las hojas de Patología me miraban con cara de "no vas a poder conmigo", y tenían razón.

Intenté leer el tema de necrosis…

“Célula muerta”, decía el título.

Perfecto. Yo también.

Volví a leer la misma línea cinco veces. En la sexta, terminé googleando “cómo aprobar un examen sin estudiar ni tener suerte ni fe”. No funcionó. Obvio.

El celular vibró de nuevo.

> Bil: “¿Estás estudiando? Porque si no lo estás, te vengo a buscar a patadas.”

> Yo: “Estoy intentando. Pero mi cerebro se fugó.”

> Bil: “Bueno, decile que vuelva. El partido es mañana y quiero verte gritar como la hinchada del infierno.”

Sonreí.

Bil tenía esa capacidad extraña de tirarme de vuelta a la superficie cuando yo ya me estaba hundiendo. A veces lo odiaba por eso. A veces se lo agradecía.

Fui a la cocina, buscando distraerme de todo: de la necrosis, de mis pensamientos, de los ojos verdes que me perseguían incluso cuando cerraba los míos.

Mi mamá apareció por el pasillo. Me miró con su bata de flores y cara de preocupación suave.

—¿Estás bien, Vick? Estás más pálida que de costumbre.

—Sí, má. Es el estrés pre-mortem. Clásico universitario.

Ella me dio una media sonrisa y me acarició el hombro.

—Acordate que un examen no define tu valor. Pero sí puede definir si lavás los platos esta semana o no.

—¿Eso es chantaje emocional?

—Eso es maternidad, querida.

Suspiré y volví a la habitación. Abrí de nuevo el libro.

Células muertas. Tejidos inflamados.

Mi concentración era una broma cruel.

Y en el fondo… ya sabía la verdad.

Iba a ir al partido. Iba a ir aunque tuviera que llevar el libro en la mochila y leer en el entretiempo.

Iba a ir aunque él estuviera.

O quizás… porque él iba a estar.

*

El hospital olía a desinfectante y a rutina. Yo caminaba con el estetoscopio enredado en el cuello, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Spoiler: no lo sabía. Pero lo actuaba muy bien.

Entré a la habitación 302.

Don Antonio, un señor de unos setenta, me sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que siempre me encantaba.

—¡Mi doctora favorita! ¿Hoy sí me va a dar el alta?

—Si me promete no volver a coquetear con las enfermeras, lo consideramos.

—¡Pero si es lo único divertido de este lugar!

Solté una risa suave mientras le tomaba el pulso. Estaba mejor. Se le notaba en la piel menos pálida, en la mirada más viva. Y yo necesitaba ese pequeño triunfo emocional para seguir.

—¿Y cómo va tu corazón, don Antonio?

—Late más fuerte cuando usted entra, mi hija.

—Voy a fingir que no escuché eso —dije, sonriendo con los ojos—. Todo en orden. En unos días más se va a casa.

Me despedí con un apretón de manos y salí al pasillo.

Y ahí estaba él.

Lionel.

Apoyado contra la pared, con una carpeta en una mano y la mirada fija en mí. Como si me hubiera estado observando hace rato. Como si escucharme reír con un paciente lo afectara más de lo que debería.

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

No dije nada.

No le regalé ni una mirada.

Di media vuelta, giré hacia el pasillo opuesto y seguí caminando. Podía sentirlo todavía detrás, como si su atención me quemara la espalda.

Y justo en la intersección, lo vi a Mark.

—¿Vick? —dijo, sorprendido—. Ey, qué suerte verte. Iba para radiología, pero me desvié.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, sí, solo una radiografía. Pero... ya que nos cruzamos, ¿querés almorzar conmigo hoy? Necesito una excusa para no volver a comer solo mirando el microondas explotar mi tupper.

Me reí.

Mark era amable. Un poco torpe, pero de esos que te hacen sentir liviano el día. Y en ese momento, todo lo que me alejara de miradas verdes y tensiones sin nombre, era bienvenido.

—Vale. Pero solo si me pagás el postre.

—Trato hecho. ¿Hay chocolate de por medio?

—Obvio. Y café. Mucho café.

Nos fuimos caminando juntos por el pasillo.

Yo todavía sentía que lo otro, lo que había dejado atrás, me seguía.

Pero al menos por un rato, podía fingir que no me importaba.

Más tarde, en la cafetería del hospital

El comedor no estaba tan lleno como de costumbre, lo cual agradecí. El ruido me aturdía cuando tenía la cabeza como ahora: hecha un caos.

Mark había conseguido una mesa cerca de la ventana. Tenía dos bandejas ya servidas y me hizo un gesto cuando me vio entrar.




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